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EDITORIAL ECCLESIA: El silencio vergonzoso ante el grito de auxilio de los migrantes

En enero del año 2018 el Papa pedía a los católicos conjugar cuatro verbos que marcan la ruta ante el desafío planteado por las migraciones contemporáneas: acoger, proteger, promover e integrar. Esta es la misión de la Iglesia ante las periferias geográficas o existenciales: descubrir el paso del Señor y encarnar el Evangelio creando una Casa Común para todos. Los cuatro verbos apuntan a que la presencia de los migrantes y refugiados en nuestra sociedad es una oportunidad y una invitación «a recuperar algunas dimensiones esenciales del cristianismo, y de la humanidad, que corren el riesgo de adormecerse con un estilo de vida lleno de comodidades».

Tres años después, el pasado 25 de abril, tras el rezo del Regina Caeli, el Papa confesaba que se encontraba muy afligido ante el grito de auxilio de migrantes cerca de las costas de Libia, en el Mediterráneo; suceso que terminó con 130 muertos en el mar. Según la agencia de protección fronteriza de la Unión Europea, Frontex, los centros de rescate en Libia, Malta e Italia fueron alertados, pero no hubo respuesta. Las palabras del Papa resonaron en todo el mundo ante el silencio vergonzoso de los estados, y también de los ciudadanos. «Son personas, son vidas humanas, que durante dos días enteros han implorado en vano ayuda, una ayuda que no ha llegado. Hermanos y hermanas, interroguémonos todos sobre esta enésima tragedia. Es el momento de la vergüenza. Recemos por estos hermanos y hermanas, y por muchos otros que siguen muriendo en estos dramáticos viajes. Recemos también por quienes pueden ayudar, pero prefieren mirar para otro lado. Rezamos en silencio por ellos».

Según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), al menos 453 migrantes han muerto ahogados en el Mediterráneo desde principios de 2021; la mayoría de ellos en la ruta central que conecta las costas de Túnez y Libia con las de Italia. Es el momento de la vergüenza y del examen. Porque al hablar de migrantes, hablamos de nuestra humanidad. La parábola del Buen Samaritano ofrece las claves del sentir y actuar del Evangelio, claves desarrolladas en la encíclica Fratelli tutti. Si compasión significa reconocer el sufrimiento del otro y actuar para aliviar, curar y salvar, es urgente que dicha compasión sea materia de examen, empezando por uno mismo y por los más cercanos. En este momento las Islas Canarias se están convirtiendo en «un muro de bloqueo sistemático y de retención de las personas que allí llegan, impidiendo su traslado a otros lugares de España o de Europa. Esta situación, denunciada por la Iglesia, provoca una grave vulneración de los derechos de los migrantes. La Conferencia Episcopal Española, en noviembre, pedía a la UE y al Estado español que no se creasen guetos insulares para evadir el problema migratorio. Es necesario buscar el equilibrio entre la protección de los derechos y la garantía de la acogida y la asistencia. Sorprende que, «con la experiencia acumulada de Canarias, se haya dado una falta de planificación tan grande por parte de las autoridades para garantizar unas buenas condiciones de acogida de emergencia».

Hablar de migraciones es hablar de fraternidad. Así se refleja en el mensaje escogido para la 107ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado que se celebrará en septiembre próximo: «Hacia un “nosotros” cada vez más grande», lema inspirado en el llamamiento a que «al final ya no estén “los otros”, sino solo un “nosotros”» (FT 35). La Iglesia sigue y seguirá recordando que las comunidades cristianas han de ofrecer ese testimonio de fraternidad y ciudadanía en la acogida, cuidado y promoción de los que llegan y «en la acción moral y política contra las causas de tanto sufrimiento». Es necesario comenzar desde abajo y de uno a uno, «pugnar por lo más concreto y local» (FT 78). Porque las migraciones son «un signo de los tiempos», un paso del Señor que juzga la historia, nos llama a la conversión y nos envía al anuncio del Evangelio del Reino.



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