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#EditorialEcclesia: Un paso atrás en la fraternidad

La decisión del Gobierno turco de convertir la basílica de Santa Sofía de Constantinopla en una mezquita abre una herida innecesaria en las renovadas relaciones islamo-cristianas que promueve el Documento de la Fraternidad Humana, y solo puede generar discordia y desconfianza entre los fieles de ambas religiones. El edificio, patrimonio de la Humanidad, museo que era desde hace 86 años por decisión del entonces presidente Mustafá Kemal «Atatürk», el padre de la Turquía moderna, se había convertido no solo en el mayor exponente de la nueva República laica, sino también, y en palabras del patriarca ecuménico Bartolomé I, en un «símbolo de encuentro, diálogo y convivencia pacífica» de cristianismo e islam. Su conversión en mezquita, por tanto, carga de razón a quienes denuncian que la Turquía actual —cada día más islamista y nacionalista— tiene poco que ver con el Estado moderno y democrático que delineara un día el llamado «padre de los turcos».

Aunque la intervención sobre la basílica no supone ninguna «amenaza para toda la civilización cristiana», como exageradamente ha dicho el patriarca Kirill de Moscú, sí resulta obvio que ha causado gran desazón en millones de cristianos de todo el mundo. Y con razón. Santa Sofía es, especialmente para la Ortodoxia, mucho más que una iglesia. La que fuera sede del arzobispo de Constantinopla, el lugar de coronación de los emperadores bizantinos, sirvió de modelo para la construcción de muchos otros templos dedicados, como él, a Cristo, Sabiduría de Dios. Fue escenario del V Concilio Ecuménico en el año 553; fue en su altar donde el legado papal depositó en 1054 la bula que excomulgó al patriarca Miguel I Cerulario, dando inicio así al cisma de Oriente; fue el templo que en 1204 saquearon los ejércitos de la IV Cruzada, causando una herida que ha llegado hasta nuestros días; y fue el lugar en el que el Papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras levantaron en 1965 sus excomuniones mutuas, propiciando el comienzo del reencuentro. Historia del cristianismo pura y dura.

La Santa Sede ha actuado hasta ahora en este tema con suma prudencia, excesiva al decir de los medios ortodoxos. «Estoy pensando en Santa Sofía y estoy muy afligido», se limitó a decir el Papa Francisco en el Ángelus del día 12 improvisando unas palabras que, al parecer, ni siquiera figuraban en el discurso previsto. Los obispos católicos turcos, pastores de una grey estimada en no más de 50.000 fieles, habían indicado antes que si bien preferirían que siguiese funcionando como museo, la decisión sobre Santa Sofía concernía exclusivamente a Turquía. La misma tesis de que se trata de una cuestión interna que defiende Ankara.

La actuación de Erdogan en este tema, no obstante, debería llevar a la reflexión. Ni Estados Unidos ni la Unión Europea —Austria ya ha pedido que se congelen las conversaciones sobre la admisión de Turquía— han sido capaces de conseguir que éste reconsiderara su decisión. El mandatario islamista, que tiene desplegadas tropas en Siria y en Libia y bombardeó hace un mes el Kurdistán iraquí, ha dicho, además, que «la resurrección de Santa Sofía es un presagio de la liberación de la mezquita de Al-Aqsa» de Jerusalén.

Nada de lo acontecido invita al optimismo, ni por supuesto ayudará a una mayor fraternidad islamo-cristiana. No estaría de más que otras voces musulmanas de más peso se sumaran a las pocas que hasta ahora han lamentado la decisión del presidente turco.

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