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Editorial ECCLESIA: Nuestros mayores y una antropología renovada

«Ellos son nuestras raíces, nuestra historia, nos han dado la fe, la tradición, el sentido de la pertenencia a una patria. Oremos por ellos para que el Señor esté cerca en este momento». Son palabras del Papa Francisco el 15 de abril en su Eucaristía matutina en Casa Santa Marta, refiriéndose a los mayores de todas las sociedades, los más afectados por la pandemia del COVID-19. No era la primera vez que se dirigía a ellos, el 31 de enero recibió a los participantes en el primer Congreso Internacional Pastoral para ancianos, centrándose en el tema «La riqueza de los años». Aquel día expresó esas palabras que en esta situación resuenan con más fuerza: «La vejez no es una enfermedad, ¡es un privilegio! La soledad puede ser una enfermedad, pero con caridad, cercanía y consuelo espiritual podemos curarla».

Por eso, porque los mayores son las raíces de una sociedad, la Iglesia pone en el centro la verdadera pregunta: «¿Qué modelo de persona queremos a partir de ahora? ¿Cuál va a ser en este momento nuestra antropología?».

Las tertulias televisivas pueden centrarse en debates faltos de sencillez y de profesionalidad sobre si las residencias de ancianos estaban bien atendidas, si eran solo un negocio, si se les ha exigido que sean hospitales cuando no lo son… pero la raíz de lo que ha ocurrido en España no está ahí. La raíz se encuentra en por qué el hombre del siglo XXI tiene que llevar a sus mayores a residencias de ancianos, por qué los estilos de vida están centrados solo y exclusivamente en el bienestar, en lo productivo, en lo económico… [Precisamente se está confirmando en la desescalada que vive España, los mayores de las residencias siguen siendo los últimos, no son productivos, como mucho algunos pueden «airearse» en la azotea].

La Iglesia propone una antropología integral y solidaria, que abarca las dimensiones de toda la persona y que incluye universalmente a toda la humanidad. Como presenta la Doctrina Social de la Iglesia, esta antropología muestra a la persona concreta y real, en sus dimensiones personal y comunitaria, corporal y espiritual, cultural y política, social, económica e histórica. Es tiempo para hacerse cargo de la realidad, para hacer una lectura creyente, sabemos que Dios habita cada rincón de la tierra y de la mano al hombre y la mujer de hoy. Y esa certeza debe ir acompañada de medidas urgentes económicas, sin dudarlo. Pero también de una conversión profunda que devuelva a la persona el fin primero y último para el que ha sido creada por Dios. De ahí que la nueva normalidad pasa por armonizar mejor las exigencias de la eficiencia económica y los requisitos de la justicia social. No hay vuelta atrás. Ahora, toda la sociedad se lo debe a los miles de ancianos que han perdido la vida en nuestra sociedad, hombres y mujeres que han gastado sus días por crear un mundo más humano, que con generosidad han ayudado en cada crisis vivida, que han suplido las carencias de los jóvenes.

Hoy se lo debemos. Por ellos. Renovemos nuestra comprensión del hombre.

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