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#EditorialECCLESIA: Contra la desinformación, profesionalidad y formación

Mientras la sociedad se encuentra anestesiada por el miedo y la incertidumbre ante la crisis sanitaria, social y económica del coronavirus, el Gobierno de España vuelve a poner sobre la mesa leyes que crean división y conflicto entre la ciudadanía. A la LOMLOE, a la Ley de Memoria Democrática, a la Ley Trans, entre otras, se une el debate sobre la Comisión Permanente contra la desinformación, tildada por la oposición como «el ministerio de la verdad», uno de los cuatro ministerios incluidos por George Orwell en su novela 1984.

Rápidamente el Departamento de Seguridad Nacional ha aclarado que no se trata de perseguir fake news ni de interferir en los medios de comunicación, pero sí de luchar contra las campañas de desinformación «que afectan a la seguridad nacional», es decir, «a intereses generales».

Sin embargo, la ministra de Exteriores indica en una televisión que «no se trata de limitar la libertad de expresión, pero sí se trata de limitar el que se puedan vehicular falsedades a través de los medios de comunicación que hoy son los periódicos, las radios, las televisiones y también las plataformas digitales sociales, que falsean el debate público, que manipulan a nuestra población y que pueden causar un gran quebranto en nuestra democracia».

Desde su publicación en el BOE (núm. 292) el pasado 5 de noviembre hasta hoy las aclaraciones han sido tantas y tan variadas que es claro ejemplo de la falta de transparencia, la poca claridad y lo inesperado de esta actuación. Una comisión de estas características, coordinada por la Secretaría de Estado de Comunicación, solo puede recordar a la censura de antaño que tanto critica nuestra sociedad. Luchar contra la desinformación a través de la misma desinformación es la mejor manera de crear más confusión y manipular el foco de atención.

Toda la ciudadanía estará de acuerdo en que las fake news invaden la sociedad de manera premeditada, y lo hacen como en otros momentos de la historia: porque las mentiras y los rumores siempre han existido. De ahí que la profesionalidad del periodista adquiere mayor importancia para ofrecer información de calidad, contrastando con varias fuentes y huyendo de ser meros transmisores de los poderes de turno. También la sociedad debe conocer la ingerencia de algunos países o de determinados sectores de algunos países en otros para desestabilizarlos. Pero no es el Gobierno quien se debe alzar en juez y poseedor de la verdad. Lo que sí debe hacer el Gobierno es dialogar y buscar consensos para crear una Ley educativa que ayude realmente a niños y jóvenes a desarrollar el espíritu crítico de aquello que leen, ven y escuchan. La lucha contra la desinformación pasa por la profesionalidad y la formación.

El Papa Francisco ha denunciado en multitud de ocasiones el peligro de la desinformación, el «empache de conexión» que lleva a perder «el sabor de la fraternidad». «Nos hemos acostumbrado a comer el pan duro de la desinformación y hemos terminado presos del descrédito», decía en mayo de 2019 durante su visita a Macedonia. Por eso, los directivos de los medios y los profesionales de la comunicación tienen el deber de asegurar que «haya hechos en vez de noticias falsas, objetividad en vez de rumores y búsqueda de precisión en vez de títulos aproximativos».

Contra la desinformación encontramos buen ejemplo en Manuel Lozano, «Lolo», el primer periodista seglar beatificado, de cuyo nacimiento en Linares (Jaén) se cumplen cien años, y que estuvo veintiocho años paralítico y nueve, ciego. Desde su confinamiento descubrió el valor de la palabra hasta llegar a decir: «Cuando escribas, lo has de hacer de rodillas para amar; sentado para juzgar; erguido y poderoso para combatir y sembrar».

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