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Editorial: Si un miembro sufre, todos sufren con él

Desde que el domingo 4 de julio el Vaticano anunciase la operación de colon del Papa Francisco, los cristianos vivimos pendientes de las ventanas del policlínico Gemelli. La intervención, que estaba programada para hacerla coincidir con el periodo vacacional del Santo Padre, aunó a todos los fieles en oración por el Pontífice. Y es que, tal y como dice san Pablo, «así como el cuerpo tiene muchos miembros, sin embargo, es uno». (1Cor 12, 12) ¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él (1Cor 12, 26)

Malaquías también nos recuerda que la fragilidad nos eleva a Dios, nos depura y santifica. El mismo Papa Francisco recordó en la última Jornada Mundial del Enfermo que para Jesús, la enfermedad nunca ha sido obstáculo para acercarse al hombre, sino todo lo contrario. «Él nos ha enseñado que la persona humana es siempre valiosa, que tiene siempre una dignidad que nada ni nadie le puede quitar, ni siquiera la enfermedad. Esta fragilidad no es un mal. Y la enfermedad, que es expresión de la fragilidad, no puede y no debe llevarnos a olvidar el inmenso valor que siempre tenemos ante Dios».

Por todo ello, y ante la situación de pandemia que todavía arrastramos, este sufrimiento tan humano no nos puede «pasar de largo» cuando vemos a nuestro hermano o hermana doliente. No podemos actuar con indiferencia, sino que debemos «pararnos» junto a él. Porque el buen samaritano es toda persona que se para junto al sufrimiento de cualquier género que sea.

Una parada, que aún más en este tiempo vacacional que muchos comienzan, debe traducirse en disponibilidad. Abrir el corazón y conmoverse —y moverse—  en la entrega hacia los demás. Porque precisamente, en estos momentos, no nos podemos permitir la carencia de humanidad y, por eso, resulta necesario personalizar el modo de acercarse al enfermo, añadiendo al curar el cuidar, para una recuperación humana integral. De esta forma, sentimos ese compromiso no solo en la integridad física, sino también en nuestras dimensiones relacionales, intelectiva, afectiva y espiritual. Por eso, además de los tratamientos debemos transmitir apoyo, solicitud, atención… en definitiva, amor.

Frente a la cultura del descarte y de la indiferencia que impera en la sociedad, hemos de ser capaces de desafiar el individualismo y la fragmentación social, para impulsar nuevos vínculos y diversas formas de cooperación humana entre pueblos y culturas. El diálogo, que es una premisa para este don, abre espacios de relación para el crecimiento y el desarrollo.

Cabe destacar que esa «vocación materna de la Iglesia hacia los necesitados y los enfermos», se ha concretado en su historia bimilenaria en una rica serie de iniciativas en su favor. La imagen de la Iglesia como un «hospital de campaña», que acoge a todos los heridos por la vida, es una realidad muy concreta, porque en algunas partes del mundo, solo los hospitales de los misioneros y las diócesis brindan la atención necesaria a la población.

En la carta apostólica Salvifici doloris, el Papa Juan Pablo II aludía al sufrimiento como un hecho profundamente humano, «porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión».

Por todo ello, pidamos que esta «unión en oración» por la salud del Papa constituya una ocasión para prestar especial atención a la situación de los enfermos y de todos los que sufren en general; y, al mismo tiempo, sea una llamada de agradecimiento a los que entregan su vida acompañando a los enfermos, comenzando por sus familiares, los agentes sanitarios y voluntarios.

Que esta llamada renueve en la Iglesia la fuerza espiritual para realizar lo mejor posible esa parte esencial de su misión que incluye el servicio a los últimos, a los enfermos, a los que sufren, a los excluidos y a los marginados.



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