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#EditorialECCLESIA: Los políticos, la responsabilidad y el sentido común

Max Weber, en su libro La política como profesión, distingue dos formas del actuar político: la inspirada en «la ética de la convicción» que obedece únicamente a los propios principios sin dejarse influir por las consecuencias de los actos, y la inspirada en «la ética de la responsabilidad», que sí reflexiona sobre la repercusión de sus acciones. Esta última es la ética de quien no se fija tanto en sus propios intereses sino en cómo ayudar a los demás. En este tiempo de pandemia, precisamente Weber murió hace cien años al contagiarse de la gripe española, la reflexión más profunda a la que están llamados los servidores públicos es esta: su verdadera vocación, que es una alta forma de caridad.

Pero el devenir del marketing político está desembocando en un espectáculo deleznable donde la confrontación entre los políticos es el único arma y los focos mediáticos son los únicos argumentos porque las palabras no tienen, en realidad, ninguna validez. Lo que hoy se dice, mañana se desdice. Y mientras tanto, los medios de comunicación se convierten en meras correas de transmisión de los poderes públicos.

En la ya denominada era de la confrontación, el sociólogo Christian Salmon ahonda en la lógica que ha llevado a la sociedad al desconcierto actual: «En una sociedad hiperconectada e hipermediatizada ya no solo vale la palabra, sino que para llegar a conquistar el poder, la combinación ganadora es enfrentarse, transgredir, ser impredecible e imponer la propia verdad, la que convenga. Estamos ante un período inédito donde impera el caos narrativo». Como diría la Santa de Ávila, son tiempos recios que requieren de sensatez, de luz, de no caer en la desesperanza.

Precisamente el presidente de la CEE, Juan José Omella, en su primer discurso de la apertura de la Asamblea Plenaria, recordaba el riesgo que corre la sociedad de «caer en la desesperanza, de alimentar una mirada excesivamente negativa sobre nosotros como país, de hundir nuestra autoestima colectiva, dejarnos vencer por el pesimismo e incluso caer en la depresión cultural, hasta el punto de creer que somos incapaces de superar esta crisis y vernos como una sociedad sin futuro».

Por eso, es el momento «de la unidad y de la buena política, aquella que vela por el respeto a la persona humana y trabaja incansablemente por el bien común». Dada la situación de emergencia y llegado este momento, la Iglesia pide recuperar el espíritu de la concordia que hizo posible grandes acuerdos que exigieron sacrificios, generosidad y confianza mutua.

Es lo que hoy se les pide a los políticos, que se comprometan con su verdadera vocación, que dialoguen entre ellos con la abnegación que corresponde a un servidor público. Es necesario salir del propio amor, querer e interés para encontrarse con los dolores de una sociedad que se encuentra en estado de alarma. Por eso, es reprochable que durante una pandemia como la que se está viviendo exista una agenda legislativa en la que los votos de partidos se intercambian como si fueran cromos de los niños. Los españoles, adormecidos por la herida de la muerte, el dolor de la enfermedad y la incertidumbre de la economía no se merecen esta situación tan desconcertante.

Los políticos, los medios de comunicación y cada ciudadano individualmente están llamados a reducir la crispación y promover la cultura del encuentro. Más que nunca se necesita un liderazgo testimonial que aparte sus intereses personales y partidistas, que busque el bien común. Son muy necesarios los cambios en educación, en sanidad, en igualdad, pero en este momento de nuestra historia, la Iglesia pide, simplemente, sentido común.

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