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Editorial Ecclesia – La brújula del Concilio Vaticano II: acoger la novedad en la continuidad

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Desde el comienzo de su ministerio apostólico petrino, hace ya más de siete años y medio, Benedicto XVI ha querido dejar clara la vigencia y la necesidad del Concilio Vaticano II. Emblemático resultó al respecto  su discurso a los miembros de la Curia Romana en las vísperas de la Navidad de 2005, en el cuadragésimo aniversario de la clausura del Concilio. Entonces el Santo Padre  fijó el criterio preciso de la hermenéutica de la continuidad para entender y aplicar el Vaticano II. Entonces y a lo largo de estos años, haciendo uso de la gráfica y acertada imagen de su antecesor Juan Pablo II, el Papa ha reiterado que el último Concilio Ecuménico es la brújula de la Iglesia de hoy, «una brújula –afirmó el pasado 10 de octubre- que permite a la barca de la Iglesia navegar en mar abierto, en medio de las tempestades o de la calma, para llegar a la meta».

         Significa lo anterior que el Concilio Vaticano II, en absoluto,  fue un error o una equivocación, sino un acontecimiento extraordinario, un don de Dios, que, insertado en la dos veces milenaria tradición y comunión eclesiales y con sus veinte concilios ecuménicos precedentes, señala el camino de la Iglesia. Evitando maniqueísmo, dicotomías o dialécticas vanas, falsas y estériles, el Papa insiste –y así lo hizo, una vez más en su espléndida homilía de la misa de apertura del Año de la Fe (ver páginas 28 y 29) «en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la “letra” del Concilio, es decir, a sus textos, para encontrar también en ellos su auténtico “espíritu”, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos». Esta referencia a los documentos, esta unidad entre letra y espíritu del Vaticano II,  «evita caer –prosiguió el Pontífice- en los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad». Y en la misma línea explicó al día siguiente (ver páginas 30 y 31) lo que era hace medio siglo y debe seguir siendo ahora el verdadero y necesario «aggiornamiento» de la Iglesia.

         No se debe, pues, mirar con recelo al Vaticano II o culparle, de un modo u otro, de todos o de algunos de los «males» que actualmente puedan afligirnos. La resistencia, fosilización o inmovilismo ante él no son actitudes eclesiales. El Concilio ha de ser asumido, sentido y vivido por todos los miembros de la Iglesia con sentimientos y actitudes de gozo, acogida, comunión, disponibilidad y apertura. Nadie debe tampoco apropiarse indebidamente de él e,  invocando su supuesto espíritu, auspiciar o provocar  disidencia, ruptura o  discontinuidad. Repitámoslo con palabras de Benedicto XVI: hay que acoger, hay que seguir acogiendo la novedad del Concilio en la continuidad. Porque este es su verdadero valor, esta es su brújula. Porque al igual que no se puede prescindir del Vaticano II, tampoco se puede prescindir del resto de los concilios. Y este, como los anteriores necesita de un tiempo, de un proceso histórico prolongado para acabar de dar sus verdaderos frutos. Y este tiempo, este proceso histórico debe ser respetado por todos.

         En la homilía del pasado 11 de octubre, Benedicto XVI fijó otra luminosa clave para entender y vivir el Concilio y, en suma, para entender y vivir la misión actual de la Iglesia. «Los padres conciliares –dijo- querían volver a presentar la fe de modo eficaz; y si se abrieron con confianza al diálogo con el mundo moderno, era porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban». Con esta afirmación, el Papa ponía el dedo en la llaga dos realidades muy a tener en cuenta. En primer lugar, en el error que supone asumir  en nombre del Vaticano II las mentalidades dominantes -con toda su carga de relativismo y materialismo-, error y tentación lamentablemente acontecidos, con alguna frecuencia, en el primer postconcilio y  también ahora. Y en segundo lugar, en la reivindicación de la validez del auténtico y único Vaticano II «para profundizar en el depósito de la fe» que Cristo ha confiado a su Iglesia para que esta la viva, sirva y transmita a una humanidad hoy en crisis y tantas veces descreída y en vertiginosa transformación.

         Y para este camino de la Iglesia, máxime con ocasión del Año de la Fe, la brújula es el Concilio Vaticano II.

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