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EDITORIAL ECCLESIA: La sinodalidad, el camino que Dios espera en el siglo XXI

El 26 de octubre de 2019, el Papa Francisco clausuraba la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica. Al comienzo de su discurso agradecía a los participantes el «testimonio de trabajo, de escucha, de búsqueda, de poner en práctica este espíritu sinodal que estamos aprendiendo, quizás, a fijar; y que todavía no atinamos a completarlo». Este espíritu sinodal va calando suavemente en las Iglesias particulares, tanto, que España tiene como ejemplo el proceso realizado en el Congreso Nacional de Laicos, que comenzó siendo «de Laicos» y terminó siendo casi «de todo el Pueblo de Dios».

El pasado 24 de abril, el Papa aprobaba el itinerario sinodal para la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, prevista inicialmente para el mes de octubre del 2022, con el tema: «Por una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión». Esta vez, la modalidad es diferente e inédita, de manera que se articula en tres fases desde octubre de 2021 hasta octubre de 2023: una fase diocesana, otra continental y otra universal, y dos Instrumentum Laboris distintos. Esta metodología quiere introducir a todo el Pueblo de Dios en un proceso en el que el Sínodo ya no es un evento, ni mucho menos una actividad sin más. La sinodalidad es un camino, el que Dios espera de nosotros en este siglo. Por tanto, el Papa, que ya lo proponía en el año 2015 durante el Sínodo de la Familia, quiere poner a la Iglesia en un camino en el que se escuche realmente al Pueblo de Dios, en el que todos participen, en el que se conjuguen las diferencias de manera que nadie pierda sino que todos ganen. Es la integración de las diversidades que tanto cuesta encajar en la Iglesia.

Por eso, la Secretaría General del Sínodo propone una experiencia eclesial que requiere varias actitudes imprescindibles: la escucha, el diálogo y la misión.

La escucha exige silencio y una gran dosis de humildad para escucharse a sí mismo y para escuchar a los demás. Por una parte, este proceso requiere de cada uno un profundo conocimiento personal para nombrar sin miedo las diferentes mociones interiores, para acogerlas y alcanzar el grado de libertad necesario para escuchar a los demás. Ahí es donde cada cristiano se encuentra con la diferencia y la diversidad, con el conflicto y las presiones. Y nada de ello debe escandalizar o paralizar, es parte del proceso: quedarnos con aquello que nos ayuda a avanzar juntos y a dejar de lado lo que impide la comunión.

Entonces, así, podemos dialogar unos con otros desde lo profundo y con humildad. El diálogo y la discusión, pasadas por la oración, siempre tienen un fin: la misión de Jesús, la evangelización. Porque la escucha sin más, no ayuda; el diálogo solamente, no lleva a ninguna parte; escucha y diálogo terminan en la acción evangelizadora, poniéndose al lado de quien necesita para caminar juntos.

Al celebrar el 50 aniversario de los Sínodos, Francisco recordaba que «el mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir, también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión». Y ahí, con escucha, diálogo y misión, se transita el camino de la sinodalidad.



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