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Opinión

¿Dónde morarán los pobres?, por Roberto Esteban Duque

¿Dónde morarán los pobres?, por Roberto Esteban Duque

El tercer domingo de octubre es el día del Domund, la memoria de la necesidad del anuncio íntegro de Jesucristo, Redentor del hombre, así como de la promoción de una cultura cristiana, a través de un gradual proceso de conversión y de la asunción de una fe vivida en una caridad auténtica. Así reza el lema de este año: la Misión es el resultado de una fe vivida en la caridad. La convocatoria del Año de la Fe pretende dar impulso a la misión de toda la Iglesia de conducir a los hombres hacia Cristo y recordar que el problema del catolicismo español es el de la trasmisión de la fe.

 La tarea fundamental a la que la Iglesia envía a sus discípulos es el anuncio de la Buena Nueva, es decir, la evangelización. Por eso, la vocación propia de la Iglesia es el anuncio de la persona de Jesucristo. Para Pablo VI, la Iglesia existe para evangelizar. En la exhortación Evangelii nuntiandi, el Papa dirá que no hay evangelización verdadera mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios. Juan Pablo II dirá lo mismo: evangelizar quiere decir proclamar la Buena Nueva de la salvación, anunciar a Jesucristo, que es el Evangelio de Dios. La evangelización viene exigida por un cambio cultural profundo donde se pierde el arraigo de la fe.

La Iglesia es por naturaleza misionera, está llamada a anunciar el Evangelio, a transmitir la fe a cada hombre y mujer, a cada cultura. La Iglesia es misionera porque, como señala Lumen gentium, toma su origen de la misión del Espíritu Santo, según el propósito de Dios Padre. No hay que olvidar esto: la fuente de la Misión es Dios. La Misión es don de Dios, el don de Dios que nos precede. La Misión exige antes que nada contemplación y disposición para sumergirnos en el proyecto de Dios. Y porque el protagonista de la Misión es Dios, el misionero debe ser un enamorado de Dios, un hombre capaz de discernir las huellas de Dios en otras culturas desde la sensibilidad para contemplar el rostro de Dios.

El cardenal Ratzinger decía que la evangelización no es el intento de conseguir la restauración católica, el sueño del predominio de la fe y el pensamiento católico en la sociedad, sino la fuerza de la esperanza del mensaje de Jesús. La Iglesia tiene la exigencia del anuncio cristiano, de anunciar el Evangelio, respetando la libertad, es decir, sabiendo -como sostendrá Benedicto XVI- que el reconocimiento de la verdad tiene su propio ritmo en cada persona, que a la plenitud de la verdad se llega de un modo lento, paso a paso. El Evangelio es la renovación del mundo con la fuerza del amor de Jesús de Nazaret. El Evangelio es Jesús mismo. Evangelizar es dar a conocer a Jesús a la gente, entrar en comunión con él. El contenido central de la “nueva evangelización” (concepto acuñado en Haití por Juan Pablo II), es Jesucristo como Hijo de Dios, la imago Dei, la imagen del Dios viviente.

El objetivo de la evangelización es la conversión. Si hay crisis de fe significa que hay que evangelizar para convertirse, para creer. La verdadera reforma de la Iglesia siempre será una reforma irrealizada para quienes buscan proyectos o programas de acción personal o partidista, para los activistas que pierden de vista el Misterio y anteponen su actividad a todo lo demás, sin poder liberarse del propio positivismo y pragmatismo.

Será mediante su conducta y su vida como la Iglesia evangelizará el mundo, mediante un testimonio vivo de santidad. Es la santidad, el fervor, el amor de Dios y del prójimo, la vida de oración y sacramental lo que puede hacernos evangelizadores. Lo decisivo es el afán de santidad, sabiendo que el resultado proviene sobre todo de la unión con Cristo y de la acción de su Espíritu. Sin la conversión de los que anuncian el Evangelio no habrá evangelización posible. Lo importante y decisivo es la conversión de los corazones al Dios de la salvación.

La Evangelización tiene un primer objetivo fundamental: la conversión del corazón, el reconocimiento de la primacía de Dios y la liberación de las idolatrías del mundo, el juicio de una vida santa en unión con Cristo. El anuncio del Evangelio tiene que provocar en los creyentes el deseo de conversión, un juicio sobre una vida anterior sometida al mundo y alejada de Dios, para sucederse después la programación de una vida nueva centrada en el amor de Dios y el cumplimiento de su voluntad.

Y unida a la fe, la caridad. Entre las causas del debilitamiento de la Misión de Cristo y del descenso del interés misionero se encuentra la ausencia de testimonio cristiano, la obscena separación entre fe y cultura. La enorme crisis económica deja familias destrozadas, que encarnan la “cultura del descarte”, en palabras del Papa Francisco. Todos los que ofrecen pérdidas al Estado son descartables, excluidos, marginados. La Iglesia no puede volver la espalda a esta situación, a las otras “orillas” de la Iglesia que se encuentran en nuestro propio país. Cuando la Iglesia desempeña esta tarea busca esencialmente extender los frutos de la redención hasta los límites últimos de la Creación.

¿Dónde morarán los pobres cuando miles de niños mueren de hambre y de sed cada día, cuando cada año entran en el mundo de la pobreza 35 millones de personas, que al año siguiente pasan a la extrema pobreza y después mueren de hambre? La Iglesia latinoamericana, en su última Conferencia celebrada en Aparecida dice textualmente: “La Iglesia es la morada de los pueblos hermanos y la casa de los pobres”. Los pobres, por tanto, habitarán en la Iglesia porque la Iglesia es su casa.

Pero no basta que la Iglesia sea la casa, es necesario que la casa se convierta en Iglesia, exponerse en el encuentro con el pobre, porque allí está Cristo. Lejos de quedarnos en la orilla habrá que “remar mar adentro”, abandonar la seguridad de la orilla, como hicieron  Abraham y María, para quienes la fe no era seguridad ni comodidad sino un “ponerse en camino”. Hay que salir fuera, hacia la periferia, para la confrontación con aguas profundas donde el peligro y la tempestad están garantizados pero también está asegurada la presencia de Jesús.

Conviene caminar desnudos, sin demasiados asideros; desde la belleza de la fragilidad del bien, sin demasiados poderes humanos, sino con el poder mismo de Dios, como lo hizo el mismo Jesús, como lo hizo también san Pablo, mostrando la manera de actuar del misionero: “me presenté ante vosotros débil, tímido y tembloroso, apoyando mi palabra y mi predicación no en los persuasivos discursos de sabiduría, sino en la demostración del Espíritu y de su poder”.

Roberto Esteban Duque

Sacerdote y teólogo

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