Coronavirus

¿Dónde está Dios?, por Juan Carlos Elizalde

Ante esta pandemia del coronavirus, que amenaza la vida de millones de personas y que nos toca aquí, en nuestras ciudades y entornos, nos sale una pregunta muy humana: ¿Dónde está Dios? ¿Cómo puede Él permitir esto? Y Dios, ¿qué? Cuando se trata de guerras entre países y atrocidades humanas, Dios queda más exculpado porque entendemos que el mal uso de nuestra libertad es el causante de estos males. Por lo tanto, nuestra libertad, mal ejercida, es la causa del mal moral. ¿Y la causa del mal físico? Los filósofos concuerdan que es la limitación.
Esta realidad nuestra es limitada: el agua maravillosa que nos da la vida, también nos puede ahogar. Normalmente nos encontramos ante el mal mixto, una mezcla donde se aúnan los efectos del mal físico y del mal moral. Las grandes catástrofes de la naturaleza normalmente afectan más a los más pobres porque tienen menos recursos y viven en unas estructuras marginales, producto de la injusticia social reinante en todo el mundo. Dedicar más presupuesto a la carrera armamentística que a la investigación o que corrupciones millonarias de grandes mandatarios bloqueen partidas de educación y sanidad, tiene resultados nefastos para las personas más vulnerables. Por limitada, esta creación necesita de nosotros en la lucha contra el mal.
La respuesta de Dios al mal es su Hijo. Jesús de Nazareth ha asumido el mal. Lo ha cargado sobre Él, ha tocado las raíces del dolor humano y por eso acompaña desde dentro a toda la humanidad. Paul Claudel, el poeta francés, lo dice muy bien: «Jesús no ha venido a quitar o a explicar el dolor humano sino a llenarlo de su dulce presencia».
Sería injusta la creación si Dios se hubiera librado de las consecuencias negativas de la misma. Pero no; Dios se ha hecho hombre. Ha asumido personalmente el mal del mundo. Dios no ha querido desentenderse de este mundo nuestro. Dios se ha zambullido de lleno en el mundo en Jesús de Nazareth. En Él comparte nuestra suerte. En su Encarnación ha asumido esta humanidad nuestra en su forma más vulnerable y con todas sus consecuencias. Y en el dolor y en la muerte no se ha ahorrado, no ha dejado de amar y se ha dado hasta el extremo y libremente. Su resurrección garantiza la victoria del bien y del amor sobre el mal y el pecado. Esa ha sido efectivamente la respuesta de Dios en su Hijo Jesús. Y esa respuesta suya pide una respuesta nuestra en nuestra vida. Un Dios que trabaja hasta la extenuación busca colaboradores que le ayuden en su lucha contra el mal. Dios quiere luchar contra el mal a través de nosotros. Dios hace todo lo que puede hacer sin suprimir nuestra dignidad, sin anular al hombre, porque se toma en serio nuestra libertad.
Hay actos y compromisos en este sentido: investigando sobre la vacuna contra el coronavirus, luchando contra la enfermedad como lo hacen los heroicos sanitarios, o colaborando con las medidas de salud pública es como estamos siendo Providencia de Dios. Por supuesto que Dios no quiere el mal. Lo tendrá que permitir porque es una consecuencia inevitable de la realidad. Dios tuvo que considerar que a pesar de todo, el mundo sí valía la pena. Si esta pandemia, si todas las enfermedades y todos los conflictos e infiernos de la humanidad son inherentes al hecho de existir, tiene que merecer mucho la pena todo lo humano, tiene que ser una maravilla de un valor increíble la persona. Si en la suerte de existir entra inevitablemente todo esto, tiene que ser impresionante la dignidad humana, el amor y la vida que ha tenido que asumir tal precio. ¡Como para desaprovechar la existencia! Y más si es puerta a la Vida Eterna, la felicidad para siempre con el Señor y con los hermanos.
También nuestra colaboración con la Providencia de Dios en la lucha contra el coronavirus tiene trascendencia de eternidad. Reconocer a Cristo crucificado en los crucificados de la tierra, en los inmigrantes y refugiados de Lesbos que viven la pandemia en circunstancias terribles, es tocar ya parte del consuelo de su Resurrección.
Dios ha pronunciado una Palabra, el Verbo de la Vida, Jesús, y en Él nos lo ha dicho todo. Colaboremos con este Dios que trabaja, con este Dios de Jesus. Ahí tenemos que estar todos los cristianos como podamos y más en estos momentos desde nuestras casas, rezando, animando a nuestros familiares, vecinos, conciudadanos e impulsando a través de las nuevas tecnologías la creatividad para vivir la Cuaresma de la mejor manera posible. Con ellas, acortamos distancias.
Que estos días sean fecundos porque sabemos que Dios está con nosotros, porque a través de nosotros Él actúa convirtiéndonos ya en su Providencia. Mi bendición para todos y nos seguimos encomendando.

+ Juan Carlos Elizalde
Obispo de Vitoria

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