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Rincón Litúrgico

Effetá

«Hace oír a los sordos y hablar a los mudos» (Mc 7, 37)

 Señor Jesús, ninguna discapacidad  significa una carencia o disminución de la dignidad humana. Sin embargo, vemos cada día que caminar por la vida como sordos y mudos implica una cierta incapacidad personal para comunicarse con los demás.

 No es extraño que el oráculo profético anunciara la gloria de Jerusalén recordando la superación de estos inconvenientes. Según Isaías, un día se abrirían los ojos de los ciegos y las orejas de los sordos, saltarían los cojos como ciervos y la lengua de los mudos gritaría de júbilo (Is 35, 5-6).

Tú mismo proclamabas que contigo habían llegado aquellos tiempos largamente esperados por tu pueblo. Tú manifestabas la grandeza de tu misión, abriendo los ojos y los oídos, devolviendo la salud a los enfermos y venciendo el poder de la muerte (Mt 11, 5).

Pero nosotros con frecuencia somos sordos y no escuchamos tu palabra. Somos también mudos y no la transmitimos a los demás. El papa Benedicto XVI nos dijo que tu palabra «no solo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como  sus anunciadores».

En la  misma exhortación apostólica sobre la Palabra del Señor, afirmaba él que «no podemos guardar para nosotros las palabras de vida eterna que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, puesto que son para todos, para cada hombre» (Verbum Domini, 91).

Señor Jesús, tú sabes que a veces yo he dejado de estudiar tu palabra, por dedicarme a otras aficiones. Y sabes que he tratado de ignorar lo que tú querías comunicarme para  mi salvación.

Te pido perdón por haber silenciado tu voz, por haber utilizado tu palabra en  mi propio beneficio, por haber llegado a pensar que tu mensaje poco podía ofrecer a las gentes de hoy.

A pesar de todo, yo creo, Señor, que tú haces oír a los sordos y hablar a los mudos. Tú sabes que yo estoy entre ellos. En ese poder pongo mi esperanza,  Amén.



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