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Rincón Litúrgico

Domingo VI del Tiempo Ordinario, por José Borja

En este Domingo VI del Tiempo Ordinario y a las puertas del tiempo cuaresmal, las lecturas que la Iglesia nos pone para nuestra reflexión, se centran en un verbo: Curación.

Vemos tanto en la primera lectura del Levítico como en el Evangelio de Marcos, como hablan de la enfermedad de la lepra y como trataban a los que estaban contagiados por ella. Jesús viene a superar la ley de lo impuro, puro y excluido. Jesús cura e integra a TODOS por igual. Para él no hay discriminación. Su única preocupación es que nos dejemos contagiar por su AMOR permanente y que seamos transmisores nosotros de eso que hemos recibido.

Hoy también la Iglesia celebra la Jornada de Manos Unidas.

La primera lectura del Levítico nos habla que el que está contagiado, es una persona impura, está fuera de la ciudad, nadie se puede acercar y tendrá que llevar una campana diciendo “soy impuro”.

Aquella sociedad ni en el ámbito religioso ni social, el leproso era una persona castigada y por eso no podía relacionarse con nadie. Y si se curaba, tenía que ir al sacerdote, certificarlo y así es cuando podía volver a la ciudad y relacionarse.

La segunda Lectura de Pablo a los Corintios contiene una serie de normas concretas de vida cristiana. En primer lugar, un consejo ordenado a dar a toda la existencia un valor sagrado practicando las acciones más humanas, es decir, comer, beber, trabajar, en el más alto nivel de preocupación religiosa: la gloria de Dios. También otra preocupación es la vida cristiana. Debe ser un testimonio coherente para los demás. No provocar extrañeza con la propia conducta al prójimo. Y todo esto, se encierra en la caridad. Procurar agradar a todos evitando el egoísmo, la soberbia… Lo que popularmente se llama «el siempre yo yo». Ya no es un yo. Es un nosotros. Por eso el apóstol les pide y nos pide que seamos fieles imitadores de Cristo.

En el Evangelio de Marcos, Jesús rompe con toda la tradición tanto social como religiosa. Él mira con compasión al enfermo de lepra. Lo acoge, lo toca y lo sana. Para Jesús no hay barrera que le impida acercarse a una persona. Él busca la dignidad de aquel hombre que le llama para que lo cure. Y esta actuación nos tiene que hacer pensar y preguntarnos cómo tratamos nosotros a los últimos de nuestra sociedad, a los marginados, a los que tienen una enfermedad contagiosa, etcétera. A veces actuamos desde nuestra comodidad, viendo como otros lo hacen, se acercan y ayudan.  Nos llamamos cristianos y seguidores de Jesús, pero no nos machamos las manos. No queremos implicarnos. Jesús nos invita hoy a que nos impliquemos. A que no tengamos miedo de tocar, acoger y acompañar a personas que están marginadas o con alguna enfermedad. Que no juzguemos, que no nos estemos parado.

Tenemos que actuar y dejar que Dios se manifieste en nosotros a través de nuestros actos. Pero para esto, nos tendríamos que hacer varias preguntas: ¿Qué haría Jesús en mi lugar? ¿Cómo actuaría Jesús hoy frente a la marginación?

Pidamos a la Virgen María por todos los enfermos, que ella sea el consuelo para tantas personas que están desesperanzadas por alguna enfermedad o problema.



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