Diócesis

Dominica «Gaudete», por el arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña Pastor para el 3º Domingo de Adviento

Manuel-Ureña-Pastor
Mons. Manuel Ureña Pastor

Vivimos en pleno Adviento. Y sabemos bien que el Adviento es el tiempo litúrgico previo a la Navidad. En este tiempo la Iglesia centra la mirada en la última venida de Cristo al mundo, todavía no acontecida, y nos recuerda también la primera venida de Aquél, exhortándonos a prepararnos para su celebración el día 25 de diciembre.

A diferencia del Oriente, en donde el Adviento se reduce a un corto lapso de tiempo de preparación para la Navidad, en Occidente el Adviento comprende cuatro semanas en las que están presentes los dos horizontes que acabamos de enunciar: el horizonte escatológico y el horizonte natalicio.

 

Aun conservando su unidad interna, el tiempo litúrgico del Adviento comprende dos períodos bastante diferenciados. El primero se extiende desde el primer domingo hasta el 16 de diciembre, día en el que, este año, celebramos precisamente el tercer Domingo del tiempo que nos ocupa. En este primer período la Iglesia insiste sobre todo en la consideración del evento escatológico y orienta a los fieles a la espera de la venida gloriosa del Señor. En lo que respecta al segundo período, que va del 17 al 24 de diciembre, la Iglesia orienta todos los textos, tanto en la Misa como en la Liturgia de las horas, a la preparación de la Navidad.

 

Pues bien, el tercer Domingo de Adviento, que justo hoy celebramos, pertenece ya al segundo período que acabamos de considerar.

 

Nuestra mirada se remonta hoy al pasado y se centra en la contemplación de la primera venida del Señor. Se trata de revivir aquella venida, cuya celebración litúrgica está ya muy cerca. Su contenido es tan grande e importante, que nos sentimos contentos, alegres, de celebrarlo, de seguir siendo interpelados e increpados por él. Pues la primera venida del Señor cambió de una vez por todas la suerte de la humanidad. Por tanto, ¿qué otra cosa cabría hacer sino alegrarnos de que la celebración de tal venida esté ya cerca?

 

Así, pues, la liturgia del tercer domingo de Adviento, llamado “Gaudete”, encuentra su texto clave en Flp 4, 4-6, que dice así: “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe. Al contrario, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios”.

 

Pero si nos alegramos porque el Señor está cerca, porque va a venir de nuevo a nosotros en la Navidad, entonces debemos preguntarnos si estamos preparados para recibirle o si, por el contrario, seguimos viviendo como vírgenes imprudentes, con las lámparas apagadas y sin aceite en las alcuzas, disueltos y confundidos entre los paganos.

 

Es cierto que la palabra de Dios nos dice hoy por labios del profeta Sofonías: “Alégrate, hija de Sión, grita de gozo, Israel; regocíjate y disfruta con todo tu ser, hija de Jerusalén. El Señor ha revocado tu sentencia, ha expulsado a tu enemigo. El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti, no temas mal alguno” (Sof 3, 14-15).

Pero no es menos cierto que, en el mismo contexto, nos amonesta el Señor por medio de la palabra del apóstol Pablo en los siguientes términos: “Ya es hora de que os despertéis del sueño, porque ahora la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe.

 

La noche está avanzada, el día está cerca; dejemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz. Andemos en pleno día, con dignidad.

Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfreno, nada de riñas y envidias. Revestíos, más bien, del Señor Jesucristo, y no deis pábulo a la carne siguiendo sus deseos” (Rom 13, 11b-14).

 

Dicho en síntesis, la alegría que sentimos ante la Navidad ya inminente será verdadera si nos convertimos al Cristo venido en carne hace más de dos mil años, al que encontramos hoy presente en la Iglesia por la acción del Espíritu a través de la fe de ésta, de sus sacramentos, de sus ministerios y de su oración.

 

Y, respecto del modo y de la forma de nuestra conversión a Cristo, es ésta, sin duda, ardua, difícil, pero no imposible con la ayuda de Dios. Tal conversión consiste en abrirnos a la práctica del amor, que incluye y presume la fe, y en cumplir los mandamientos. No otro es el contenido del fragmento del evangelio de Lucas que

hoy proclamamos en la santa Misa (cf Lc 3, 10-18).

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