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EDITORIAL ECCLESIA: Las «Galileas» cotidianas, donde el cristiano se juega su identidad

«Él va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis» (Mc 16, 7). Estas fueron las palabras de Jesús cuando se apareció a las primeras mujeres, «asustadas y desconcertadas», palabras que centraron la homilía del Papa Francisco durante la Vigilia Pascual de este año en la basílica de San Pedro. Su invitación de Pascua giró sobre el significado de «ir a Galilea», que ante todo denominó como empezar de nuevo, recorrer nuevos caminos e ir a los confines.

Pero ¿cuál es la Galilea del cristiano del siglo XXI, que concreta su identificación con Cristo en un contexto caracterizado por la pandemia? Ayer y hoy la «Galilea real» es la vida cotidiana, «las calles que se recorren cada día», con sus dificultades y sus esperanzas, con momentos de tensión y tristeza y con el don de la fraternidad. Las «Galileas» donde el cristiano se juega su verdadera identidad pasan por el encuentro personal con Dios, con los otros y consigo mismo: en la familia y la comunidad; en el trabajo; en las estructuras que disponen de una u otra manera la organización social, política y económica. Cada persona concreta su Galilea allí donde invierte las horas del día, en lo real y en lo virtual, donde Cristo sigue haciendo su obra y los cristianos son llamados a transparentar la imagen de Dios.

Ante la fatiga y el desgaste de la población tras un año de pandemia, es tiempo de volver a empezar recorriendo nuevos caminos. La covid ha cambiado el mundo y la sociedad se encuentra a las puertas de un nuevo paradigma por construir, aunque algunos, con verdadera inocencia, esperan la vuelta a lo que se denominaba como «normalidad». El mundo ha cambiado y con él los hábitos personales y sociales. El Papa recordaba en su bendición Urbi et Orbi que el anuncio de Pascua no muestra una vía de escape frente a la difícil situación que atraviesa la humanidad. Sin embargo, el Resucitado es esperanza para quienes experimentan más fuertemente las consecuencias de la pandemia, entre otros, los enfermos, el personal sanitario, quienes han perdido el trabajo, atraviesan serias dificultades económicas y carecen de una protección social adecuada.

El Resucitado invita a «moverse en la dirección opuesta al sepulcro» (llámese fatiga, desgaste o tristeza) y a reavivar cada día el asombro del primer encuentro con Jesús, con la humildad de quien se deja sorprender por los caminos de Dios. Es tiempo de anunciar que Cristo ha resucitado y de denunciar las injusticias que siguen creciendo escandalosamente en el mundo. Es fácil, y necesario, poner la mirada en las circunstancias de países como Haití, Myanmar, Líbano, Jordania, Siria, Yemen, Libia, Irak, Sahel, Nigeria, Tigray, Cabo Delgado… tantos lugares de muerte… Los cristianos son llamados a pisar la Galilea cotidiana, también en España, en donde una cuarta parte de las familias se encuentra en riesgo de pobreza extrema, y en donde a ocho de cada diez familias vulnerables se les deniega la ayuda mínima vital y se estima que una de cada dos podría perder su vivienda en los próximos meses.

En este contexto español, los cristianos, iluminados por la Doctrina Social de la Iglesia, han de tomar conciencia de que la fe ha de pasar al ámbito público impregnando las estructuras de una cultura de la vida y del cuidado. Una y otra vez es necesario volver a empezar y compartir una sana visión de la persona y de la sociedad, ofrecer una antropología que hace de la dignidad, la subsidiariedad, la solidaridad y el bien común sus ejes vertebradores.

Así, aquí, en las «Galileas» de la vida cotidiana, donde el cristiano se juega su identidad, se encuentra quien pudiendo hacer nuevas todas las cosas, cuenta con sus seguidores para llevarlas adelante.



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