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#EditorialEcclesia: Buena oportunidad para ser una Iglesia en Salida

En febrero durante el proceso del Congreso de Laicos los participantes experimentaron que «la Iglesia en Salida es una Iglesia sinodal y que los laicos son una parte fundamental del Pueblo de Dios, llamados a desarrollar plenamente su responsabilidad como bautizados». Por eso, con compromiso y asumiendo la comunión, quienes vivieron este proceso afirmaron con rotundidad que el lugar de la misión del discípulo es el mundo, con toda la complejidad que se puede descubrir cada día.
Desde el 16 de febrero la Iglesia española se encuentra inmersa en el postcongreso aunque se tenga la sensación de un parón obligado. La realidad se ha visto totalmente afectada por un tsunami de enfermedad, muerte e inestabilidad, descubriendo que es la vida que grita pidiendo humildad para acoger los límites humanos y para renovar el concepto de persona enraizado en Jesús. Cuando la sociedad más necesita el aliento del Evangelio, las conclusiones del Congreso siguen resonando con fuerza y llamando a la conversión personal y comunitaria para ser realmente una Iglesia en Salida. Ahora el discernimiento pide espacio y generosidad para concretar la voz del Espíritu que camina por las calles de nuestras ciudades. Es la «nueva normalidad» que provoca un cambio en las relaciones y en los estilos de vida centrados hasta ahora en el consumismo y el individualismo.
El camino común comenzado es una señal importante para reafirmar esa necesidad urgente de solidaridad, de unidad y de paz. «Necesitamos otro virus, el virus de la solidaridad y de la caridad», decía el cardenal Jean-Claude Hollerich recordando que el hombre no puede vivir solo. El coronavirus lo ha confirmado poniendo a toda la humanidad a sus pies y dejando una huella que ojalá no caiga en el olvido: Nos necesitamos más de lo que pensábamos. Somos cuerpo, que diría hoy san Pablo.
Cuatro meses después, las palabras del Papa Francisco al Congreso de Laicos adquieren una fuerza desbordante: «No tengan miedo de patear las calles, de entrar en cada rincón de la sociedad, de llegar hasta los límites de la ciudad, de tocar las heridas de nuestra gente… esta es la Iglesia de Dios, que se arremanga para salir al encuentro del otro, sin juzgarlo, sin condenarlo, sino tendiéndole la mano, para sostenerlo, animarlo o, simplemente, para acompañarlo en su vida. Que el mandato del Señor resuene siempre en ustedes: “Vayan y prediquen el Evangelio”». Así que cuando termina el estado de alarma, mientras unos intentan ajustar las cifras, otros hacen colas para comer, la mayoría preocupada por la economía, los padres agobiados entre el trabajo y los hijos… somos llamados a «patear las calles». Es la invitación a encontrarse con Jesús que se hace uno de tantos, se abaja asumiendo el dolor humano y sale de sí mismo para entregar su persona.

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