sembrador
Rincón Litúrgico

Domingo XV del Tiempo Ordinario (A), por José Borja

La Palabra de Dios se asemeja como las gotas de lluvia. Tenemos que dejarnos empapar por la Palabra para que ella nos ayude a trasformar nuestros fallos, en buenas obras.

En la Primera Lectura del Libro de Isaías

Vemos como la Palabra de Dios tiene un papel importante en la vida de cada persona. Se puede secar la hierba, la flor se marchita, pero la palabra de Dios permanece para siempre. Vemos, como el texto deja claro, que Dios habla, actúa y es eficaz. Él no está lejos del ser humano. Vivimos en una sociedad, en que muchas veces, la palabra no tiene valor. Se promete una cosa, y puede durar lo que tardemos en cambiar de opinión… Pero la Palabra de Dios es eficaz, promete y cumple. La Palaba libera, es la voluntad de Dios.

En la Segunda Lectura de la carta de Pablo a los Romanos

Compara los sufrimientos presentes del día a día con la gloria que se nos tiene preparado un día, que no pasa ni se marchitará. Nos habla de esclavitud. Toda la creación gime de dolor, padecen, sufren… Pero tenemos al Espíritu que nos fortalece, nos ayuda y guía a sobrellevar cada piedra del camino. Poner un toque diferente en nuestra sociedad, es saber alentar con esperanza al prójimo, estar al lado del que sufre y anticipar el reino de Dios, en medio de nuestro mundo que tanta falta le hace de que se moje del Evangelio y de actitudes coherentes de los propios cristianos.

En el Evangelio de Mateo

Nos presenta a Dios como un sembrador generoso, que siembra en cada corazón de cada persona su Palabra. Al ser un sembrador misericordioso, no le importa si la semilla cae en el camino, o en las piedras, o entre zarzas. Conoce la vida de cada hombre y mujer y sabe, que todos pasamos por diferentes momentos en la vida. No está preocupado por poner la semilla en el sitio adecuado, sino, que las reparte libremente. El sembrador misericordioso, esparce en cada persona la semilla de su Palabra, y de nosotros depende, si somos capaces de regarla y dejarla crecer o no. Dios nos deja la libertad de acoger esa semilla o no…

A pesar de que podamos encontrar piedras, zarzas, o que la tierra no de fruto, saquemos fuerza para volver a la tierra buena (sacramentos) para dejarnos empapar por la Palabra, y abramos la semilla que cada uno llevamos dentro para que dé fruto, y ese fruto pueda ser compartido con el resto de personas, en especial, los más necesitados.

Pidamos a la Virgen que sepamos acoger la Palabra como ella supo hacerlo. Que tengamos un corazón generoso y agradecido, y en este tiempo de verano, preparemos nuestros campos con los diferentes sacramentos para que pueda dar fruto la semilla del Evangelio que llevamos dentro.

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