Carta del Obispo Iglesia en España

Educar, un arte que se realiza en colaboración, carta del arzobispo de Mérida-Badajoz, Santiago García Aracil

aracil

Debido a la extensión de la carta que el Arzobispo ha dirigido a los educadores cristianos, les ofrecemos a continuación un resumen de la misma.

 Queridos padres, sacerdotes, maestros y profesores de los centros docentes: recibid mi saludo cordial como hermano en la fe y como pastor de esta Iglesia de Mérida-Badajoz.

Os escribo con el convencimiento de que el Señor nos ha llamado a compartir una misma responsabilidad, que es tan noble como delicada y difícil. Nos corresponde trabajar juntos en la dignísima tarea de educar a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes para que vivan su presente con intensidad y acierto, para que puedan afrontar los problemas que se les presentarán, para que sepan aprovechar siempre los inmensos recursos que llevan dentro de sí, y las oportunidades que les ofrecen la familia, la Iglesia y la escuela. […]

Los condicionantes de la misión educativa

[…] No siempre resulta fácil encontrar el verdadero sentido de cuanto ocurre dentro de nosotros mismos y a nuestro alrededor. Por otra parte, el ambiente social y los acontecimientos que absorben la atención de las personas, especialmente de los mayores, pueden añadir más dificultades a la acción educativa. Pensemos, a modo de ejemplo, cuál es la concepción de la persona que subyace en los ambientes familiares, escolares y sociales en que viven los niños y jóvenes; observemos cuáles son los criterios dominantes en torno al sexo como identidad personal y como forma de relación; analicemos el estilo de las relaciones interpersonales más frecuentes en cualquiera de los campos en que pueden resolverse; consideremos la influencia de los estilos de vida, sensiblemente atrayentes, que se derivan de la cultura materialista abocada a la satisfacción personal a cualquier precio; tengamos en cuenta la falta de interés y preocupación de algunos padres en los procesos educativos de sus propios hijos; démonos cuenta de la tentación de lograr dinero fácil; profundicemos en las consecuencias de una libertad sin más límites que la propia decisión; recapacitemos sobre los inconvenientes que un ambiente permisivo supone para el cultivo del esfuerzo imprescindible en la vida, para la aceptación y superación del dolor inevitable, y para la renuncia a lo instintivamente apetecible.

Todas estas circunstancias llegan a ser poderosa y negativamente influyentes si no se afrontan desde convicciones firmes cimentadas sobre la luz de la fe y la gracia del Señor. A estos inconvenientes para la buena educación se une, en muchos casos, la permisividad de los padres ante las espontaneidades, gustos, formas de conducta, y reacciones improcedentes de los hijos, por miedo a ser causa de represión o traumatización en edades muy tempranas. Con ello se deja desarmado al niño y al joven ante la fuerza arrolladora de las costumbres que parecen constituir modelo de actualidad, ejemplo de progreso, y perfil de los adolescentes y de los jóvenes de hoy. […]

No cabe duda de que, en estas circunstancias, la educación en los auténticos valores, en las virtudes cristianas y en los comportamientos honestos y coherentes con la fe en Jesucristo, resulta un tanto difícil. Por ello es necesaria, en primer lugar, una constante capacitación de los educadores; y, en segundo lugar, una acertada colaboración entre ellos. […]

El Papa Benedicto XVI nos alienta manifestando la riqueza de posibilidades que anidan en el alma de niños y jóvenes: “Las condiciones actuales de la sociedad requieren un compromiso educativo extraordinario a favor de las nuevas generaciones. Los jóvenes, aunque viven en contextos distintos, tienen la sensibilidad a los grandes ideales de la vida, pero encuentran muchas dificultades para vivirlos”.

[…] Por tanto, “la transmisión de la fe es parte irrenunciable de la formación integral de la persona, porque en Jesucristo se cumple el proyecto de una vida realizada: como enseña el Concilio Vaticano II, ‘el que sigue a Cristo, hombre perfecto, también se hace él mismo más hombre’ (GS 41)”.

Motivos de esperanza

Siguiendo con la enseñanza del Papa Benedicto XVI, podemos creer que “los jóvenes albergan una sed en su corazón, y esta sed es una búsqueda de significado y de relaciones humanas auténticas, que ayuden a no sentirse solos ante los desafíos de la vida”. La dificultad para ayudarles a saciar esta sed radica, muchas veces, en encontrar la forma de acercarse a ellos sin provocar el rechazo al que son propensos, especialmente los adolescentes y los jóvenes, cuando temen que alguien pretende invadir su intimidad, cambiar su escala de valores, o modificar sus comportamientos.

Sin embargo esta dificultad es vencible. Para ello es necesario llegar a la convicción de que los adolescentes y los jóvenes tienen una gran sensibilidad para descubrir y valorar a quien les habla con amor desinteresado, con paciencia, con voluntad de ayudarles y sin pretensiones paternalistas o autoritarias. Los adolescentes y los jóvenes no aceptan reproducir en sí mismos los modelos impuestos con machacona insistencia por parte de los educadores; sobre todo si éstos hacen constante alusión a su propia vida cuando tenían su edad, y pretenden ponérsela como referencia de comportamientos en estos días y en los ambientes actuales.

El proceso a seguir por el educador en el intento de acercarse y conectar con el educando de estas edades pasa, necesariamente, por ayudar a que contemplen su vida, sus comportamientos, sus reacciones, sus deseos, sus logros, la validez de los caminos seguidos, la consistencia de aquello en lo que han puesto su ilusión y su esperanza, aunque sea momentáneamente, y lo que, en el fondo, buscan con todo ello, sintiéndose protagonistas y agentes activos en su propio proceso educativo. Nuestra misión consiste en ayudarles, inicialmente, a que sean ellos mismos quienes vayan descubriendo la realidad de su situación y de sí mismos, llegando incluso a hacer el diagnóstico de su propia situación; a que se confíen al educador manifestando sus miedos, sus debilidades, sus errores, sus aciertos no valorados por quienes les rodean, sus verdaderas ambiciones, los núcleos de influencia en su forma de pensar y de vivir, las incomprensiones de que han sido víctimas y que han repercutido notablemente en su vida, etc. Con todo ello, respetando su ritmo de evolución en el pensamiento, en la adquisición de conceptos y en el acercamiento a las decisiones que han de protagonizar poco a poco, podremos ayudarles a que vayan proyectando, al menos parcialmente, su horizonte de vida. […]

La misión de los padres

[…] Tanto por la ventaja como por el riesgo que la importancia del testimonio comporta en el proceso educativo, los padres han de valorar y cuidar su comportamiento ante los hijos y respecto de ellos; los padres deben tomar conciencia de que su responsabilidad y su intervención educativa es imprescindible e insustituible en la formación de la prole. […]

Los padres deben ser y aparecer siempre como padres. Esta ha de ser su preocupación y no otras, por más originales, curiosas o aparentemente prometedoras que se consideren. […] Me refiero a los intentos de “ser como ellos”, de ser “amigos” de los hijos, de compartir con ellos modas, costumbres y formas de convivencia y diversión que son propias y casi exclusivas de la gente de la edad que, en cada momento, van teniendo los hijos. […]

Sacerdotes y catequistas, colaboradores

[…] No cumplirían con su cometido los sacerdotes ni los catequistas, sus entrañables colaboradores, si redujeran su acción educativa a la exposición de la doctrina y a la imprescindible aplicación a las circunstancias concretas de los educandos. En el proceso de la educación pastoral y catequética, debe incluirse, con carácter imprescindible, la invitación a la oración sencilla y confiada, y el acompañamiento tanto en grupo como individualmente. […]

Maestros y profesores cristianos

El maestro y el profesor cristiano están muy lejos de ser simplemente unos “enseñantes” de ciencias más o menos caducas o aisladas entre sí y desconexas de la vida, que es única y englobante de toda la realidad del alumno. El profesor y maestro se convierten en referente para los niños y adolescentes en una edad en la que los “modelos” se siguen y se imitan hasta límites increíbles; su tarea va más allá de la transmisión de saberes, siendo ejemplo creíble por su coherencia y modo de vida.

Santiago García Aracil.

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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