Rincón Litúrgico

Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (A)

Las lecturas de hoy domingo, nos hablan de una forma muy directa y contundente. Lo vemos en la forma de hablar de Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos, o Pablo a los cristianos de la comunidad de Filipo. Hay un refrán que dice: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”. Es decir, una cosa es decirle a Jesús que sí y otra es vivir como Él nos ha enseñado y nos pide. Jesús no se fija en las apariencias. Quiere que optemos por el camino de la justicia y del amor. Pero primero tenemos que pasar por una conversión sincera y seria. Que nuestro corazón esté lleno de amor evangélico, y así podamos contagiar a los demás.

En la primera lectura del profeta Ezequiel, vemos como Ezequiel, profeta y sacerdote, ejerce la función de la enseñanza, interpretación y aplicación de la ley propia. En el momento crítico por el destierro, sale al paso de la creencia popular de que el desastre es una fatalidad inevitable por culpas de los antepasados. Pero el texto rompe todo. Para Dios cuenta la actitud del individuo ante el bien y el mal. Dios no quiere la muerte, sino la vida. Quiere la conversión individual. Ésta se consigue teniendo un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Él juzgará a cada uno según las acciones. Siempre hay tiempo de cambiar nuestra forma de vida.

En la segunda lectura de Pablo a los Filipenses, conjura cariñosamente a no romper la unión y el amor fraterno. El modelo de su amor debe ser Cristo: que no buscó su propio interés, sino el de los demás. Y para comentar esta idea trae para nuestra oración y meditación el hermosísimo himno antiguo cristológico que desentraña el misterio de la Encarnación. La preexistencia divina de Cristo, su muerte en Cruz en servicio, como un esclavo de la humanidad y la exaltación universal como Señor del cielo y tierra. Que sepamos tener los mismos sentimientos de Cristo y a vivir la entrega total al Padre y sus proyectos con confianza.

El Evangelio de Mateo, nos deja una cosa clara hoy: “Es cristiano solamente el que se compromete con Cristo”. Cristo es radical en su llamada. Nos exige como condición el camino de la Cruz y un amor hacia EL, superior al que solemos tener en nuestra vida cotidiana. Hay que ser valientes.

Hay cristianos que tardan en comprometerse, pero lo hacen. No importa el tiempo. Otros, sin embargo, quisieran comprometerse, pero sirviendo simultáneamente a dos señores: Dios y el dinero. Estos son los que no son ni fríos ni calientes. Son dignos de compasión. Son los que están contra Él, y serán arrancados de raíz por falta de compromiso. Como dice otro evangelista, concretamente San Juan, “el que no permanece en Él es arrojado fuera y se seca. Dejemos que Dios actúe en nosotros. Repito: seamos valientes y optemos por la felicidad verdadera, aunque tengamos que pasar por el camino de la cruz.

Que Santa María, bajo la advocación de la Merced, nos ayude a salir de nuestras propias cárceles para que podamos ser verdaderos cristianos en medio de nuestra sociedad.

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