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Ecología y contemplación, artículo de José-Román Flecha Andrés en “Diario de Léon” (21-7- 2012)

Tenemos la suerte de vivir en una casa muy hermosa, pero con frecuencia no estimamos suficientemente su belleza. Ya se sabe que la costumbre nos vuelve insensibles. Y que sólo valoramos lo que perdemos.

No hemos aprendido a contemplar la armonía de nuestra casa ni a descubrir gozosamente el encanto de cada uno de sus detalles. Es más, con demasiada frecuencia nos dedicamos a destrozarla.

Lo malo es que muchos de nuestros amigos y vecinos actúan como nosotros. Como en tantas otras ocasiones, también aquí el ejemplo es contagioso. A decir verdad, hemos establecido una especie de competición en esta carrera de desprestigio de nuestra propia casa.

Evidentemente, no se trata en este caso de nuestro pequeño hogar, sino de la casa cósmica. De la habitación natural del hombre, común a todos los vivientes. Se trata de esta naturaleza que nos cobija, nos sostiene y nos alimenta.

No olvidemos que en griego la  “casa” se llama “oikós”. De ahí proviene la palabra “ecología”. La “ecología” es el estudio de nuestra casa. El estudio de  la armonía de la naturaleza y de sus posibilidades de supervivencia.

Nuestra casa común ha sido maltratada y expoliada. Hemos establecido un criterio de utilidad que ya se revela como nefasto. Una economía proyectada a corto plazo nos lleva a despojar a la tierra de sus bienes.

Por eso, junto a la ecología hay que invocar a la “ecoética”, es decir a la responsabilidad humana en el uso de los frutos de la tierra. Se impone una mayor racionalidad y sobriedad a la hora de explotar los recursos del planeta, tanto los renovables como los no renovables.

La ecoética no está lejos de la justicia social. Las ofensas contra la tierra son siempre ofensas a sus habitantes. Es preciso tener en cuenta que el despojo de la naturaleza termina siempre por agravar la suerte de los más pobres.

El papa Benedicto XVI ha hablado de una responsabilidad intrageneracional y de una responsabilidad intergeneracional. Con eso se nos recuerda que cada una de nuestras decisiones repercute en todos los que hoy conviven en el planeta. Pero también tiene consecuencias decisivas para todos los que nos han de suceder.

Todavía hemos de dar un paso más. Para los cristianos, la ecoética puede fundamentarse en una especie de “ecomística”. El respeto a la naturaleza viene exigido por nuestra fe. Bien sabemos que la naturaleza, por sí misma, no puede aportarnos la salvación.

No hay salvación sin un Salvador. Creemos en un Dios creador del cielo y de la tierra. No podemos adorar a la naturaleza. Pero podemos y debemos ver en ella la obra de Dios. La creación nos remite al Creador.

Observar el ambiente con una mirada contemplativa no esconde, ni mucho menos, una tentación evasiva. Al contrario, ver en la naturaleza el don de Dios nos lleva a comprometernos en su custodia. Y a preservarla con amor para los que nos han de suceder en la tierra.

 

José-Román Flecha Andrés

 

 

 

 

 

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