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#EditorialEcclesia: «No tengáis miedo»

Cuando hace unos meses el Papa Francisco invitaba a los católicos a vivir la Cuaresma desde la vuelta al corazón de Dios, apagando la televisión, desconectando el celular y conectando con el Evangelio, no imaginaba el Santo Padre que la sociedad transitaría por un desierto tan desgarrador para hombres y mujeres de todas las partes del mundo. Precisamente, el Miércoles de Ceniza Francisco dedicaba su catequesis a reflexionar sobre el significado espiritual del desierto, llamando a «recorrer el camino cuaresmal a través de la oración, el ayuno y las obras de misericordia». Decía que «en el desierto hay ausencia de palabras y que así la persona puede hacer espacio para que el Señor le hable al corazón», que es el lugar de la Palabra de Dios. Y así, recordando que ahí se aprende a ayunar, a renunciar a las cosas vanas para ir a lo esencial, el Papa afirmaba que el desierto es un lugar de soledad.
Retomar ahora su mensaje, a las puertas de la Semana Santa, es un ejercicio de actualidad y de realidad, porque sus palabras adquieren un significado más profundo. Ante la situación generada por el coronavirus, cuando tantas personas sufren en sus carnes los dolores y el sufrimiento que Cristo asumió en la Cruz, el Papa vuelve a invitar a hablar con Dios, a caer en la cuenta de cuántas cosas inútiles rodean la vida personal y social. Su mensaje sigue una línea providencial con la oración que el 27 de marzo proclamaba para todo el mundo desde una plaza de San Pedro vacía: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?… No tengáis miedo».
El desierto cuaresmal es un viaje de caridad hacia los más débiles y así lo experimenta la Humanidad durante estos días en que la impotencia y la vulnerabilidad son claves en el sentir del confinamiento. Los dolores profundos de quienes mueren solos, de quienes no pueden abrazar a sus familiares moribundos, de quienes están aislados en sus habitaciones… son los dolores que Jesús acompaña, abraza y ayuda a sostener. En este desierto cuaresmal Dios es el sanitario que pone al servicio toda su profesionalidad; Dios es el sacerdote que acompaña con esperanza a quienes sufren; Dios es el transportista de alimentos, es el empresario que cambia su quehacer para elaborar mascarillas o fabricar respiradores; Dios es periodista; Dios es quien limpia, es policía, es militar… Dios está presente en la solidaridad, en las alegrías de quienes se recuperan y consiguen ganar la batalla al virus.
Pero en el desierto hay tentaciones. Una de ellas es la de buscar culpables y seguir dividiendo a la sociedad en dos bandos. No es momento. Los católicos tienen la responsabilidad de apostar por la misericordia, centro del cristianismo: porque la necesidad de perdonar camina paralela a la necesidad de ser perdonados. Habrá momento para exigir responsabilidades por lo sucedido. Pero ahora, cuando la Iglesia se acerca a vivir la semana más importante del año, los cristianos son llamados a convertir sus casas en Iglesias domésticas, a acompañar los dolores de personas heridas y a ser portadores de perdón. Para ello, se necesita la gracia de Dios y recordar que «en esta barca estamos todos».

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