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Rincón Litúrgico

Domingo V del Tiempo Ordinario (B)

La Iglesia nos invita a que nos miremos a nosotros mismo y reflexionemos de qué forma evangelizamos, a quién le evangelizamos y si somos capaces de sanar, acompañar y acoger a esas personas que están a nuestro alrededor y necesitan de nuestra ayuda. Vemos a Jesús como el que sana los corazones que están destrozados, venda las heridas y su misión es curar a los enfermos de diferentes males y a predicar por las aldeas cercanas.

En la Primera Lectura de Job,

compara que su vida es peor que la del esclavo o del mercenario. Vemos como después de todo, Job, se queda sin esperanza y se dirige a Dios en una larga y profunda súplica. Su vida, al no tener sentido y estar en lo que popularmente llamaría Santa Teresa “la noche oscura” por la que pasa toda persona humana, Job, se aferra a que Dios le ayude a ver la Luz. El resultado de esta lectura es acudir a Dios en todo momento: bueno y malo.

En la Segunda Lectura de la carta de Pablo a los Corintios,

el apóstol habla de la “Buena Noticia” de la salvación. Y lo hace, porque desde que se dejó encontrar por Jesús, su vida cambió. Ya no puede vivir de otra forma, sino vivir para anunciar la Buena Noticia de Jesús. Ya no hay excusas para no predicar. Todos estamos llamados desde nuestro Bautismo a ser profetas. Predicar no solo es obligación del Papa, del obispo, del sacerdote o de los consagrados. Es una obligación de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia. Y la Iglesia la forman TODOS los bautizados. Dar a conocer a Jesús es saberse identificarse con su vida y sus actos. Para esto se necesita ser valientes.

En el Evangelio de Marcos,

deja claro tres verbos: Curar, Sanar y Predicar. Cura a la suegra de Pedro en contexto familiar de una casa; Sana a muchas personas de diferentes dolencias y después se va a cumplir otra de las misiones: Predicar. Jesús no busca que lo aplaudan, ni hacer curaciones sin sentido como de un mago con poderes sobrehumanos. En Jesús, curar es una expresión de la fuerza y del amor INCONDICIONAL de Dios para con la humanidad. Se acerca a las personas, las toca, les coge de la mano, les habla, les cura. No es un Jesús que guarda distante, que necesita seguridad para que nadie le toque, no busca el primer puesto, ni lleva una secretaria para organizarle a quién tiene que recibir y cuándo.
Jesús, al amarnos, nos cura. Y porque nos ama, está cerca de quién le necesita, está en medio de la gente. Y el amor, hace que no esté quieto, no le importa mancharse las manos de quién necesita una curación o una palabra de aliento.

Que María, nuestra madre, nos ayude a ser valientes como Jesús, para que podamos salir de nuestras comodidades y de nuestros “tronos de poder” y estar al lado de las personas más necesitadas. Que nuestro poder sea el servicio. Porque al servir estamos reinando.



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