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El abrazo de La Habana: gracia, testimonio, clamor – editorial Ecclesia

El abrazo de La Habana: gracia, testimonio, clamor – editorial Ecclesia

         Ser testigos directos de la Historia es un privilegio que acontece no demasiadas veces en la vida concreta de las personas. Lo vivido en la tarde del viernes 12 de febrero de 2016 en el aeropuerto de La Habana forma parte, sin duda, de la condición anteriormente citada. No es un tópico manido y al uso: este encuentro entre el Obispo de Roma y el Patriarca de Moscú ha sido en verdad histórico y viene cargado de un presente y de un futuro mejores para el cristianismo y para la humanidad.

“Ha sido Dios quien lo querido”, afirmaron y repitieron, con estas u otras palabras similares, Francisco y Kiril, los dos protagonistas de la cita. Lo ha querido el mismo Dios que quiere y urge a la reconciliación y a la unidad, premisa, además, imprescindible para que el mundo crea. El encuentro de La Habana ha sido y es una gracia y la gracia es siempre para ungir, compartir, testimoniar, transmitir y reavivar constantemente. Si prescindimos de esta clave religiosa, de esta afirmación y profesión expresas de Dios, se diluye buena parte del significado y del alcance del encuentro de La Habana.

El encuentro se inscribió y rezumó fraternidad, afectuosidad, franqueza, realismo, humildad, sinceridad, compromiso, esperanza. Fue un encuentro necesario que se había demorado demasiado, máxime tras el abrazo de Jerusalén y sus reediciones entre los sucesivos Papas y Patriarcas de Constantinopla. Pero esta demora ya no importa. Y ahora no hay tiempo que perder para que este testimonio llegue, en primer lugar, a todos y cada de los católicos y a todos y a cada uno de los ortodoxos, a todos y singularmente a los ortodoxos del patriarcado de Moscú. Y, por favor, no se pase por alto la pretendida reiteración del  “todos”…

El abrazo de La Habana es, en medio de Iglesias, religiones y humanidad tan fragmentadas, un testimonio, un aldabonazo de reconciliación y de unidad. Es un testimonio de que Dios existe, de que Él nos ha confiado a los hombres la difusión de su Santo Nombre y que ello hemos de anteponerlo frente a enemistades, rencillas y divisiones históricas y frente a protagonismos, susceptibilidades e intereses mundanos.

El abrazo de La Habana es, a su vez, testimonio poderoso y luminoso de lo mucho, de lo muchísimo que une a católicos y a ortodoxos. Y es que no solo compartimos el ingente y fundamental patrimonio de un milenio unidos, sino también y sobre todo la misma fe, la misma moral, la misma antropología, el mismo y único Dios uno y trino. ¡Claro que,  lamentablemente, persisten las diferencias y divergencias! Pero el testimonio de La Habana en pro de la reconciliación, la colaboración, la fraternidad y la unidad es un clamor que nadie debería dejar de escuchar. Un clamor que, con los mismos gemidos inefables del Espíritu –Francisco confesó haber “sentido la consolación del Espíritu”-, llama a nuestras Iglesias  a intensificar y aunar voluntades para “la obtención de la unidad mandada por Dios”, el “ut unum sint”.

Es el clamor de nuestros hermanos los cristianos perseguidos. Y para ellos ha de resonar igualmente. Su sangre –vuelve a hacerse realidad aquello de que “la sangre de los cristianos es semilla de vida cristiana”-, como ya adelantaba nuestro Editorial de la pasada semana, ha hecho posible lo que el pecado de siglos había impedido: este encuentro y los nuevos caminos que abre. Y en al menos ocho de los treinta puntos de declaración conjunta de Francisco y Kiril, ellos son los protagonistas. Ellos y también quienes, por acción, complicidad, cobardía, indiferencia u omisión, los persiguen.

El clamor del abrazo de La Habana ha de resonar asimismo en Oriente Medio, singularmente, y en Oriente Lejano y en las dictaduras que oprimen y cercenan la libertad religiosa. Y ha de resonar también en la atribulada Ucrania, en la vieja Europa y en todo Occidente. Y de Norte a Sur, y esta última frase no es  tampoco retórica… Es el clamor de que Dios existe y no debe ser marginado de la sociedad, de las leyes y de las costumbres. Es el clamor de la verdad del matrimonio, de la familia y de la vida. Es el clamor de los pobres frente a la injusticia, la opulencia y la avaricia.

¡Es el clamor de Dios y el de una nueva y mejor humanidad de bien y para todos!

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