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Juan Pablo II Benedicto XVI
Rincón Litúrgico

Domingo VI de Pascua, C, (5-5-2013), con homilías de Juan Pablo II y Benedicto XVI

 Domingo VI de Pascua, C, (5-5-2013), con homilías de Juan Pablo II y Benedicto XVI

Textos recopilados por fray Gregorio Cortázar Vinuesa

 NVulgata 1 Ps 2 EBibJer2ed (en) – Concordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/3) Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de San Félix de Cantalicio 4-5-1986 (it):

«1. Su templo es el Señor (cf Ap 21, 22).

Este domingo el Evangelio de san Juan nos lleva al Cenáculo. Al despedirse de los Apóstoles –el día anterior a su muerte en la cruz–, Jesús dice: “El que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Precisamente momentos antes de ser entregado, su Corazón divino manifiesta por nosotros la cima de un amor sin límites, revelándonos el misterio de la inhabitación de Dios en nosotros: el hombre está llamado a convertirse en “templo” y “morada” de la Santísima Trinidad.

¿A qué grado mayor de comunicación con Dios podría jamás aspirar el hombre? ¿Qué prueba mayor que esta podría jamás dar Dios de querer entrar en comunión con el hombre? Toda la historia milenaria de la mística cristiana, aun con algunas expresiones sublimes, no puede menos de hablarnos muy imperfectamente de esta inefable presencia de Dios en lo íntimo del hombre.

2. De esta dimensión del “templo” (lo íntimo del hombre, el alma humana) pasamos, en la liturgia pascual de hoy, a la dimensión de la Iglesia. La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos lleva tras las huellas de los comienzos de la Iglesia. Es una comunidad que nace del misterio pascual de Cristo, y que es guiada y vivificada por el Espíritu Santo, de manera que la actuación de la Iglesia comporta un nexo necesario de responsabilidad humana y de inspiración divina: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…”, como se dice en la citada lectura (Hc 15, 28).

Lo mismo que el alma del cristiano está habitada por la Santísima Trinidad, así también la Iglesia, que es la comunidad cristiana, está habitada por la Santísima Trinidad. Más aún, el cristiano es “templo” del misterio trinitario precisamente en cuanto es miembro del Cuerpo místico de Cristo, en cuanto es “sarmiento” vivo, injertado en la verdadera “Vid” que es Cristo.

Ya desde aquí abajo, a pesar de las miserias de esta vida, la Iglesia goza de esta intimidad con Dios, que es el fundamento de su infalibilidad e indefectibilidad.

3. Al mismo tiempo, juntamente con esta dimensión “histórica” de la Iglesia, la liturgia de hoy nos muestra su dimensión “mística”: Jerusalén, la Ciudad santa, “que bajaba del cielo, de Dios, trayendo la gloria de Dios” (Ap 21, 10). Es la Iglesia del cielo, es la Iglesia formada por las almas de aquellos que, por la redención de Cristo, han vencido en sí mismos el pecado y la muerte, y ahora gozan el premio de la vida eterna.

Como san Juan evangelista, debemos tener siempre fijos los ojos de nuestro corazón en esta Jerusalén celeste y gloriosa, que es la meta trascendente de nuestro camino y de nuestras fatigas terrenas. Debemos contemplar siempre esta “bienaventurada visión de paz”, que nos estimula y nos consuela y es objeto de nuestra esperanza. Arriba nos esperan los hermanos que han conseguido la salvación. Desde arriba ruegan e interceden por nosotros, para que también un día podamos estar con ellos.

4. La Iglesia, nacida de la cruz de Cristo y de su resurrección, es guiada constantemente por el Espíritu Santo, el Consolador. “El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho” (Jn 14, 26).

La Iglesia terrena, la Iglesia de aquí abajo, es guiada constantemente por el Espíritu de Jesús resucitado a una profundización continua de esa misma verdad que recibió desde el principio de labios del divino Maestro. Ella, durante los siglos, comprende cada vez mejor, gracias a la luz del Espíritu, las mismas palabras que un día comunicó Cristo a los Apóstoles para que las transmitieran a todo el mundo.

De este modo la Iglesia “histórica” se acerca cada vez más al pleno conocimiento de Jesús-Verdad, que ya es posesión de la Iglesia celeste, la “Jerusalén de arriba” (Ga 4, 26). El Espíritu “consuela” a la Iglesia de aquí abajo precisamente con la visión de la Iglesia del paraíso, hacia la cual tiende la Iglesia terrena con todas sus fuerzas, con el deseo ardiente de unirse a ella.

5. El salmo responsorial nos lleva a considerar que la Iglesia, en su desarrollo histórico, es enviada por Dios a todas las naciones (…), “para que conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación” (Sal 67, 3).

En esta misión universal de salvación la Iglesia está constantemente animada e impulsada por el Espíritu del Resucitado, y por el deseo de llevar a todos los hombres a la bienaventuranza, de la que ya gozan los santos del cielo. Por otra parte, estos ayudan a la Iglesia misma –por medio de sus plegarias– en el desarrollo de su misión. Y ella, por su parte, mirando con ojos de fe a la Jerusalén celeste, encuentra en esto la luz y la esperanza que le permiten mostrar con seguridad al mundo el camino de la salvación y de la santidad.

6. De este modo la Iglesia en el mundo guía al hombre –en medio de las diversas naciones de la tierra– a este templo definitivo, que según el Apocalipsis de Juan, se encuentra en la Jerusalén eterna.

“Templo no vi ninguno, porque su templo es el Señor Dios Omnipotente y el Cordero” (Ap 21, 22).

La Jerusalén celeste, a diferencia de la Iglesia de aquí abajo –”siempre necesitada de purificación” (Lumen gentium, 8)–, es totalmente pura, totalmente santa: totalmente consagrada a Dios. Por tanto, en ella no hay nada profano que deba distinguirse de lo sagrado. En ella, como dice el Apocalipsis, no hay templos, porque en ella todo es templo, todo manifiesta espléndida y claramente la presencia beatífica de la Santísima Trinidad (…).

9. Hoy, según las palabras del Evangelio de Juan, el Señor Jesús prepara a los discípulos a su partida de la tierra. Dice: “Me voy… Si me amaseis, os alegraríais, porque voy al Padre, pues el Padre es mayor que yo” (Jn 14, 28).

La Iglesia relee estas palabras al cumplirse los cuarenta días de la resurrección de Cristo, es decir, la Ascensión. Sin embargo, Cristo no dice solo “me voy”, sino también “vuelvo a vosotros” (Jn 14, 28).

La marcha significa solo la conclusión de la misión mesiánica terrena. Sin embargo, no es una separación.

La misión de Cristo termina con la venida del Espíritu Santo y con el nacimiento de la Iglesia. En la Iglesia de Cristo –siempre presente y siempre operante con la fuerza del Espíritu Consolador– nos lleva a la Jerusalén eterna. La misión de la Iglesia es la de conducir a la humanidad a este destino definitivo que cada uno de los hombres tiene en Dios. En efecto, es un templo en el que Dios quiere habitar.

La marcha de Cristo no produce, pues, turbación. Está llena de paz. Dice el Salvador: “La paz os dejo, mi paz os doy”. Cada día repetimos estas palabras en la liturgia eucarística antes de la comunión. Y añade: “No se turbe vuestro corazón, ni se acobarde… Me voy, y vuelvo a vosotros” (Jn 14, 27-28)».

(2/3) Catecismo de la Iglesia Católica P1, S2, C3, A12, VI: “La esperanza de los cielos nuevos y de la tierra nueva”.

(3/3) Benedicto XVI, Homilía en Aparecida (Brasil) 13-5-2007 (ge sp en it po)

LA PALABRA DEL PAPA.– «Jesús, al dar a Simón (…) el título, más aún, el don, el carisma de la fuerza, de la dureza, de la capacidad de resistir y sostener –como es precisamente la naturaleza de una piedra, de una roca, de un peñasco–, asociaba el mensaje de su palabra a la virtud nueva y prodigiosa de este apóstol, que había de tener la función, él y quien le sucediera legítimamente, de testimoniar con incomparable seguridad ese mismo mensaje que llamamos Evangelio» (Pablo VI, Audiencia general 3-4-1968 fr it). «El mensaje de Cristo, de generación en generación, nos ha llegado a través de una cadena de testimonios, de la que Nos formamos un eslabón como sucesor de Pedro, a quien el Señor confió el carisma de la fe sin error» (Pablo VI, Homilía 20-9-1964 it). «Junto a la infalibilidad de las definiciones “ex cáthedra”, existe el carisma de asistencia del Espíritu Santo concedido a Pedro y a sus sucesores para que no cometan errores en materia de fe y de moral y para que, por el contrario, iluminen bien al pueblo cristiano» (Juan Pablo II, Audiencia general 24-3-1993 sp it). «Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad» (Benedicto XVI, Homilía en la capilla Sixtina 20-4-2005 ge sp fr en it lt po).

LOS ENLACES A LA NEO-VULGATA.– «Esta edición de la Neo-Vulgata puede servir también (además de especialmente para la liturgia) para que la tengan en cuenta las versiones en lengua vulgar que se destinan a uso litúrgico y pastoral, y (…) como base segura para los estudios bíblicos» (Juan Pablo II, Constitución apostólica Scripturarum thesaurus 25-4-1979 ge sp fr en lt po). «La palabra sagrada debe presentarse lo más posible tal como es, incluso en lo que tiene de extraño y con los interrogantes que comporta» (Benedicto XVI, Carta al presidente de la C.E. Alemana sobre un cambio en las palabras de la Consagración 14-4-2012 ge sp fr en it pl po).



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