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#EditorialEcclesia: La esperanza impulsa a la acción por el bien común

Los cristianos acabamos de acompañar la Pasión de Jesucristo de una manera real y encarnada en la vida concreta y actual de la Humanidad. El Señor, acogiendo los dolores del mundo, entrega toda su persona hasta el extremo y, haciéndose uno de tantos, abre un camino a la esperanza. Ahora, ya en Pascua, se puede hacer difícil encontrar motivos para la alegría porque la crisis del coronavirus provoca sufrimientos a miles de personas en nuestro país. Pasar de la tristeza a la verdadera alegría no es automático; la Pascua es un proceso en el que Jesús se va haciendo presente, iluminando las noches, sosteniendo dolores y silencios, deshaciendo el pesimismo para dar paso a la misericordia que «ilumina la oscuridad del corazón». El Papa Francisco animaba en la Vigilia Pascual que «en esta noche conquistamos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza; es una esperanza nueva, viva, que viene de Dios. No es mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo. No. Es un don del Cielo. La esperanza de Jesús infunde en el corazón la certeza de que Dios conduce todo hacia el bien, porque incluso hace salir de la tumba la vida».
En este momento histórico que vivimos la Iglesia encarna desde el principio el Evangelio de la Vida a través del consuelo, del acompañamiento, del sustento material, del compromiso con quienes más sufren esta pandemia. Es otro tipo de contagio que se necesita ahora, el contagio de la Esperanza, esa que se transmite de corazón a corazón. Decía el Papa que no se trata de una fórmula mágica que hace desaparecer los problemas, sino que es la victoria del amor sobre la raíz del mal. Esta resurrección de la solidaridad es un hecho, es real, se puede comprobar cada día. Pero en este momento se nos pide a todos, hombres y mujeres de todos los signos, creencias e ideologías, que dejemos a un lado las diferencias para poner en la mirada en quienes están sufriendo para buscar soluciones.
Hoy, más que nunca, la vida y el amor se miden en que los políticos, fieles a su vocación, deben trabajar por el bien común, dejando a un lado las disputas partidistas, las ideologías personales, los prejuicios… Es hora de resolver juntos y unidos los problemas de nuestra sociedad, buscar los medios necesarios para permitir que todos, sin excepción y sin acepción de personas, puedan tener una vida digna. El Papa denuncia constantemente que la economía no puede estar por encima de las personas, que las decisiones sobre esta pandemia tienen que poner a la persona en el centro.
¿Cómo lo concretamos los católicos? ¿Nos dejaremos llevar por el egoísmo, por el impulso tuitero de la descalificación? ¿Aprovecharemos este momento para volver a la raíz del humanismo cristiano para ser capaces de resurgir de manera más humilde, más digna, más solidaria…?
La esperanza de Dios se abre camino si se concreta en repensar «el modo y orden» de la sociedad, desactivando el «piloto automático» de los paradigmas tecnocráticos y de la idolatría del dinero para volver a la Vida, poniendo en el centro las necesidades de quienes más sufren.

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