Editoriales Ecclesia

#EditorialECCLESIA: Las colas del hambre necesitan medidas urgentes y reales

El último Informe 2020 de la Fundación FOESSA alertaba de que la pandemia, en tan solo dos meses, había anulado la recuperación que vivía España y afirmaba que habíamos vuelto a las cifras del peor momento de la última crisis. Ya en una de sus conclusiones el Informe indicaba que hoy tres de cada diez personas en exclusión grave carecen de cualquier tipo de ingreso y que «tenemos delante una crisis de emergencia habitacional en ciernes que no estamos queriendo ver». El volumen de ingresos de las familias acompañadas por Cáritas ha caído un 33% si se comparan, por ejemplo, los meses de febrero y de abril. Pero más preocupante es el aumento de un 136% en el número de familias que no cuentan con ningún ingreso, es decir, «que han perdido todos sus ingresos por la vía del empleo y a las que no llega ningún tipo de ayuda económica de ninguno de los niveles de la administración pública».

Mientras esta situación se iba gestando, el Gobierno de España ponía sobre la mesa el debate del Ingreso Mínimo Vital, como si fuera la salvación de quienes sufrían en sus carnes las consecuencias económicas de la covid. Meses después, varias instituciones, entre ellas la Fundación Madrina, denuncian que se rechazan cientos de solicitudes con la excusa de que la documentación presentada es errónea o insuficiente. Sin embargo, el problema real es que «no hay dinero en la caja». A la vez, las colas del hambre se silencian como si no existiesen, pero en muchas de nuestras calles de Madrid se encuentran hombres y mujeres pidiendo alimentos porque en sus hogares no hay ingresos para lo más básico. Los «políticos del marketing» pueden anunciar a bombo y platillo medidas con cifras que nos superan, pero la realidad está en la calle y no se puede ocultar.

Los católicos estamos llamados a anunciar y a denunciar. Desde el compromiso con los descartados de nuestra sociedad, teniendo en el corazón las actitudes de Jesús, la Iglesia, a través de toda su red de parroquias e instituciones, asiste generosamente a miles de personas que hoy lo necesitan. Y a la vez, denuncia la situación que se vive, alentando a todos los ciudadanos de la necesidad de ser solidarios más que nunca. Solo las fundaciones como Madrina cubren el 70% de la pobreza de Madrid y se calcula que la pobreza infantil crecerá un 50% en los próximos meses. No es tiempo de ocultar los datos y mucho menos las imágenes. Es tiempo de pisar las calles para tocar el rostro de Cristo sufriente.

En septiembre el Papa dirigía estas palabras en una de sus audiencias generales: «La crisis que estamos viviendo a causa de la pandemia golpea a todos; podemos salir mejores si buscamos todos juntos el bien común; al contrario, saldremos peores. Lamentablemente, asistimos al surgimiento de intereses partidistas. Por ejemplo, hay quien quisiera apropiarse de posibles soluciones, como en el caso de las vacunas para después venderlas a los otros. Algunos aprovechan la situación para fomentar divisiones: para buscar ventajas económicas o políticas, generando o aumentando conflictos. Otros simplemente no se interesan por el sufrimiento de los demás, pasan por encima y van por su camino. Son los devotos de Poncio Pilato, se lavan las manos».

En este momento concreto, cuando los contagios se han disparado en nuestro país, es tiempo de preguntarnos cómo nos situamos, si lavándonos las manos, mirando para otro lado, o asumiendo la realidad. Si como le dijo el Pontífice a Pedro Sánchez, la política «no solo es un arte, sino que para los cristianos es un acto de caridad», es urgente, por el bien de los ciudadanos, que los políticos se pongan a trabajar por el verdadero bien común. Y eso significa dejar a un lado debates estériles en este momento como el de la Ley de Educación o el de la Ley Trans. Las personas lloran porque sus neveras están vacías. Hagamos algo.

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME