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EditorialEcclesia: La Iglesia y el compromiso con la vida pública

Tal y como hemos contado en ECCLESIA en los dos últimos números, Sevilla ha sido en estos días la sede de la última edición de las Semanas Sociales que, con más de un siglo de historia a sus espaldas, han constatado la importancia de la llamada al bien común y a nuestra participación en la vida pública.

La llamada «cátedra ambulante de la Doctrina Social de la Iglesia» es una de las mejores herramientas para entrar en diálogo con la sociedad y sus representantes políticos, y para ofrecer una propuesta cristiana sobre «la vida buena», adaptada a cada situación local. ¿Significa eso que la Iglesia debe significarse políticamente? El arzobispo de Sevilla dejó claro en la presentación que la Iglesia «no es de derechas ni de izquierdas», sino que «es de Cristo y del Evangelio, que tiene una Doctrina Social rica que ilumina la vida de las personas y las sociedades».

Sin embargo, que la Iglesia quede al margen de la política no implica un abandono de los problemas del mundo, sino que este es precisamente el objetivo de las Semanas Sociales. Solo así se puede llevar a término esa regeneración de la vida pública que ha centralizado la temática de la edición XLIII. Esta demanda, muy recurrente en los últimos decenios, cobra en este momento especial urgencia al encontrarnos «en un cambio de época».

Resulta indisociable la acción pública de la concepción que se tenga acerca de la persona y de la sociedad; de ahí la necesidad de una sólida formación para acompañar esas acciones de buenas razones, y poder dar cuenta de ellas. La Iglesia tiene un triple deber: «El anuncio de la Verdad sobre el Hombre y la Historia, la denuncia de situaciones de injusticia y la cooperación a los cambios positivos de la sociedad y al verdadero progreso del hombre». Somos corresponsables de todo un mensaje de esperanza en la sociedad civil en la que los católicos estamos llamados a participar activamente y a trabajar codo a codo con los otros por el bien común.

La propia pandemia nos ha demostrado que somos una única humanidad, «caminantes de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, pero todos hermanos».

Por todo ello, es necesario el empeño en construir una sociedad cada vez más inclusiva, que nos vincule asociativamente a creyentes y no creyentes. De esta forma, los procesos de diálogo público y las experiencias de amistad social entre personas con diferencias ideológicas, culturales o religiosas serán parte del compromiso irrenunciable con la vida pública. Es necesario encontrar el espacio para la deliberación, para los relatos compartidos y para, simplemente, la palabra.

Acojamos la llamada de Fratelli tutti para practicar un «diálogo persistente que se convierta en un horizonte esencial para la vida pública», de manera que sepamos ser una verdadera Iglesia sinodal y en salida con el compromiso de trabajar por el bien común. Porque la política es «una altísima vocación, una de las formas más preciosas de caridad».



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