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EDITORIAL ECCLESIA: Los ojos del mundo puestos en Irak y la fraternidad

La Declaración sobre la Fraternidad Humana, firmada en Abu Dhabi el 4 de febrero de 2019 por el Papa y el Gran Imán de Al-Azhar, Ahmad Al-Tay yeb; la encíclica Fratelli tutti y la visita apostólica  a Irak son hitos de un mismo camino comenzado  ya en el Concilio Vaticano II y que definen ahora, con claridad, el Pontificado de Francisco. Es necesario hacer una  lectura conjunta de este proceso coherente que se acaba  de concretar en la visita al líder de los chiítas, el Gran Ayatolá Al-Sistani, el encuentro interreligioso celebrado en Ur de los Caldeos, la oración contra la guerra en Mosul y el  abrazo a los cristianos de todo el país.  

Del 5 al 7 de marzo de 2021 el mundo entero ha podido redescubrir a un Papa empeñado desde el principio  en concretar su Pontificado en la cultura del encuentro. El  Evangelio está encarnando en múltiples gestos marcados  por la revolución de la ternura, ya desde su llegada a la  Santa Sede. Como él mismo dijo en el avión de regreso a  Roma, la decisión sobre sus viajes se toma tras mucha escucha, reflexión y oración, hasta que como fruto maduro,  desde las entradas y casi espontáneamente, ve con claridad el sí o el no.  

La cultura del encuentro, que rechaza las dialécticas que  enfrentan a unos y otros, se concreta en un poliedro tantas  veces repetido por Bergoglio. Ahí se simboliza a una sociedad caracterizada por la diversidad y llamada a una unidad  cargada de matices. Las diferencias pueden convivir juntas, complementándose, enriqueciéndose e iluminándose  unas a otras.  

«Irak permanecerá siempre conmigo, en mi corazón». 

Bajo este prisma, el viaje a Irak, el más arriesgado de  la historia reciente, llevaba una petición de unidad y fraternidad para todas las confesiones religiosas, pero aún  más, para todos los ciudadanos del mundo. Para siempre  quedan fijadas en los corazones de los iraquíes las últimas palabras del Papa, tras la misa en Erbil en el estadio Hariri:  «Irak permanecerá siempre conmigo, en mi corazón. Les  pido a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, que  trabajen juntos en unidad por un futuro de paz y prosperidad que no discrimine ni deje atrás a nadie. ¡Salam, salam,  salam! Que Dios los bendiga a todos. Que Dios bendiga a Irak». 

El Papa llegaba como peregrino penitente, peregrino  de la paz y peregrino de la esperanza. Pisó la tierra de  Abraham con palabras que sorprenden a muchos y escandalizan a algunos, «para implorar al Señor el perdón y la re conciliación tras años de guerra y terrorismo, a pedir a Dios  consuelo para los corazones y curación para las heridas».  «Y voy entre ustedes como peregrino de paz, para repetir:  “Todos ustedes son hermanos”», decía el día anterior a su  partida.  

Una vez en el país, conmovido por el encuentro personal  y los testimonios escuchados, Francisco enviaba un mensaje a todo el mundo, que en este tiempo de Cuaresma tiene  un significado más especial: la necesidad de perdonar y de  pedir perdón. Sabemos que el dolor de nuestro hermanos  cristianos de Oriente es enorme, y que en medio de las  pruebas más difíciles dan testimonio de fe en Jesús. Sabemos de la crueldad vivida en el país, cuna de la civilización,  de las miles y miles de personas desalojadas por la fuerza  o asesinadas, cristianos y musulmanes, y en especial los  yazidíes, aniquilados por el terrorismo. Pero Francisco, en  medio del dolor, propone el camino de la fraternidad, el  amor y el perdón frente a la huida o la violencia.  

La cultura del encuentro, la revolución de la ternura y el  diálogo interreligioso pasan por las palabras de una mujer  que perdió a su hijo en los primeros atentados del ISIS: «Yo  perdono y pido perdón por ellos». Solo nos queda arrodillarnos y tatuar en el corazón a los perseguidos por su fe



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