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EDITORIAL ECCLESIA: Concordia y fraternidad frente a crispación política

Los países occidentales asisten a una ruptura con la coherencia narrativa y el debate deliberativo, instalándose en la era del enfrentamiento de unos contra otros sin más argumentos que el puro choque. Para el analista francés Christian Salmon, los políticos pierden credibilidad tras haber abusado de la retórica y haber entrado en «una espiral de descrédito». Tenga o no razón el ensayista en sus valoraciones de diferentes personajes públicos, lo cierto es que la política española deja estas semanas capítulos deleznables que suponen un paso más en esa pérdida de credibilidad.

En muchos países, entre ellos, España, se usa el mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Se trata del enfrentamiento como estrategia, del todos contra todos; se trata de convertir la política en un espectáculo más, aumentando paulatinamente el grado de polarización ideológica y afectiva. La filósofa Adela Cortina denomina la política de este tiempo como «emotivista»: apela a emociones que están por debajo del razonamiento y asusta a la ciudadanía con mentiras.

El Papa Francisco describe en Fratelli tutti una realidad que muestra cómo «la política ya no es una discusión sana sobre proyectos a largo plazo para el desarrollo de todos y el bien común, sino solo recetas inmediatistas de marketing que encuentran en la destrucción del otro el recurso más eficaz. En este juego mezquino de las descalificaciones, el debate es manipulado hacia el estado permanente de cuestionamiento y confrontación».

Ante los insultos y las descalificaciones de unos y otros políticos, la Iglesia seguirá llamando a la concordia, a «la verdadera Política», la que sume a todas las partes y la que «trabaje para el bien común de toda la sociedad», la que busque el fortalecimiento y credibilidad de las instituciones en las que se asienta nuestro sistema democrático». El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Juan José Omella, recordaba el 19 de abril, en su discurso de apertura de la Asamblea Plenaria, que «la política existe para servir, y ahora está llamada a servir más que nunca, y a olvidarse de la consecución de intereses partidistas o de la imposición ideológica aprovechando la crisis humanitaria y social que padecemos». También en su discurso de la Plenaria anterior, el 16 de noviembre, el cardenal Omella denunciaba el espectáculo del enfrentamiento casi continuo de los líderes políticos: «Corremos el riesgo de dar pábulo a la desesperanza, de alimentar una mirada excesivamente negativa sobre nosotros como país, de hundir nuestra autoestima colectiva, de dejarnos vencer por el pesimismo, e incluso de caer en la depresión cultural, hasta el punto de creer que somos incapaces de superar esta crisis y vernos como una sociedad sin futuro».

Es necesario borrar la crispación, volver al sentido común, al diálogo sosegado, a la cordialidad, al debate sereno y profundo. Así, una vez más, la Iglesia pide a los líderes políticos que «encabecen la senda de unidad con propuestas concretas y con su testimonio de escucha, diálogo y acuerdo». La Iglesia quiere ser signo de reconciliación y comunión, y recuerda que la política es una altísima vocación, «una de las formas más preciosas de la caridad porque busca el bien común» (FT 180). Y esta grandeza se muestra cuando en los momentos difíciles se obra pensando en el bien común. Quienes ejercen la política como verdadera vocación de servicio son llamados a poner en práctica la mejor Política: la que, sin estar sometida a intereses materiales, cultiva la amistad social y busca efectivamente el bien de todas las personas, especialmente las más vulnerables» (Comunicado de los obispos de la provincia eclesiástica de Madrid, 2021).

La verdadera política es aquella que acompaña al pueblo, aquella que resuelve las necesidades de las personas garantizando la vida digna de todos. Es la que responde al auge del populismo con la fraternidad y construye un futuro desde abajo.



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