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Rincón Litúrgico

Domingo II del Tiempo de Cuaresma (B)

La Transfiguración del Señor, ese llenarse todo de esa luz que ilumina con fuerza, es signo de que es el hijo de Dios hecho hombre y que así le veremos cuando nosotros seamos transfigurados y vayamos a él. La voz del Padre nos señala lo que tenemos que hacer, escuchar a Jesús y poner en práctica lo que nos dice. Hoy la frase común que la liturgia nos regala para nuestra meditación es ESCUCHAR. A pesar de las dificultades, de los contratiempos y de nuestros fallos, debemos estar atentos a lo que Dios nos pide en cada momento con confianza y sin miedo.

Primera Lectura del Libro del Génesis

Vemos como la fe y confianza absoluta que Abrahám tiene en Dios le hace merecer la promesa de ser padre de muchas naciones. En el momento de su vocación se le exige a Abraham renunciar a todo su pasado, ahora se le exige renunciar a su futuro. Abraham será un gran padre del pueblo de Dios, pero no sin haber pasado antes por la prueba de renunciar a esa paternidad. Así son los caminos paradójicos de Dios. Pero, ante todo saber escuchar y confiar.

Segunda Lectura de Pablo a los Romanos

Nos viene con una idea de peso: la esperanza cristiana basada en el hecho de la redención que ya se ha cumplido. Pablo habla del amor sin límites que el Padre nos ha regalado en Cristo. Los cristianos tenemos que tener plena confianza en Dios. Él ha dado la vida por nosotros, ha resucitado, intercede por nosotros y nos espera en su Reino. En este tiempo cuaresmal, y en el contexto de pandemia por la Covid-19 que nos está tocando vivir, donde los miedos y las incertidumbres están muy presente, ahora es cuando más confianza, optimismo en la bondad y misericordia de Dios debemos fortalecer, actualizar y tener presente en nuestro día a día.

Evangelio de Marcos

Nos narra la Transfiguración de Jesús. La presencia de Dios se halla simbolizada en la nube que envuelve a Jesús y testifica en su favor. Su voz confirma el anuncio que Jesús ha hecho de su pasión, al afirmar que él es su siervo, manso y humilde, que cumple fielmente el destino doloroso que Dios le ha encomendado. Es también, el profeta a quien se debe escuchar aun cuando su enseñanza sea desconcertante. Es el propio Hijo de Dios al que hay que seguir por el camino de la cruz si se quiere llegar con él a la gloria de la resurrección que se manifiesta ya en la transfiguración. Dios nos pide que seamos humanos, tengamos esperanza y que nuestro horizonte sea la Luz verdadera que ilumina toda oscuridad. Nuestro hábito sea la caridad y nuestro escudo el amor. Desde ahí, empezaremos andar el camino que Cristo nos ha señalado.

Pidamos a la Virgen María que nos dé valentía para poder saber callar y escuchar sin miedo la voz del Señor, como ella lo hizo.



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