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EDITORIAL ECCLESIA: La vacuna contra la covid, un bien para todos

Desde que la covid invadió la sociedad española confinando a toda la población en sus casas, una y otra vez se ha soñado con la llegada de una vacuna como solución a la mayor crisis sanitaria contemporánea. Tal hallazgo era impensable en tan poco tiempo, teniendo como base los plazos científicos acostumbrados. Sin embargo, con el esfuerzo y los recursos necesarios se han conseguido no una sino varias vacunas contra la covid. Sin entrar a valorar las motivaciones económicas que se pueden esconder tras esta carrera, es necesario valorar positivamente el esfuerzo y dejar atrás las desconfianzas sobre la vacuna que se muestran en los platós de televisión, como si se tratasen de laboratorios científicos. La vacuna es un bien para todos, una responsabilidad con el bien común que no tiene fronteras.

La Academia Pontificia para la Vida ha repetido en estos meses que «hay que evitar que algunos países reciban la vacuna muy tarde debido a la reducción de la disponibilidad por la compra previa de grandes cantidades por parte de los países más ricos». Mientras en España este tema se trata como tantos otros de la agenda política infundiendo miedo en la población; mientras los políticos reclaman el derecho a la salud universal, otros países se están quedando atrás porque el principio de solidaridad solo se sostiene a golpe de tuit.

La Historia recuerda que el uso de las vacunas ha sido polémico desde que en el año 1796 el médico inglés Edward Jenner realizara una vacunación masiva contra la viruela. Cierto es que esta enfermedad ya ha sido erradicada, pero era temida en todo el mundo y se estima que 300 millones de personas murieron por ella solo en el siglo XX. Las vacunas son necesarias, ayer y hoy, y es razonable admitir las consecuencias positivas, a pesar de que no están exentas de riesgos.

La Iglesia pide a los ciudadanos no olvidar tan fácilmente el sufrimiento vivido hace un año.

La covid ha desorientado a la población (o al menos la ha desinstalado de sus comodidades) y ha destapado los problemas económicos, sanitarios, políticos y medioambientales de las sociedades, recordando la incapacidad, como comunidad global de naciones y compañías farmacéuticas, de asegurar una distribución equitativa de la vacuna.

Por eso, por una parte, la Iglesia pide a los ciudadanos no olvidar tan fácilmente el sufrimiento vivido hace un año, reconocer el esfuerzo del personal sanitario y científico, y vacunarse con auténtica responsabilidad con el bien común. Es hora de hacerse cargo del significado concreto y real de la cultura del cuidado que el Papa Francisco propone desde el comienzo de su Pontificado. Y por otra parte, la Iglesia pide no olvidar a los más débiles y derrotar todo nacionalismo sobre las vacunas. El plan de distribución en los países pobres está paralizado; no se han cumplido los plazos marcos, ni siquiera el marcado para el 10 de abril de iniciar una campaña en 220 lugares del mundo.

Mientras los países ricos con un 15% de la producción mundial de la vacuna han contratado el 60% de la producción mundial, «son 13 los países productores de las vacunas que han puesto límites a las transacciones internacionales de las vacunas». Quien así actúa olvida que «no hay seguridad para nadie si no hay seguridad para todos» porque el coronavirus, con todas sus variantes, no dejará de expandirse. La inoculación es la única medida que puede alcanzar resultados contundentes y sostenibles para cambiar esta situación. La pandemia nos pone ante los ojos una realidad; no se trata solo de covid sino de algo más. Es necesaria la vacuna de la solidaridad para derrotar al virus de la indiferencia, del egoísmo, de la idolatría del poder y del dinero, de mentalidades individualistas…

La vacuna no será eficaz mientras no logremos que esté al alcance de todos. Aún estamos a tiempo.



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