Tiempo de caminar

Echar las redes en la Red

“¡Ay de mi si no tuiteara!” Bueno, es una reinterpretación un tanto libre de la famosa frase paulina. Pero me viene que ni pintada para comenzar este texto, en el que pretendo reivindicar la presencia de la Iglesia en el continente digital. Porque, efectivamente, si no tuitea, si no postea, si no interactúa en la Red, está faltando a su propia esencia: comunicar la Buena Noticia y llegar a todos los rincones. También a los rincones 2.0.

Este confinamiento forzoso nos lo ha demostrado. El hecho de que los informativos de Antena 3 explicaran que el tercer término más buscado en Internet durante Semana Santa fuera «Iglesia on line» es una prueba de ello. Las personas buscan esa cercanía con la Iglesia de la forma que sea; y si no es posible llevarla a cabo físicamente, las tecnologías de la comunicación nos facilitan ese contacto. Y tenemos que ser capaces de ofrecer una respuesta acorde a la demanda.

Sin embargo, todavía hoy hay muchas voces críticas contra el trabajo de quienes intentamos realizar una plena evangelización digital. Algunos me miran raro cuando les explico el tiempo que invierto en curación de contenidos, programación, planificación y respuesta a usuarios. Piensan, poco menos, que soy una friki, o incluso se atreven a insinuar que pierdo un tiempo precioso que podría estar dedicando a otros menesteres de la comunicación eclesial. Y les cuesta ver que esto es importante, que es fundamental. Llevamos siglos comunicándonos a través del papel, lo cual está muy bien, pero los tiempos han cambiado. Hay una cierta resistencia por parte de algunos sectores sobre todo lo que tiene que ver con Internet, fruto de una visión predominantemente negativa del mismo. Siento decirles que se equivocan.

Y se equivocan porque están olvidando que la propia Iglesia es comunicación en sí misma. Es transmisión de un mensaje, y éste debe hacerse llegar por los cauces oportunos para cada época histórica. En 1975 (fíjate de dónde viene la cosa), Pablo VI ya proponía como algo completamente necesario “utilizar, en la transmisión del mensaje evangélico, los medios modernos puestos a disposición por esta civilización». Por tanto, teniendo en cuenta que, 45 años después, las redes sociales se han convertido en un instrumento realmente eficaz para el encuentro con el otro y la apertura de un diálogo fructífero que conduce al entendimiento, ¿por qué desecharlas sin más?

No lo han hecho, afortunadamente, los últimos Papas, que han sabido integrar tradición con innovación de una forma admirable. Cuando en diciembre de 2012 Benedicto XVI envió el primer tuit de la nueva cuenta @Pontifex, además de abrir camino en la evangelización 2.0, no dudó en afirmar que la enseñanza de un versículo de la Biblia cabía perfectamente en 140 caracteres. Una sencillez de planteamiento totalmente efectiva, que se ha consolidado con el papado de Francisco, llegando a tener una de las cuentas más influyentes de Twitter. De hecho, la reforma emprendida por el Papa, creando la Secretaría para la Comunicación, ha rediseñado tanto el panorama de los medios de la Santa Sede, que ha puesto al mismo nivel a la histórica Radio Vaticana que a las nuevas tecnologías y la presencia papal en redes sociales. Un claro ejemplo de que, al menos desde Roma, se entiende su importante papel en la sociedad actual.

La Iglesia tiene que estar en las redes sociales porque es donde están los fieles. Estar en la Red y adecuarse a su lenguaje. Punto. No hay más justificación, no hay más debate. Ahora se trata de plantearse cómo llevar a cabo esta pastoral del mundo digital de forma que sea plenamente efectiva. Lo que se propone, simple y llanamente, es llevar el Evangelio a todas las personas que se encuentran en el vasto continente digital.

Como dice mi buen amigo Txomin, nos gusten más o menos las redes sociales, la realidad es que con ellas la Iglesia consigue llegar a gente a la que con nuestros “medios tradicionales” (llamémoslos así) jamás podríamos llegar. Entre otras cosas,  porque hace tiempo que dejamos de llegar a ellos. Los perdimos, los dejamos en el camino y no supimos cómo acercarnos a ellos. Verdaderos “alejados de la Iglesia”, en el sentido más literal de la palabra. Ahora podemos salir a su encuentro.

¿Y eso cómo se consigue? Personalmente creo que la clave está en entender las redes sociales en relación con el bien común, un verdadero nuevo espacio para la evangelización. Más que una plataforma donde subir noticias, donde ser rebotadores de las agendas de la web, las redes sociales deben servir a la Iglesia como punto de encuentro y contacto entre creyentes, y puerta abierta a los más alejados de la fe. Lugar de testimonios y predicar con el ejemplo de vida de cada tuitero, ‘facebookero’, ‘instagramer’ o ‘youtuber’.

Lo que de verdad importa es ese mensaje que se quiere transmitir, cómo implica al otro, que el receptor se sienta involucrado de alguna manera. Eso es crear comunidad. Y eso se consigue con tiempo, esfuerzo y apertura de miras. Estar dispuesto a dialogar. Yo no tengo problema ninguno en contestar aquellos mensajes que interrogan a través de las redes sobre cuestiones delicadas, aunque a veces derive en disquisiciones largas y tediosas. Mi única frontera es el insulto y la falta de respeto: ahí termino cualquier conversación. Mientras esto no llegue, el hecho de que estés contestando las inquietudes de fe de otra persona hace que ese usuario se sienta escuchado, se sienta cercano. Es lo que llamamos tender puentes, salir a los cruces de los caminos, allá donde éstos se encuentren.

No desaprovechemos la oportunidad: dejemos atrás los prejuicios, los “es que siempre se ha hecho así”, y comuniquemos. Tenemos que hacerlo. Es tiempo de echar las redes … en la Red.

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