Rincón Litúrgico

Domingo XXX del Tiempo Ordinario (A)

Para Jesús lo más importante es amar a Dios con todo el corazón y esta es la mejor manera de querernos unos a otros. Amando a Dios, amamos a los demás. El libro del Éxodo recoge unas normas muy concretas y severas en defensa de los más débiles en Israel; y por ello argumenta con la defensa del mismo Dios, que escucha sus palabras. Por eso, Pablo agradece que la comunidad abandonara a los ídolos para «amar» completamente a Dios. Un Dios que es vivo, verdadero y que solo se puede adorar y servir cuando amamos al hermano. Que descubramos en este domingo que tan importante es «amar» a Dios como «amar» al hermano. Si lo separamos no estamos cumpliendo el mandato de la ley de Dios.

Primera Lectura del Éxodo

No basta con no matar, sino que es necesario defender la causa del pobre. No basta con no robar, sino que hay que devolver el manto al pobre antes de la noche para que pueda taparse. Estamos frente a unas leyes muy humanas, pero a la vez que pocas veces entendemos. Ese Dios que ha escuchado el clamor del pueblo esclavizado y que lo ha sacado de la mano del Faraón, no va a permitir que los hermanos de un mismo pueblo caigan en los pecados contra los que él mismo ha salvado. El Dios de Israel se pone del lado de los débiles. Defiende a su pueblo por justicia.

Segunda Lectura de Pablo a los Tesalonicenses

Pablo felicita a la comunidad de Tesalónica por el modo como aceptó la proclamación del Evangelio. Esta comunidad se ha convertido en modelo y testimonio de fe para otras comunidades. Tesalónica tiene un testimonio misionero, ya que ha servido para una proclamación más rápida de la Palabra. Este testimonio es predicar al único Dios y la aceptación de Jesús como hijo de Dios Resucitado.

Evangelio de Mateo

Vemos como a lo largo de la historia de la salvación y de muchos modos Dios ha ido revelándonos un Mensaje, y en los últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo Resucitado. En esta revelación de Dios que compromete a todo cristiano hay una jerarquía de valores. Es decir, lo fundamental es el compromiso sincero de entrega a Dios por medio del cumplimiento de su único mandato: AMOR de servicio al prójimo. Dios y prójimo, esta doble vivencia, viene encerrada en la práctica viva del amor al prójimo como a nosotros mismos. No podemos amar a Dios sino amamos al prójimo. Esto sería una incoherencia engañosa. Nuestra actitud poco auténtica con Cristo puede taparnos la claridad del mensaje de Dios e impedirnos ver lo que construye el cimiento en Cristo.

Pidamos a la Virgen María, en estos tiempos difíciles que nos ha tocado vivir, que nos preocupemos en «amar» a Dios y al prójimo para que seamos espejos transparentes del Evangelio.

Regístrate en ECCLESIA para acceder de forma gratuita a nuestra revista en PDF

REGISTRARME