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EDITORIAL ECCLESIA: El bien común ante la irresponsabilidad política

Esta crisis es también política, pero en su sentido más hondo (…). Estamos llamados a hacer política de organización del bien común poniendo sobre la mesa la realidad del momento, del paro, de niños y jóvenes, de nuestro sistema de salud. Una realidad que grite y se ponga delante de las ideologías, que se la escuche». Son palabras del secretario general de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, en abril de 2020. Mientras miles de personas perdían la vida a causa del coronavirus, la sociedad se encontraba confinada en su casa, con un estado de alarma que justificaba cualquier cambio legislativo en nuestro país, el obispo Argüello pedía a las distintas administraciones y a los partidos políticos hacer un esfuerzo por dialogar: «Que ese sacrificio que nos van a pedir a los ciudadanos lo hagan sacrificando su amor propio y sus intereses ideológicos para poner encima de la mesa un proyecto para el bien común».

Al cumplirse un año del estado de alarma, los españoles sentimos escalofríos al recordar lo vivido, como si de una pesadilla se tratara, cuando la mayor crisis de nuestra Historia reciente era gestionada (y es) por una clase política que solo se mira a sí misma. La ciudadanía ha perdido un año de vida, con heridas personales graves y sufrimientos por tantos que se han muerto solos. Y entre el ruido político que se vive, las UCIs siguen acogiendo a quienes luchan contra la covid. Los datos están sobre la mesa: han fallecido 100.000 personas por el coronavirus, hay cinco millones de parados, se ven colas en los comedores sociales y la gente necesita volver a tener esperanza.

Por eso, las estrategias políticas con las que España desayuna durante los últimos días son complejos mecanismos que poco ayudan a las preocupaciones de los ciudadanos y mucho desestabilizan al sistema que está organizado, supuestamente, para el servicio del pueblo. La clase política de cualquier signo necesita entrar en periodo de reflexión, y la Cuaresma es un buen momento para ello: para convertirse y renovarse. Porque los políticos tienen por vocación el servicio «y no el ser siervos de ambiciones individuales, de prepotencia de facciones o de centros de intereses». El Papa Francisco repite constantemente que «no es el momento de romper la unidad», unidad que está por encima del conflicto. Es cierto que «la lucha política es algo noble, pero si los políticos enfatizan el interés personal más que el interés común, arruinan las cosas».

¿Saldremos mejores o peores de esta crisis? El deseo de lo bueno y de la esperanza prevalece y muchos signos hay en la sociedad de la generosidad de las personas que se entregan cada día y dan lo mejor de sí mismas. Pero la realidad también refleja que otros muchos saldrán peores, que la radicalidad, el individualismo, la ambición y el egoísmo se instalan en nuestras calles.

La Iglesia, siempre mediadora de conflictos, pide la conversión de los políticos.

El Papa Francisco, al recibir en la Santa Sede al presidente Pedro Sánchez, el 24 de octubre, enviaba un mensaje al Parlamento indicando que la misión de los políticos es «una forma muy alta de la caridad y el amor» y asegurando que las ideologías «sectarizan y deconstruyen la patria, no construyen».

¿Acaso los políticos españoles olvidan la raíz de su vocación contemplando su rostro constantemente en un espejo? ¿O acaso usan para su provecho la crisis sociosanitaria del país para controlar a la ciudadanía según sus necesidades personales o partidistas?

Lo que en estos días contemplamos atónitos los ciudadanos es de una irresponsabilidad tal que la Iglesia solo puede suplicar una llamada a la concordia, al sentido común, a poner en el centro de la política los verdaderos problemas de los ciudadanos. Mientras desayunamos con la egolatría política, la vacunación con AstraZéneca se paraliza sin confirmar el problema real al que nos enfrentamos en este momento.

La Iglesia, siempre mediadora de conflictos, pide la conversión de los políticos, que sean capaces de volverse sobre sí mismos para descubrir que en algún lugar del camino han olvidado que no se trata de servirse sino de servir a los demás.



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