Cartas de los obispos Última hora

Eduquemos para la libertad

Cuando acabamos de conocer Fratelli tutti quiero hablaros de la libertad. La libertad de cualquier ser humano es la libertad de un ser que tiene y vive muchas limitaciones. Solamente se puede poseer libertad cuando es compartida en la comunión de libertades. Como nos recuerda la nueva encíclica del Papa, la libertad solo puede desarrollarse si vivimos como debemos: unos con otros y también unos para otros. La libertad la alcanzamos y la debemos buscar juntos. Y, ciertamente, Dios no sobra en esta tarea.

Seguro que en muchas ocasiones nos hemos preguntado qué es vivir como debemos. Solamente hay un respuesta a esta pregunta si partimos de la convicción de que, vivir como debemos, es vivir según la verdad de nuestro ser. Para nosotros, los discípulos de Cristo, vivir según la verdad de nuestro ser es vivir según la voluntad de Dios, lo cual no significa vivir con una ley impuesta desde fuera, sino vivir según la naturaleza de lo que somos: criaturas libres creadas a su imagen y semejanza.

Quizá esta manera de entender la libertad nos extrañe, pero quiero recordar aquel 22 de octubre del año 1978, cuando el Papa san Juan Pablo II iniciaba su ministerio y sonaban aquellas palabras que llegaban al corazón de los hombres: «¡No temáis! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!». Hablaba a todos, pero especialmente a quienes tienen poder, ya que quizá son los que más miedo tienen a que Cristo se lo quite. Pero Cristo no quita libertad; al contrario, la da. Nos hace descubrir nuestra dignidad y nos invita a entrar en la construcción y edificación de una nueva sociedad más justa, de la que deben desaparecer la corrupción, el quebrantamiento del derecho y toda clase de arbitrariedades. Cristo no solamente no quita nada, sino que nos da todo lo que es Él.

¿Habéis pensado alguna vez qué sería la libertad sin Dios? Con frecuencia podemos observar cómo algunos separan sus vidas de Dios para alcanzar la libertad. La experiencia en el Evangelio es clara. En la parábola del hijo pródigo se unen el amor a Dios y al prójimo. Cuando se separan, se pierde la dignidad personal, se manifiesta una confusión moral que nos agrede en lo más personal y se produce una desintegración social. Pero bendito el amor apasionado de Dios por el hombre, que nos lleva a las personas a entrar más en comunión las unas con las otras y a saber dar pasos y hacer camino juntos. Ojalá sepamos ver cómo el Evangelio no mortifica la libertad porque, entre otras cosas, cuando acogemos el amor de Dios en nuestra vida, nos lanza a renovar todo.

En el encuentro del hombre con Dios en Cristo en la cruz, la libertad de Dios y la del hombre se encontraron en un pacto eterno. Quiero recordar aquí algo que me impresionó leyendo la autobiografía de Romano Guardini. Cuenta que, cuando la fe de su infancia se tambaleaba, encontró en Jesucristo la respuesta; al escuchar que solamente en Él podemos perdernos y encontrarnos a nosotros mismos: «Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salva su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”» (Mc 8, 34-35). Porque el ser humano sin abandonarse, sin perderse, no puede ni encontrarse ni realizarse.

No busquemos la libertad fuera de Dios, alejándonos de Él. La historia y nuestra propia vida demuestran que, cuando se busca la libertad fuera de Dios, hay unas graves consecuencias. Para empezar, perdemos la referencia de la dignidad personal. ¿No es grande saber que somos imagen y semejanza de Dios? ¿Dónde alcanzamos la dignidad? ¿Dónde recibimos el amor que necesitamos más que de Dios? Además, andamos confundidos sin Dios. Se da una confusión moral muy grande cuando no nos sentimos perdonados y alcanzados por el amor de Dios para entrar más en la profundidad de lo que somos, pues, como apuntaba san Agustín («¿Ama algo el alma con más ardor que la verdad?»), el hombre lleva en sí mismo el deseo indeleble de la verdad última y definitiva. Por eso se dirige Jesús al corazón del hombre cuando Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?», y Él le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 5-6).

Por último, sin Dios se produce desintegración social porque olvidamos a ese amor que perdona y que ofrece a todos los hombres y pueblos la unidad y la reconciliación, el darnos la mano y hablarnos desde el corazón los unos a los otros. La presencia del Señor nos hace mantener la memoria de la tarea del diálogo y del encuentro con todos.

Desde esta convicción, me gustaría terminar con tres recordatorios que se constituyen en tarea:

1. Hemos de saber que Dios no es una amenaza para la libertad del ser humano. Dios nos ama entrañablemente y nuestra dependencia es estar en el espacio de su amor, unidos a su amor, a su poder, a toda la realidad creada por Él. Nuestra verdad la alcanzamos en Él y somos llamados a mostrarla viviendo desde y con su amor. Tiene su expresión más bella en amar como Él lo hizo hasta dar la vida por el otro. La caridad se muestra en la realidad concreta que vivo: en buscar siempre el encuentro con el otro; caridad con el que está a mi lado, en mis responsabilidades y mis compromisos públicos; caridad personal, social y política.

2. Hemos de saber que el ser humano se realiza en libertad diciendo sí a Dios. Confundidos creemos en muchas ocasiones que decir no es el culmen de la libertad y en eso estamos totalmente confundidos. El grado máximo de libertad es dar el sí, ese que nos abre enteramente a Dios. Recordemos cómo Adán se encerró totalmente en sí mismo y dijo no a Dios. Porque solamente uno es libre si sale de sí mismo, es en el sí a Dios donde se es libre. Recordar a Jesús en la cruz cuando dice «no se haga mi voluntad sino la tuya» es recordar lo contrario a lo que hizo Adán y que la libertad verdadera se alcanza en el sí al Padre.

3. Hemos de saber que «obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5, 29) es condición de libertad. Son palabras del apóstol san Pedro las que nos recuerdan que la obediencia a Dios es la libertad y tiene la primacía. El tribunal le requiere a que los obedezca, pero, para él, la obediencia a Dios le da libertad para oponerse. Le ofrece el tribunal libertad y liberación con la condición de que no siga buscando a Dios. Hoy se nos dice a menudo que, para tener libertad, hay que liberarse de Dios. Pero esto es mentira: el hombre no existe por sí mismo y para sí mismo; esto es mentira práctica y política. La libertad, como la vida misma del hombre, cobra su sentido profundo por el amor. ¿Quién es más libre?, ¿quien se reserva todo para sí mismo o quien pone todo lo que es y sabe por amor al servicio de los demás? Las palabras de san Pablo son muy claras a este respecto: «Pues vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; ahora bien, no utilicéis la libertad como estímulo para la carne; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Pero, cuidado, pues mordiéndoos y devorándoos unos a otros acabaréis por destruiros mutuamente» (Gal 5, 13-15).

Con gran afecto os bendice,

+ Carlos Osoro Sierra
Cardenal Arzobispo de Madrid

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