Rincón Litúrgico

Domingo XXV del Tiempo Ordinario, por José Borja

La Palabra de Dios nos invita a descubrir a un Dios que está por encima de nuestros planes. Que, para acercarnos a él, debemos renunciar a los esquemas del mundo.  Las lecturas nos sugieren varios imperativos: buscad, id, volver, abandonar… Seguir a Cristo nos compromete a estar en continuo movimiento. Es decir, tenemos que regresar a Dios, buscarlo, abandonar todo lo que conlleva el pecar, ponernos en camino e ir a su viña. La fe nos ayuda a no estar de brazos cruzados. Seamos valientes y dejemos que su plan coloree nuestros planes. Pongámonos en marcha. Es una aventura apasionante.

Primera lectura del profeta Isaías

Hay momentos privilegiados para la búsqueda de Dios. La vuelta del destierro, inminente para el pueblo, supone uno de esos momentos privilegiados de cercanía del Señor. Pero para ello, exige un abandono del pecado, es decir, se necesita una verdadera conversión para poder regresar al Señor. Israel, como nosotros, debemos corresponder cambiando el estilo de vida, nuestra comodidad al pecado que nos hace alejarnos de Dios.

Segunda lectura de Pablo a los filipenses

Pablo habla desde la cárcel. Ha sido encarcelado por anunciar el Evangelio. Es consciente del riesgo de muerte, pero desde la libertad del que se siente fiel a la tarea encomendada y por eso no tiene miedo. Él transmite sus sentimientos de motivación que le han hecho poner en el centro de su vida a Cristo. La urgencia de la misión, hace que se sienta necesitado de salir a la calle para seguir anunciando el mensaje. Pablo nos enseña cómo ha sido rescatada su vida por Cristo. Y esto le encita a no tener miedo a seguir siendo anunciador por encima de todo. Bajo esta clave, deberíamos examinarnos nosotros mismos. ¿Cuántas son las veces que nos avergonzamos de decir que somos cristianos? Seamos valientes y dejemos que CRISTO nos enamore.

Evangelio de Mateo

Con esta parábola nos quiere mostrar que la lógica de Dios no es la lógica de los hombres. El momento más chocante para nosotros cuando oímos y la meditamos es el momento de la paga al atardecer. Los jornaleros de la primera hora esperaban cobrar más que aquellos que habían trabajado solo unas horas. Pero las cosas no salen así. El sueldo fue igual para todos: un denario. Jesús es el propietario. Las faenas por el Reino de los cielos comienzan bien pronto, al amanecer y acaban al atardecer. El protagonista, es decir, el propietario es Dios que sale cada mañana al encuentro personal con todas y cada una de las personas. Él sale en diversos momentos a por nosotros. Tiene un plan para cada uno. No importa cuál es el momento de fe que estamos viviendo ahora. Lo importante es que nos llama a trabajar en su viña. No nos fijemos en nadie. Que nuestro único modelo sea Cristo y nuestra arma, el ser valientes para trabajar dignamente en su viña.

Que Santa María, la Virgen, interceda por nosotros y nos ayude a poder ser verdaderos testigos de su Hijo en medio de nuestro mundo.

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