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Rincón Litúrgico

Dos amores

«Escucha Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas». Como sabemos, estas palabras del Deuteronomio constituyen la oración básica de todo israelita. El mandamiento brota de una confesión de fe. Solo Dios es dios. (Dt 6, 2-6).

A esa declaración creyente de la majestad del Dios único, solo cabe responder con un corazón humilde y con una firme promesa de amor. Eso es lo que recitamos en el salmo responsorial: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador» (Sal 17).

Por otra parte, la segunda lectura de la misa de hoy sigue ofreciéndonos las enseñanzas de la carta a los Hebreos sobre el sacerdocio de Jesucristo. Él es el sacerdote que no pasa. «Puede salvar definitivmente a los que por medio de él se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder en su favor» (Heb 7, 25).

LA SEÑAL DE IDENTIDAD

El evangelio nos refiere que un escriba se preguntaba si habría una jerarquía entre los mandamientos que recogía y proclamaba la Ley de Moisés. Así que se acercó a Jesús para preguntarle cuál era el primero de todos ellos (Mc 12, 28-34).

– Según Jesús, el mandamiento primero estaba recogido en el Deuteronomio. En él se ordena amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas. Es importante también hoy. A todos nos distraen las mil voces que reclaman nuestra atención.  Pero solo el amor a Dios puede ser una respuesta digna al amor que él nos ha manifestado.

– Inmeditamente, Jesús mencionó al escriba un segundo mandamiento, que se encontraba en el libro del Levítico (Lev 19, 18): «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esa es la regla de oro de todas las culturas. También Jesús aludió a ella. Pero en el discurso de la última cena Jesús cambió el punto de referencia: “Amaos unos a otros como yo os he amado”.

Esa es la verdadera señal de identidad de la moralidad cristiana. La medida para el amor a los demás no puede ser dictada por la publicidad. Amar a los demás no responde tan solo a nuestro deseo de ser amados. El motivo último del amor al prójimo es el amor que Jesús nos demostró en su entrega por nosotros.

NORMAS Y PROTOCOLOS

Ahora bien, el texto evangélico dice que el escriba aceptó y ratificó la respuesta de Jesús. Y nos transmite la  observación final que le dirige el Maestro.

  • «El Señor es uno solo y no hay otro fuera de él». No puede haber dos dioses que atraigan la atención y la adoración de la persona. Solo Dios es dios. Y solo él puede y debe ser amado sobre todas las cosas y con todas las fuerzas. El amor al único Dios nos libera de la obsesión por las cosas y de la esclavitud a los hombres, a las ideologías y a las estructuras.
  • «Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo vale más que todos los sacrificios». En Israel tenían mucha importacia los sacrificios. Los profetas decían que la misericordia valía mucho más. En el mundo de hoy lo políticamete correcto impone actitudes y posturas. Pero lo que vale de verdad es el amor a los pobres, a los desvalidos y a los ignorados por la sociedad.
  • «Tú no estás lejos del Reino de Dios». Es una tentación pretender amar a Dios ignorando al prójimo. Y es otra tentación pretender amar y liberar al prójimo, olvidando a Dios, que es la fuente del amor. Según la última advertencia de Jesús, el reino de Dios está cerca de los que han logrado unir el amor a los demás con el amor a Dios.Señor Jesús, también nuestra sociedad multiplica las normas y los protocolos y no solo en tiempos de pandemia. Seguramente todo eso es necesario. Pero no podemos perder lo fundamental. Enséñanos a amar a Dios con toda nuestra vida y amar a todos nuestros hermanos con el amor con que tú nos amas. Amén.

 



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