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#EditorialEcclesia: Los laicos, llamados a encarnar el Evangelio en la estructura social

Los días 14, 15 y 16 de febrero están en la memoria de la Iglesia que peregrina en España como un tiempo de gracia muy especial para quienes tuvieron la oportunidad de participar en el Congreso de Laicos «Pueblo de Dios en Salida». Después de meses de preparación, laicos, vida consagrada y pastores reflexionamos juntos sobre la vocación, comunión y misión de los fieles laicos en el actual contexto sociocultural. No era un evento puntual, ni el más importante, sino un proceso de discernimiento como actitud interior enraizada en la fe que se convirtió en un impulso grande del Espíritu. Muchas fueron las propuestas, las inquietudes y sobre todo, las vivencias de esas tres jornadas que impulsaron la siguiente etapa: el Poscongreso. Y cuando el fervor se comenzaba a transmitir por todas las diócesis españolas, el 14 de marzo, un mes después, el Gobierno español declaraba el estado de alarma ante un virus que confinó a medio planeta.

Al cumplirse el aniversario de uno de los procesos eclesiales más importantes del siglo XXI, vuelven al corazón los días de convivencia fraterna y misionera, de encuentro con Dios y con los demás. Los laicos expresaban con rotundidad «somos los protagonistas, no actores de reparto» y en la ponencia final lo dijeron con sencillez y en comunión: «Sigamos adelante, no estamos construyendo para hoy. No estamos trabajando para mañana. Estamos forjando un camino para la eternidad». Estas palabras resuenan de un modo más hondo al contextualizarlas en una pandemia que deja miles de muertos en España, familias golpeadas por el sufrimiento, las penurias económicas y laborales en nuestro país. Pero esta realidad también recuerda que nos necesitamos todos, que todo está conectado (LS, 15) y que es urgente afianzar nuestra cultura del cuidado cuestionándonos los estilos de vida predominantes que no ponen en el centro la dignidad de la persona sino los intereses de unos pocos.

Esta experiencia tan dolorosa podría haber apagado el fervor y el ánimo del Congreso de Laicos. Seguramente, cada uno desde su lugar ha podido «salir de sí mismo» para encontrarse con la realidad sufriente de los demás. La inspiración del Espíritu continúa y nos sigue interpelando: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (LS, 160). Si la pandemia ha paralizado muchos de los proyectos en marcha, ¿cuáles son las rutinas y formas de vivir que los cristianos podemos encarnar y proponer al mundo?

Al final, el laicado tiene una oportunidad de oro para implicarse con valentía y generosidad en las formas de vertebración de la vida social. Es tiempo de crecer en la caridad política que proponía la Conferencia Episcopal Española en sus orientaciones del año 1986, Los católicos en la vida pública: «No se trata solo de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias del orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno, con especial atención a las necesidades de los más pobres» (n. 61).

Este compromiso se debe reflejar en los valores cristianos en el mundo social, político y económico, justamente en este momento actual en que los ciudadanos, anestesiados por el dolor, vemos con sorpresa cómo el gobierno actual legisla sin demanda social y sin diálogo. Los laicos, llamados a encarnar el Evangelio en las estructuras de la sociedad, no están solos en el anuncio del Reino y la denuncia de las injusticias, sino en camino con los pastores y consagrados.



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