María Martínez y Juan Pablo Trenor están con sus hijos como misioneros en Arusha (Tanzania).
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Domund 2020: Más virtual, y real, que nunca

El Domund que la Iglesia celebra este 18 de octubre no es «normal». Mejor dicho, normal sí es, lo que ocurre es que no es como el de otros años. Y la culpa la tiene, obviamente, la pandemia que sufrimos, que lo condiciona todo. El Domund de este año es más virtual que presencial. Pero, por eso mismo, tal vez sea también más «real», en el sentido de que el Espíritu que acompaña siempre a los misioneros está más presente que nunca este año.

El reto en esta ocasión es mayúsculo. Por un lado, la colecta va a estar lastrada por la escasez de fieles en las celebraciones, lo que inevitablemente va a condicionar la recaudación; y por otro, el coronavirus ha hecho que las necesidades y los desafíos en los 1.115 territorios de misión que hay en el mundo estén siendo mayores que nunca. «Que la covid no frene tu donativo», «que tu donativo no se quede en casa», nos piden expresamente las Obras Misionales Pontificias (OMP), organizadora de la jornada a través de su Obra de Propagación de la Fe. Más que nunca —se nos recuerda— este año se debe colaborar a través de otros medios: por teléfono (91 590 00 41), por transferencia (a la cuenta ES32 0049 5117 2821 1009 4950, poniendo como destinatario a las Obras Misionales Pontificias), por la web (en www.domund.es, a través de la tarjeta de crédito o Paypal) o por bizum (00500).

Alguien quizá pueda pensar que, con la que está cayendo, con otra gravísima crisis asomando ya por el horizonte, tal vez no sea este el mejor momento para pensar en misioneros ni en tierras lejanas. Se lo planteamos al sacerdote José María Calderón, director nacional de OMP. «¿Que por qué tenemos que colaborar con el Domund aun en medio de nuestra terrible situación?», repite incrédulo, como si la pregunta no cupiese en sus planteamientos. «Pues es evidente. Porque no podemos centrarnos solamente en nosotros mismos, porque —y en esto hay que cambiar el chip clarísimamente— la Iglesia es “mi Iglesia”. Colaborar es sentir mi responsabilidad con la Iglesia. Y la Iglesia no es solamente mi casa, mi parroquia o mi diócesis: es la Iglesia de Jesucristo, la familia de los hijos de Dios. (…) No nos podemos encerrar en nosotros mismos. (…) A lo mejor no puedo aportar lo que aportaba hace diez años, pero yo no puedo renunciar a pensar que hay hermanos míos que necesitan conocer a Cristo, y que hay misioneros que están trabajando para sacar adelante la Iglesia en aquellos lugares. E Iglesia quiere decir comunidades cristianas, personas mayores, niños que van a una escuela, orfanatos, hospitales… Esa es la misión, esta es la labor que hace la Iglesia en esos territorios. (…) Somos Iglesia. Yo no hago un acto de caridad cuando intento que Cristo sea conocido. Lo que hago es sentirme familia con mis hermanos que están allí».

España, como es sabido, es una auténtica potencia mundial en lo que atañe a la misión. En su base de datos, OMP tiene registrados a 10.893 misioneros: 7.792 en sus respectivos destinos, y 3.101 aquí, colaborando con la animación en las distintas delegaciones diocesanas o preparados para partir otra vez hacia nuevas metas. Los evangelizadores españoles están en 135 países, ocupando Perú el primer puesto entre los países de recepción, con 727 presencias. España es, asimismo, la segunda nación del mundo que más dinero aporta al Domund, solo superada por Estados Unidos. El año pasado contribuyó a la hucha común de la jornada con 10,5 millones de euros, el 13,5% del total.

«La misión es un regalo»

«Aquí estoy, envíame» es el lema del Domund de este año. A la llamada de la misión respondieron afirmativamente en su día los seis misioneros que protagonizan la campaña que ahora comienza. ¿Sus nombres? Antonio López, Hermano Corazonista, evangelizador en Vanuatu (Oceanía); Alfonso Tapia, sacerdote diocesano, misionero en el vicariato de San Ramón, en la selva peruana; Rosario García, religiosa Esclava del Sagrado Corazón de Jesús y doctora en el hospital que su congregación tiene en la selva en Yaundé (Camerún); Pablo Seco, sacerdote de la diócesis de Alcalá de Henares, misionero en Wakayama, archidiócesis de Osaka (Japón); y el matrimonio compuesto por Juan Pablo Trenor y María Martínez, del Camino Neocatecumenal, quienes ejercen la misión en una parroquia de Arusha (Tanzania). ECCLESIA ha conversado con estos tres últimos.

«¿Que qué es para mí la misión? En mi caso, la misión es un regalo». María Martínez no se lo piensa dos veces a la hora de responder. Y se emociona al recordar los seis años que lleva ya en Arusha (Tanzania) junto a su marido Juan Pablo y sus cinco hijos, y todo lo que han vivido allí en este tiempo. «Aquí hemos aprendido a vivir abandonados, experimentando cómo el Señor te regala cada día lo que necesitas para vivir. Y esto únicamente se puede experimentar si no tienes dinero, si no tienes una cuenta y un colchón detrás. (…) La misión te muestra también tu debilidad, todo lo que tú no puedes hacer y todo lo que hace Dios a través de ti. Dios hace cosas maravillosas a través de la familia».
María, de 36 años, y Juan Pablo, de 40, pertenecen al Camino Neocatecumenal. Fisioterapeuta ella, publicista él, los Trenor-Martínez son una familia misionera, entregada a la causa. «Una Iglesia sin misioneros que anuncien el Evangelio es una Iglesia que languidece, que se va muriendo poco a poco», dice Juan Pablo para explicar el paso que decidieron dar hace ya unos cuantos años.

A la misión fueron enviados por el Papa Francisco y por su parroquia. Pero su destino, Tanzania, salió de un sorteo en una convivencia, cuyo resultado ellos acogieron encantados, pues «llevábamos en el corazón el ir a África». Cuando aterrizaron en Arusha, Loreto, la cuarta de los hijos, tenía únicamente dos meses. Allí vino al mundo ya el quinto retoño, otra niña llamada Isabel, y allí va a nacer también, si Dios quiere, el sexto, el próximo mes de febrero, pues María está nuevamente embarazada. «Isabel nació ya en nuestra actual casa. A la hora de dar a luz vino a ayudarnos una partera, y yo me sentí muy acompañada de la Virgen. Fue maravilloso», rememora la feliz madre.

En su caso y en el de Juan Pablo, la misión no es fácil y supone muchos sacrificios. Empezando por los de dejar atrás familia, amigos y una vida llena de seguridades. La pareja tiene sus respectivas profesiones, pero en Tanzania no las pueden desempeñar sin incumplir la ley, pues los extranjeros necesitan para trabajar «unos permisos específicos que cuestan muchísimo dinero», y ellos tienen estatuto de misioneros. En seis años, con ese permiso laboral para extranjeros Juan Pablo solo ha trabajado año y medio en una empresa de safaris. María ha hecho labores de fisio para amigos y conocidos, pero sin cobrar. Para vivir, y dado que Juan Pablo es aficionado a la ilustración, han preparado algunos libros infantiles —el último sobre las obras de misericordia para la catequesis de niños— que venden en España, lo que les ha permitido ir pagando los colegios de los niños y poder afrontar otros gastos.

Pero, ¿qué hace exactamente una familia misionera? ¿Cuál es, en concreto, su labor? Responde María: «Lo primero que hacemos es dar testimonio de familia cristiana. Las familias como la nuestra normalmente somos enviadas a sitios donde hay muchas familias desestructuradas —madres solteras, mujeres abandonadas, etc.— y nuestra primera misión es hacer presente las figuras del padre y de la madre, el respeto que hay que profesarse, el cuidado de los hijos… Nuestro segundo cometido es ayudar al párroco, en nuestro caso a comenzar una comunidad neocatecumenal. Ahora mismo colaboramos en la catequización de adultos: hacemos dos cursos al año, son para mayores de 14 años y duran unos dos meses. Otra parte de nuestra misión, muy importante también, es la de la acogida. La nuestra es una casa de acogida para seminaristas, curas y el personal itinerante que se mueve entre Kenia y Tanzania. Acogida para ellos, pero no solo para ellos, también para la gente del barrio: hemos tenido con nosotros un tiempo a una familia de la montaña con muchos hijos a la espera de que la madre diera nuevamente a luz, a una familia enferma de sida a la que se le inundó su casa, a voluntarios que han venido desde España… Y, por último, en nuestra misión hacemos también acompañamiento a los jóvenes que sienten la llamada al sacerdocio y quieren ir al seminario, chavales de 16 años en adelante a los que ayudamos en su discernimiento».

Juan Pablo y María viven en un barrio humilde de Arusha, y aunque su casa es de cemento, la mayoría de sus vecinos residen en viviendas de barro o de madera. Allí, en medio de una amalgama de religiones —musulmanes, hindúes, católicos, evangélicos, baptistas— y de culturas, sus hijos aprenden que todas las personas tienen una dignidad y un valor en tanto que hijos de Dios, aunque no tengan nada en absoluto, sufran maltrato o vayan descalzos. «Están viendo a niños abandonados, a mujeres maltratadas, pobreza, pero también muchísimo cariño por parte de la gente; están viendo a niños que, pese a que carecen de todo, tienen un grado de satisfacción que no vemos en España; están viendo que Dios actúa a través de las cosas que nos pasan en el día a día… Y lo ven en las obras de misericordia; por ejemplo, al ver que nosotros también hemos pasado temporadas sin tener dinero y ha venido gente pobre a traernos comida…», dice María, que señala que, gracias a Dios, «nos hemos podido quitar de encima toda la parte del consumismo que hay en Europa, lo cual se agradece bastante, la verdad».

¿Tiene fecha de caducidad su compromiso con la misión?, le planteamos. «No tenemos fecha de vuelta. Vinimos sin saber cuánto tiempo estaríamos. Estamos contentos, y de momento vemos que Dios nos sigue queriendo aquí», responde. Y añade: «Hay momentos muy duros de soledad, pero todo esto tiene un sentido: Dios se está queriendo encontrar con nosotros de una forma muy fuerte en la misión. Dios está haciendo con nosotros una historia de amor impresionante. Solo podemos estar agradecidos».

«Sin el ánimo del Señor ya me habría ido»

De África, a Japón. Allí, en Wakayama, archidiócesis de Osaka, nos espera Pablo Seco, sacerdote del presbiterio de Alcalá de Henares. El Padre Pablo tiene 54 años y pertenece a los Sacerdotes de San Pedro Apóstol. Madrileño de Hortaleza, llegó al país del sol naciente en el año 2000. En su día, él también dijo «sí» a la misión. Y sin dudarlo. Le habría gustado más ir a África, a Zambia concretamente —de hecho, varios regalos de despedida fueron pensando en Zambia—, pero al final le tocó Asia. «Me pidieron ir a Japón y aquí estoy, con un acuerdo entre la diócesis de Alcalá y la de Osaka. ¿Que qué es la misión para mí? Pues lo que el Señor me encomienda y me anima a hacer, porque sin su ánimo ya me habría ido».

Japón, ciertamente, no tiene nada que ver con África. En la diócesis del padre Pablo hay solo 48.000 cristianos, el 0,8% de la población. Su parroquia la conforman cuatro templos repartidos por distintas partes de la ciudad, con unos 1.000 fieles. Wakayama es una provincia muy sintoísta y muy budista donde se halla el «antiguo camino de Kumano», hermanado con el Camino de Santiago, y otros patrimonios de la Humanidad del mundo budista y sintoísta, nos explica.

¿Cómo se ejerce la misión en un país tan distinto culturalmente?, le preguntamos. «Pues con bastante trabajo y confiando mucho en Dios. Y eso sí, con alegría, con muchas alegría», nos responde. ¿Y qué hace exactamente un sacerdote misionero en Japón? «Hago lo que hace cualquier sacerdote en cualquier lugar del mundo, lo que pasa es que aquí no hay un sustrato cultural cristiano y la presencia cristiana es muy reducida», señala. «En mi parroquia hay dos conventos de religiosas: uno de Hijas de la Caridad y otro de Hermanas del Niño Jesús de Chauffailles. Celebro la misa con ellas cada mañana (alternando el día), rezo laudes y ocasionalmente vísperas, y las atiendo en sus necesidades espirituales. Colaboro también puntualmente con el parvulario y el gran hospital para niños y jóvenes con distrofias psicomotoras que tienen las Hijas de la Caridad. Y también, en las actividades pastorales del parvulario,el colegio (donde se imparte hasta el bachiller) y las dos universidades de las Hermanas del Niño Jesús de Chauffailles. De sus 3.000 estudiantes, debe haber solo cinco o diez bautizados. En el colegio, además, doy clases dos días a la semana. Todos estos centros son un auténtico areópago para dialogar y presentar a Jesús entre la juventud (alumnos y padres)».

Miembro del consejo de consultores de la diócesis y arcipreste de la provincia de Wakayama, el padre Pablo es también delegado diocesano de formación de laicos, y ahora están potenciando la lectura del Catecismo. «En la parroquia celebramos la Eucaristía cada día, pero solo los domingos la celebramos en los cuatro templos. En todos ellos hay grupos de lectura de la Biblia y diferentes actividades de carácter social. Hay un grupo de apoyo a gente sin techo, que reparte comidas y cariño todas las semanas, y una vez al mes montamos un comedor en la misma parroquia, para consultas, etc. También hay reuniones mensuales de carácter ecuménico: oración de Taize y un grupo de oración y desayuno con las parroquias protestantes cercanas».

Así trabajan los misioneros. Así hacen presentes, de palabra y de obra, la buena noticia de Jesucristo y su Reino. Pablo, sacerdote, y María, laica y madre de familia, en Japón él, en Tanzania ella, no se conocen de nada, pero ambos utilizan las mismas palabras. «La misión es una alegría, es un regalo», dicen al periodista, casi al unísono, separadas por miles de kilómetros. Lo dicho: más virtual, pero más real que nunca.

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