Blog del director Creo en la Iglesia

Dos poemas escritos en el verano de 1978 por el obispo Alberto Iniesta sobre Albino Luciani/Juan Pablo I

(En la tarde del sábado 26 de agosto de 1978 el entonces cardenal Albino Luciani, patriarca de Venecia, era elegido Papa, en el segundo día de cónclave. Sucedía a Pablo VI, a Pablo VI y a Juan XXIII. Y sobre estos dos nombres y sus nombres y sus significados recientes –la sabiduría del corazón del segundo y la sabiduría de la inteligencia del primero- eligió su nombre papal, el primer nombre compuesto de la historia del pontificado romano.

El Papa Luciani, el Papa Juan Pablo I, fue el Papa efímero, el Papa sencillo, el Papa catequista, el Papa de la sonrisa. Con estas “armas” se llenó el corazón de la catolicidad en apenas treinta y tres días. Ahora evocamos su figura con dos poemas que entonces compuso monseñor Alberto Iniesta Jiménez, obispo auxiliar de Madrid. El primero lo escribió el 3 de septiembre, el día del comienzo oficial de su ministerio apostólico petrino; el segundo, el 29 de septiembre, tras su muerte repentina, que tanto nos entristeció a todos.)

CARTA A DIOS

Querido Padre: ¿Sabes lo que más me gustó

de la misa del Papa,

aparte de su cara de bueno?

Aquella fila de pantalones arrugados,

De faldas y mantones casi pueblerinos,

Aquellos hombres y mujeres de la familia

y del paisanaje

que parecían verdaderos representantes

del Pueblo de Dios,

es decir, de tu Pueblo.

O mejor, con minúsculas:

Del pueblo sencillo.

Cuando el Papa bajó a darles la comunión,

sentí que era el momento más parecido

a las escenas del Evangelio.

Siempre creeré que la Iglesia es más grande

en lo más pequeño.

Abrazos.

Tu hijo
 

JUAN PABLO I, LA SONRISA DEL AMEN

 

Querido Juan Pablo I:

 

Dicen que tu cadáver

quedó sonriendo.

Tu sonrisa ya es famosa

en el mundo entero.

¡Casi parece una frivolidad!

¡Casi recuerda todo aquello

del “star system” de Hollywood

o los libros de recetas infalibles

para triunfar en la vida

o en los negocios!

 

Pero no.

Tu sonrisa no era un cartel pegado

en una pared,

sino una flor viva

que venía de una raíz

bien profunda

y bien estable.

Muchos hombres sonreímos a ratos,

Pero tú eras sonriente.

 

Al saber que has muerto sonriendo,

he pensado que sonreías a todo,

en todos los momentos de la vida,

a solas y acompañado,

al dolor y a la luz,

a la vida y a la muerte.

Tú decías “amén” a todo con tu sonrisa.

Por eso, me figuro

que ante la hermana muerte

ofreciste tu mejor sonrisa,

diste tu “amen”total.

 

Ahora estás en el “amén” eterno,

en la sonrisa permanente,

como ensayaste aquí en la tierra.

 

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