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Don Marcelo. Sentimientos desde un corazón agradecido, por Ángel Fernández Collado

Al recordar mentalmente la persona del cardenal y arzobispo de Toledo, don Marcelo González Martín, a quién conocí providencialmente de joven seminarista en el Seminario de Toledo y que fue marcando mi vida sacerdotal con sus decisiones pastorales, los sentimientos de afecto, admiración y agradecimiento surgen espontáneamente desde lo más profundo de mi corazón. Era una persona de gran corazón, entrañable en el trato cercano, a la vez que brusca cuando algún tema no se realizaba como él quería o no se ajustaba a su comprensión del mismo. Con todo, percibí en él a una gran personalidad de la Iglesia, un gran Cardenal, un gran Arzobispo Primado, un gran Orador, un Padre en el trato cercano, un Pastor para los fieles de su archidiócesis a los que visitó, escuchó y alentó una y mil veces en múltiples presencias, un Maestro de la doctrina católica y de su transmisión, un Testigo del amor de Dios a su Iglesia, el revitalizador del Rito Hispano-Mozárabe, y un impulsor incansable del Concilio Vaticano II.

         Desde los primeros encuentros con él en el Seminario, en la Catedral y en celebraciones litúrgicas y académicas, quedé sorprendido gratamente de su personalidad, mantenida con fortaleza y apoyo en la presencia de Dios y en la tarea que se le encomendaba en Toledo, a pesar, según nos contaban, de los sufrimientos por los que había tenido que pasar antes de llegar a Toledo; de la claridad de sus objetivos pastorales, de su firme decisión de reformar, según los criterios conciliares, aquellas instituciones que habían quedado anquilosadas en un pasado sin vida pastoral ni espiritual, entre ellas el Seminario; y de su capacidad de escucha, llamándonos enseguida a todos a hablar con él, mayores y jóvenes seminaristas, y a entregarle por escrito lo que pensábamos sobre el Seminario.

         Cuando don Marcelo llegó a Toledo, el Seminario contaba con 17 alumnos y un ambiente desconcertante, al menos para mi, supongo que por mi juventud y por los criterios recibidos y asentados para ser un buen sacerdote el día de mañana; algunos seminaristas vivían en dos comunidades o pisos en la ciudad con el acompañamiento de un formador. Al año siguiente en mi curso quedamos solamente dos, de los 120 que habíamos comenzado en los Seminarios Menores de Talavera y de Toledo. De otros cursos quedan uno, de otros dos, …etc. Alguno marchó a otro Seminario y regresó para ordenarse en Toledo. Pronto vendrían cinco seminaristas que reforzaron nuestro curso, un portorriqueño y cuatro mejicanos. La experiencia, con sus limitaciones, fue muy positiva.

         Tengo muy presente mi primer encuentro con don Marcelo en su despacho, inolvidable. Yo, muy joven y nervioso, llevaba por escrito lo que pensaba que debía ser un Seminario. Me escuchó atentamente, me pidió que le aclarase algún detalle y terminó con estas palabras: Eso mismo es lo que yo pienso que  debe ser un Seminario. Yo estaba gozoso y me decía a mí mismo, el Sr. Arzobispo piensa como yo, para pensar enseguida, corrigiéndome interiormente: esto es fenomenal  pues sintonizo con el pensar de mi Arzobispo sobre la vida y la misión del Seminario. Poco tiempo después publicaba su Pastoral “Un Seminario nuevo y libre”, expresión de su pensamiento respecto al Seminario y su misión en la Iglesia. Y comenzaron a llegar muchos seminaristas, unos diocesanos y otros de diversas instituciones y lugares. Posteriormente, siendo ya sacerdote, pude hablar a solas con don Marcelo en muchas ocasiones, siempre que lo solicitaba, él me escuchaba y luego hablaba. La mayoría de las veces agradecía y valoraba el encuentro y mi sinceridad, en otras fruncía el ceño, porque mi percepción de los comportamientos de algunas personas o instituciones diocesanas no coincidían con los suyos. Siempre hubo respeto y obediencia, corrección paternal, disponibilidad y aprecio mutuo. Entre los muchísimos frutos que ha aportado hasta ahora el  Seminario de Toledo, por él transformado, hay que destacar los 19 sacerdotes formados en él o relacionados estrechamente con él, como profesores o formadores, que han sido nombrados obispos.

         Después de algunos años como vicario parroquial en dos parroquias de la ciudad, tiempo de aprendizaje, de entrega juvenil y de muchas alegrías, don Marcelo me llamó y, como un padre bueno que quiere entregarte algo ilusionaste a su hijo, con una sonrisa amplísima me dijo: el próximo curso irás a Roma a estudiar Historia de la Iglesia y Archivística. Ante mi asombro y un breve comentario, indicando que me gustaba más la Sagrada Escritura y la Teología, me dijo: Te necesito como profesor de Historia en el Seminario y como archivero. Ante tal necesidad, respondí como en otras ocasiones: si Vd. y la Iglesia me necesitan, aquí estoy y que se cumpla la voluntad del Señor. En ese momento, aunque lo pensé después, nació mi “vocación” de profesor y archivero. Desde este ministerio pastoral inesperado, unido a otros muchos encargos y servicios en la diócesis, he sido feliz y he servido a la Iglesia lo mejor que he sabido.

         Durante el tiempo de estudio en la P. Universidad Gregoriana, tanto para don Juan Pedro como para mi, la presencia de don Marcelo en Roma era siempre un acontecimiento inolvidable, pues siempre nos llevaba a ver al Papa, san Juan Pablo II. Cuanto gozaba él presentándonos y nosotros contemplándoles a los dos. Su rostro resplandecía de alegría. Y, a la vez, las palabras del Santo Padre, siempre claras y llenas de ánimo se quedaban clavadas en nuestro corazón.

         Entre las convicciones y sentimientos más profundos que percibí y aprendí de Don Marcelo están su amor a la Iglesia, a la Madre Iglesia como él la llamaba, y su entrega y preocupación pastoral por los sacerdotes y seminaristas, y por el Seminario. Este pensamiento lo vi reflejado después en la Exhortación Apostólica “Pastores dabo vobis” de san Juan Pablo II:“La vida y el ministerio del sacerdote son continuación de la vida y de la acción del mismo Cristo. Esta es nuestra identidad, nuestra verdadera dignidad, la fuente de nuestra alegría, la certeza de nuestra vida” (PDV 18).

         Respecto a su amor a la Iglesia, así reflexionaba don Marcelo en la VIII Semana de Teología Espiritual (1982), en Toledo: “Amamos a esta Madre Santa por el Misterio que nos comunica en su doctrina y en su Liturgia, por el perdón que nos garantiza, por los hogares cristianos que suscita y sostiene, por el ministerio de los sacerdotes (su sagrada potestad de ofrecer el sacrificio, de perdonar los pecados, de predicar la palabra de Cristo), por los religiosos, a través de los cuales la Iglesia contempla, anuncia el Reino de Dios, atiende a los enfermos, educa a los niños, cuida de los ancianos.

         Amamos a esta Madre Santa por los deseos y esperanzas que fomenta, por los errores que desenmascara, por las oscuridades que disipa, porque enciende el celo en nuestros corazones y nos sostiene en nuestras dudas, porque defiende al hombre y a la dignidad humana, porque proclama la esencia del amor y sus exigencias naturales con relación a una vida verdaderamente digna y humana. La defensa que la Iglesia hace de la vida y del amor, en la relación interpersonal que constituye el matrimonio, suscita optimismo y esperanza en medio del egoísmo siempre viejo y decadente. La Iglesia aboga por la vida y el amor, porque tiene fe y esperanza en el hombre redimido por Cristo”.

         Sigo recordando con gratitud y agradecimiento a don Marcelo por todo lo que en él y a través de él he recibido como sacerdote, sigo rezando por él, y pido al Señor de la Vida y a su Madre, Santa María, que me ayuden a amar y servir a la Iglesia como él supo hacerlo, con entrega absoluta, con amor de hijo y con fidelidad.

+ Ángel Fernández Collado
Obispo de Albacete.

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