Rincón Litúrgico

Domingo XXXII del Tiempo Ordinario (A)

Como todos los domingos, la Palabra de Dios viene a nosotros como la lluvia cae en tierra y la empapa para que dé fruto abundante. Necesita que la acojamos para que nos llene de luz y podamos irradiarla a todo nuestro entorno. A través de la parábola que nos presenta el Evangelio, aparecen varias directrices para que estemos despiertos, con las lámparas encendidas, con el corazón lleno de AMOR para cuando venga el Hijo de Dios. Que en nuestra oración personal y en el encuentro comunitario de la Eucaristía le repitamos no solamente de palabras, sino de corazón al Señor: “Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío”.

En la Primera lectura del libro de la Sabiduría, vemos cómo se adquiere rasgos personales, es decir, una “mujer” de extrema belleza, que se deja seducir por los que la buscan, que está dispuesta a compartir su saber y experiencia. La sabiduría, es sinónimo y esquema del buen hacer, de sentido común, de prudencia. Es don con el que se bendice y petición que una y otra vez se pone en la boca de los que rezan, oran. Lo que recoge esta lectura es una lección para cada uno personalmente: que sea sabio en el obrar y que de ti emane el buen consejo.

La Segunda Lectura de Pablo a los Tesalonicenses cuenta las primeras defunciones de las primeras comunidades y como encajar, conciliar la suerte de los difuntos con la resurrección y la parusía de Cristo. Por eso es importante ver estas dos dimensiones que tiene la lectura. Por un lado, la fundamental, que nos invita a entrar en el misterio de la salvación en clave de fe en Cristo que muere y resucita, cuyo regalo estamos llamados a compartir. Y, por otro lado, refleja el pensamiento que en aquel tiempo tenían: la voz del arcángel, el sonido de las trompetas, un sinfín de imágenes que no forman parte del centro del mensaje de Cristo Resucitado.
La Parusía del Señor se describe con expresiones tomadas de los profetas y que no conviene hacer mucho hincapié en tales expresiones, sino en la realidad que contiene: resurrección, transformación y encuentro con el Señor para vivir SIEMPRE con él.

En el Evangelio de Mateo, se nos enseña a darnos cuenta de que no estamos solos. Necesitamos unos de otros para crecer y vivir. La persona se hace en relación con los demás, y con Dios Padre. Los creyentes sabemos que el AMOR del Padre lo mueve todo. Necesitamos toda una vida para ir descubriendo una Presencia que nos hace caminar con seguridad y esperanza. Nuestro mundo necesita de creyentes coherentes que transformen la tiniebla en luz verdadera, capaces para vivir aportando alegría. Porque Dios nos quiere alegres, no “con cara de vinagre” como dice el Papa Francisco. Por eso, se compara el Reino de Dios como una fiesta de bodas, para la que hay que estar preparados. Dios aquí pide respuesta rápida y comprometida. Se requiere que seamos previsores para no caer en la dificultad. Que a nuestra vida de creyente nunca le falte el aceite para poder iluminar y estar preparados para tener la mirada limpia de los ojos y del corazón y estemos atentos para ayudar a nuestro prójimo.

Que la Virgen María, interceda por cada uno de nosotros para poder ser fieles a esta misión.

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