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Economía poscoronavirus. ¿Qué hemos aprendido?, por Fernando Bonete

Hay un ejercicio que utilizo constantemente con mis alumnos de la Universidad al final de cada lección. Da igual la asignatura, el tema o el contenido, que esté orientado a la teoría o la práctica, o que obtengan buenos o malos resultados. Nada cambia la pregunta. Siempre es la misma: ¿qué hemos aprendido?
Hago la pregunta, guardo silencio, y espero. Espero en silencio todo el tiempo que hace falta. La clase no continúa, y el temario no avanza, hasta que responden. Tengo fe en mis alumnos y confío en el proceso.
A veces se resisten, vale. Entonces hay que trabajar la respuesta en grupos primero, con toda la clase después… Dinámicas al margen, la actividad —nada innovadora, nada compleja— acaba cumpliendo con su propósito: convertir al alumno en un agente activo, que sea capaz de plantarse ante la realidad y poner en juego lo que conoce. No quiero zombis ni autómatas en mis clases; en caso de haberlos, es mi responsabilidad como profesor reanimarlos. Las preguntas son el mejor recurso: ¿qué significa lo que me han contado, qué conclusiones obtengo, cómo cambia esto mi manera de entender mi profesión o incluso mi vida?
Cuento todo esto, con la venia del lector interesado en leer sobre economía y no sobre mi experiencia docente, porque si para algo sirve la Universidad, y esas preguntas que nos despiertan, es para preparar los exámenes que hay fuera de las aulas, los de la vida, y justo ahora estamos inmersos en uno bien difícil: el problema económico en la etapa poscoronavirus.
Pues bien, mediante analogía planteo ahora los mismos interrogantes. ¿Qué hemos aprendido en estos dos meses de confinamiento acerca de la economía? Y sobre todo, ¿cómo cambia lo ocurrido nuestra manera de entenderla?

Necesitamos un nuevo principio económico

El principio central que rige el sistema económico actual es claro: el beneficio. Esto significa que la importancia de los países, de las empresas, de su actividad y de las personas que las forman se mide de acuerdo al dinero que poseen y reportan. El todopoderoso PIB y el balance de cuentas. Claro que estas mediciones no nos informan de la condición de libertad, igualdad y bienestar de los ciudadanos, de los trabajadores, de las familias.
En estos meses van a tener que adoptarse decisiones difíciles a todos los niveles de la escala económica. Un momento crucial para replantearse de una vez por todas qué queremos situar en el centro, en el núcleo de nuestro modelo de toma de decisiones, ¿el beneficio o la persona? Es el momento de sentar un nuevo principio económico, y su formulación es muy sencilla: las personas antes que el beneficio.

La adicción al crecimiento

Esta propuesta de cambio de paradigma siempre viene acompañada de una crítica, legítima si atendemos a la lógica de nuestros días: si renunciamos al beneficio como motor económico, renunciamos al crecimiento que nos es tan útil y del cual disfrutamos. Esta preocupación se sustenta —a veces de manera inconsciente— en la creencia de que para vivir bien, hay que vivir en constante e imparable crecimiento.
Pero, ¿no nos ha demostrado esta etapa de confinamiento que es posible vivir bien con menos concesiones y bienes materiales? A cambio, hemos ganado bienes relacionales, mucho más valiosos. Los primeros procuran un incremento de la utilidad, pero nunca de la felicidad. Para ser feliz hace falta ser al menos dos, y esto es algo que el dinero no puede comprar. Muchos han descubierto con sorpresa que al desconectar de la lógica del rendimiento reconectan con su familia y amigos, incluso en la distancia.

La necesidad de ser para otros

Esta etapa de desintoxicación a la adicción al crecimiento nos redescubre la dimensión relacional que da verdadero sentido a nuestro día a día: la reciprocidad, ser para otro.
Preservemos este espíritu, porque lo necesitaremos si queremos hacer frente a la cruda realidad: hay personas que lo han perdido todo, o están en riesgo de perder todo en esta crisis. Ni los instrumentos del Estado ni los del mercado serán capaces por sí solos de frenar las penurias a las que muchas familias se ven o se verán expuestas.
Para afrontar este reto urgente, necesitamos de una economía sustentada por la sociedad civil —civilizada, civilizadora—. Esto es, sustentada por todos y cada uno de los que formamos parte de esta sociedad, y no solo de unas pocas personas o instituciones designadas, que se convierten en excusa para no actuar y calmar nuestra conciencia.
En una verdadera sociedad hay un yo, hay un tú, y hay un nosotros, y no se admite anular el bien de nadie de la ecuación. Es una multiplicación, y como tal, para obtener un resultado positivo tras la operación, ni una sola de esas personas puede ser «igual a cero» o introducir un número negativo. De otra forma, el balance final es insatisfactorio.

Lo que hemos aprendido

De todo lo expuesto anteriormente, creo que nada es estrictamente nuevo. No descubro propuestas ni soluciones nuevas, dado que todas están contenidas en los textos fundamentales y la tradición de la Iglesia.
Tampoco planteo problemas nuevos surgidos con motivo del coronavirus. Esta crisis solo ha hecho que poner de relieve los problemas de fondo que ya venía arrastrando nuestra sociedad. El declive del paradigma económico actual —por lo demás, una representación de nuestro sistema de valores— era una preocupación acuciante en el mundo mucho antes del COVID-19.
Entonces, ¿qué hemos aprendido? Bueno, si el mundo está pidiendo a gritos de forma urgente un cambio. Si la Iglesia tiene las respuestas para lograrlo. ¿No es cierto que la Iglesia tiene una oportunidad única para liderar el cambio de paradigma económico en el mundo?
Ni el capitalismo, ni sus múltiples reformulaciones son capaces de dar esta respuesta. La demanda de verdadera humanidad que requiere una economía orientada al bien común, y la necesidad de que el beneficio deje de ser raíz y propósito de la economía para cederle su puesto central a la persona encuentran su razón de ser en el humanismo cristiano.
El Papa Francisco convocó, en mayo de 2019, muchos meses antes de que pudiera sospecharse una pandemia, el evento The Economy of Francesco. Un encuentro que habría de celebrarse la última semana de marzo de 2020 en Asís y que reuniría a Premios Nobel, expertos y jóvenes académicos y profesionales de todo el mundo para repensar la economía. El evento fue cancelado por el cierre de fronteras, pero su espíritu está ya en activo.
El llamamiento debe interpelarnos ahora, en este tiempo de grandes dificultades para tantos, a todos y cada uno de nosotros. La cooperación, y no la competencia; la gratuidad, y no el interés; la fraternidad, y no la utilidad, son las mejores medidas anticrisis que podemos instaurar.

Por Fernando Bonete
Doctor en Comunicación Social
Profesor de la CEU USP

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