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Editorial ECCLESIA: Tres miradas hacia la conversión

No todos los tiempos que se viven en la sociedad son iguales. Como dice el Eclesiástés, hay un tiempo para todo y, ahora, al comienzo de la Cuaresma, la Iglesia propone un camino profundo para que el hombre y la mujer de hoy, sedientos de sentido de vida, vuelvan a Dios «de todo corazón». La palabra clave, a modo de contraseña tatuada en la piel, es «conversión», y a ella se llega con la gracia de Dios y con tres miradas que ayudan a hacer proceso en estos cuarenta días antes de la Semana Santa: la mirada a uno mismo, a Dios y a la realidad actual.

Es necesario volver la mirada a uno mismo, darse la vuelta y encontrarse con el ser que habitamos, que siente miedo y se tambalea en la incertidumbre, que busca saciar los deseos más profundos de su corazón y anda perdido mendigando amor aquí y allá. Todos somos del mismo barro, aunque de vez en cuando caigamos en la tentación de creer que somos fuertes y autosuficientes, que podemos con nuestras únicas fuerzas. Aunque no tiene buena fama y ni siquiera está de moda, la privación (ayuno) es un camino que lleva «a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas». En esta mirada a nosotros mismos, el ayuno ayuda a liberar del camino todo lo que estorba en esa vuelta hacia Dios. ¿Qué impide hoy conectar nuestras entrañas al corazón de Dios? Quizá la falta de silencio, el ruido, la cantidad de información que aturde y transforma al hombre en mero consumidor de noticias, anestesiado de la realidad. Quizá el miedo al sufrimiento, a las consecuencias que genera esta pandemia de distancia emocional, individualismo, polarización de ideas y rechazo social.

La segunda mirada es la mirada a Dios para descubrir cómo nos mira con misericordia y nos recuerda el plan que tenía para cada uno desde el principio de los tiempos. La mirada a Dios tiene mucho de contemplación, de dejarse mirar por Él, de acallarse interiormente para que pueda escucharse su Voz con claridad recordándonos el sentido de la vida. Es imprescindible recogerse en oración y «encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura» que nos mira y que camina por nuestras calles encarnado en las realidades más sufrientes de la sociedad. Esta mirada a Dios no nos deja indiferentes, es un salto hacia fuera, un salir de nosotros mismos para encontrarnos con los demás. Porque la historia de amor de Dios con cada persona no termina con sus errores, violencias e injusticias sino que comienza una y otra vez con el regalo del perdón. «En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación» (Papa Francisco).

De ahí la tercera mirada, la mirada a la realidad. Porque es tiempo de ver el mundo con los ojos de Dios, con nuestro pecado estructural y con las miserias personales de cada uno. Al ser tocados por esa mirada de Dios en lo profundo del ser, esta experiencia nos recuerda nuestra condición de creaturas, hombres y mujeres pobres reconciliados con nuestras miserias. Al mirar la realidad solo podemos salir de nosotros mismos, atravesar los sufrimientos de las personas y encontrarnos con los dolores de los demás. Esta es la caridad que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión. «Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad (…). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez» (Francisco).

Por eso, la Fratelli tutti (223) nos recuerda que la Cuaresma es tiempo para «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian».
Estas tres miradas ayudan al proceso de conversión en el que somos llamados a encarnar el Evangelio. Implica el no inhibirnos ante las injusticias evidentes en nuestra sociedad. La libertad del corazón, fruto de la conversión, nos llevará a denunciar que la dignidad personal es atacada desde muchos frentes legislativos, y que la Iglesia no puede pactar con el mal sino buscar el bien común.



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