Rincón Litúrgico

Domingo III del Tiempo de Pascua, por José Borja

A pesar de que estamos viviendo momentos complicados, y hay días que podemos estar más alegres o menos, si algo tienen en común todas las lecturas que estamos leyendo en este Tiempo Pascual es que Cristo ha Resucitado, y eso debe ser motivo de inmensa alegría. Es más, esa alegría brota de que Él sale a nuestro encuentro personal y se hace eco en la comunidad. No vivimos solos la fe. La vivimos en comunidad. Y hoy, tenemos que hacer estar bien despiertos para poder reconocerlo en nuestro prójimo y en la fracción del pan.

Primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. El testimonio de Pedro sobre la Resurrección de Jesús es un fragmento del discurso pronunciado el día de Pentecostés. El Kerygma, es el mensaje del cristiano que confiesa valientemente el nombre de Jesús y en el pilar fundamental de nuestra vida como creyentes: la Resurrección. Pero, para llegar ahí, hay que pasar por la pasión y la muerte. Esto es lo que vivimos y celebramos en cada Eucaristía. Compromete toda nuestra vida al plan de Dios. Un plan que es de salvación, y que por eso no quiere decir que no tengamos piedras durante el camino hasta llegar a la meta… A veces pensamos que todo es color de rosa, y ya hemos dicho bastantes veces, que una cosa, no quita a la otra.

Salmo: “Señor, me enseñarás el sendero de la vida”. El Señor, a pesar de haber muerto, el no conoció la corrupción del sepulcro. Nosotros, por su Resurrección, debemos de vivir esa paz que nos brinda el Resucitado. Esa Vida que no acaba en la muerte.

Segunda lectura de la carta de Pedro. La salvación que nos ofrece Cristo y que se ha hecho patente con su sacrificio en la cruz, transforma nuestra vida y la llena de fe y esperanza con su Resurrección. En esta carta se ve una forma de seguimiento de Jesús, diferente a como nosotros podemos entenderlo ahora. Es decir, separado, lejos de un culto cerrado entre cuatro paredes física. Va dirigido a lo espiritual. Transciende lo normativo formal. Lo único que es importante y esencial es que la Sangre de Cristo nos ha redimido.

En el Evangelio de Lucas, Jesús sale al encuentro de los discípulos de Emaús para confirmarlos en la fe de la Resurrección. Cristo resucitado se nos hace presente en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía, para robustecernos en la fe y fortalecernos en el camino. Ojalá sepamos reconocerlo en la fracción del pan y en el rostro de los hermanos que sufren y llevemos su Palabra como “manual para el camino” y así podremos experimentar su presencia como “Canto a la Vida” de nuestro día a día.

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