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Domingo de Ramos, por fray José Borja

Domingo de Ramos, por fray José Borja

¡Viva el Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Viva el Altísimo!

Con estas aclamaciones del Evangelio de Mateo en la procesión de entrada, comenzamos la Semana Santa. Hoy, Domingo de Ramos, celebramos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Después de bendecir los ramos en la puerta de la Iglesia, entramos con alegría y júbilo cantando “Hosanna al Hijo de David” y recordamos a Jesús humilde, montado en un pollino y acompañado de sus paisanos.
Hoy, se abre la puerta hacia los pilares importantes de nuestra fe: la Resurrección. Pero no podemos olvidar, que antes de la alegría pascual, hay que acompañar a Jesús en el dolor y el sufrimiento camino del Calvario.
Abramos nuestro corazón y pongamos empeño en vivir una verdadera semana santa.

En la Primera Lectura del Profeta Isaías, veremos como el Señor nunca abandona al que sufre. Él, siempre está al lado del que sufre, tiende una mano, da una palabra de aliento y nos acoge en sus brazos, aunque no se perciba en ese momento.
Ser fiel a Dios y aceptar su voluntad, conlleva a veces ser rechazo por el resto de las personas, inclusive, ser perseguido por tener fe. Este texto, nos ayuda a reflexionar sobre el sentido que tiene la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Cuando se está desanimado, se sufre o se pasa mal, es cuando más hay que tener una estrecha relación con Dios. Ser fiel en todos los acontecimientos y circunstancias.

En la Segunda Lectura de Pablo a los Filipenses, es un himno que se usa bastante en la liturgia de las horas, y seguramente, sea uno de los que Pablo más usó. Aquí nos habla de que Jesús ante todo fue humilde, no hizo alardeó de su categoría de Dios, al revés, fue tanto su amor por nosotros, que fue en todo exacto como nosotros, menos en el pecado. Lloró ante la muerte de un amigo, tuvo compresión de las personas que más lo necesitaban, lo maltrataron, y murió cruelmente. Pero, como dije antes, Dios se pone de parte de los hombres y mujeres, se hace uno de nosotros y lucha contra toda injusticia. Es fiel a los valores del Reino. Renuncia a toda clase de poder y estatus y coge como trono real la Cruz. Desde ese momento, el amor se hace entrega plena, hasta la última gota de sangre.

En la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo, nos recuerda después de haber entrado triunfal en Jerusalén, la mayor entrega de amor que ha conocido el ser humano.
Leemos todo el relato de la Pasión, y vemos como el evangelista presenta a Jesús como el Siervo que sufre injustamente: Jesús es golpeado, abofeteado, escupido, insultado. Muere Jesús y Dios se manifiesta: el templo se rasga en dos, la tierra tiembla…
Mateo nos dice, que Dios estaba con Jesús en la Cruz, no deja solo a su hijo. Podremos pensar que vaya “faena”, ha sido un rechazo histórico, Jesús muere, ¿y después qué?
Pero esta parte tiene dos pilares: la fe y la confianza del Hijo en el Padre. Todo llegará a su momento. En medio de la soledad y el sufrimiento, Dios en Jesús es quién tiene la última palabra. La muerte será vencida, el sufrimiento será consolado, la vida será el motor.

Pidamos a la Virgen María, fiel seguidora de Cristo, que interceda por nosotros ante su Hijo, para que, a pesar de nuestras caídas, y de nuestros miedos, sigamos al lado (como ella estuvo) de tantas personas que lo están pasando mal, que mueren por culpa de la violencia, del hambre, de la desesperación. Que la Virgen María nos ayude a vivir un fructífera semana santa.
Que así sea.
Fray José Borja.

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