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Editorial – Juntos y con la misma pasión: defensa de la vida y defensa del migrante

Desde el año 1914 la Iglesia celebra la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, una ocasión que condensa todos los esfuerzos por vivir una afirmación arriesgada y completamente evangélica: que los migrantes no son el problema, que el problema está en las personas del siglo XXI y en sus miedos. Por eso, el Papa ofrece la Doctrina Social de la Iglesia en su lema: No se trata solo de migrantes.
Cerca de 15.000 personas llegaron en patera a las costas españolas desde el 1 de enero, según datos del Ministerio de Interior. Esta cifra supone un 42,5% menos que en los mismos meses del año pasado. Sin embargo, algunos medios de comunicación y algunos personajes públicos se empeñan en hablar de avalancha. Lejos de la verdad, porque ni las migraciones hacia los países desarrollados son ahora mayores que nunca; ni los flujos migratorios se pueden controlar; ni las políticas migratorias restrictivas frenan la inmigración; y ni la inmigración desequilibra la economía. Son mitos, que de tanto oírlos la sociedad los hace suyos y muchos católicos acaban por creérselos.
Es más, el número de entradas ilegales en la Unión Europea entre enero y julio de este año cayeron un 30% en relación con el mismo periodo de 2018, según la agencia europea de fronteras (Frontex). Europa no sufre ninguna emergencia migratoria.
Estos son los datos, pero la Iglesia va más allá. Los migrantes no son un problema, «el problema está en nosotros», —dice el Papa Francisco—, en las filias y las fobias, en los miedos que llevan a rechazar a hermanos. Porque acoger supone salir de uno mismo, dejar atrás la comodidad y la seguridad, y afrontar las necesidades de los demás, como hizo Jesús de Nazaret, con quien queremos identificarnos. La presencia de los migrantes y de los refugiados en España es una invitación a recuperar algunas dimensiones fontales del cristianismo y que corren el riesgo de adormecerse ante un estilo de vida lleno de comodidades. «Cuidando de ellos, todos crecemos; escuchándolos, también damos voz a esa parte de nosotros que quizá mantenemos escondida porque hoy no está bien vista».
La lógica del mundo justifica excluir a los más vulnerables, abusar de los demás para lograr el beneficio personal o grupal. Sin embargo, la lógica de Dios es otra: ¡Primero los últimos! En el centro de la vida cristiana, con Cristo, están quienes peor lo pasan, quienes no tienen donde reclinar la cabeza, los que huyen de sus países por razones de pobreza, de guerra, de persecución… Pero como el seguimiento de Cristo se concreta en la vida diaria, se impone ya la necesidad de adoptar medidas que ayuden a la cohesión social, a fomentar la convivencia pacífica y alejar todo lo que sea racismo y xenofobia; a mejorar la calidad de vida de las capas más desfavorecidas, independiente de donde provengan.
La Iglesia plantea cuatro verbos como camino: acoger, proteger, promover e integrar. Pero no solo para los migrantes, sino para todas las personas de las periferias existenciales. No solo está en juego la causa de los migrantes, sino el presente y el futuro de la familia humana. La indiferencia, el miedo o una compresión errónea del progreso no son la hoja de ruta de ningún cristiano. Al contrario, la integración, la comunión y la reconciliación son nuestra marca. Ante esto las instituciones eclesiales están dispuestas a defender siempre la vida, la vida de los no nacidos, la vida de los enfermos, la vida de los migrantes. Y la defensa es con pasión, con la misma pasión de Jesús, como invitaba el secretario general de la CEE, Luis Argüello, en un foro sobre migraciones. La labor eclesial es de ayuda y solidaridad pero también de agradecimiento, porque los migrantes que conviven día a día con nosotros nos enriquecen social, cultural y religiosamente.

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