Carta del Obispo

Domingo de la procesión de la imagen de la Virgen del Mar Patrona de Almería

Homilía del Domingo XXI del Tiempo Ordinario del Año

Lecturas bíblicas: Jos 24,1-2.15-18

                        Sal 3, 16-23

                        Ef 5,21-32

                        Jn 6,61-70

 

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Miembros del Cabildo Catedral y de la Orden de Predicadores,

Ilustrísimo Sr. Alcalde;

Dignas Autoridades civiles y militares;

Queridos cofrades de la Virgen,

Hermanos y hermanas:

Hemos celebrado la fiesta de la Patrona, solemnidad mariana con la que queremos honrar la singular protección que sobre nuestra ciudad ejerce la Santísima Virgen, a la que veneramos con la secular advocación del Mar. Hoy nos postramos de nuevo a las plantas de Nuestra Señora, para celebrar la santa Misa dejándonos imbuir de las enseñanzas d ela palabra de Dios que ella acogió con humilde obediencia hasta que la Palabra divina se hizo en ella carne humana. En las entrañas de María, “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14). María dio a luz al Salvador del mundo en al obediencia de la fe y en la gozosa aceptación del designio de Dios para ella, fuente de nuestra salvación.

Vivimos momentos difíciles que ponen a prueba la fe que nos identifica como moradores de una ciudad de tradición cristiana. El estilo secularizado de vida de nuestros días hace difícil la fidelidad a la tradición evangélica que recibimos al comienzo de la era cristiana, tradición de fe que comenzó con la predicación apostólica en nuestro suelo. Han hecho aparición en la sociedad de hoy formas de vida que se alejan de la inspiración cristiana que ha alimentado nuestra vida de creyentes en Cristo, y hoy, como en otros tiempos difíciles de la historia, se nos pide a los cristianos fidelidad a nuestra profesión de fe y ser consecuentes con el credo que recitamos.

Resuena en la liturgia de la Misa del día con particular eco sobre nosotros la propuesta de Josué a las tribus israelitas, a los jefes, jueces y magistrados de Israel de renovar la alianza del pueblo elegido con Dios: “Si no os parece bien servir al Señor, escoged a quién servir (…) Yo y mi casa serviremos al Señor” (Jos 24,15). La pregunta del caudillo que introdujo a Israel en la tierra prometida pasando a pie enjuto el río Jordán, igual que Moisés los condujo en el paso del Mar Rojo, enfrenta a los que gobiernan al pueblo con su responsabilidad religiosa: si se mantienen dentro de la tradición de fe de Israel, deben ser consecuentes y desechar las tentaciones de la idolatría renunciando a servir a otros dioses; pero si deciden mantenerse fieles al Señor, que los ha conducido por el desierto y los ha guiado de la esclavitud de Egipto a la libertad, entonces deben obedecer los mandamientos de Dios.

Esta fidelidad pasa en nuestros días por una revitalización del fervor cristiano con el que hemos de vivir cada día, dejándonos iluminar por la palabra de Dios. Contra el parecer de una opinión pública materialista que ha asfixiado la vida del espíritu, hemos de recibir con agradecido espíritu de conversión la advertencia de Cristo a sus adversarios: “El espíritu es quien da la vida; la carne no sirve de nada” (Jn 6,61). Como venimos observando los obispos españoles, esta crisis que estamos viviendo es buena prueba de la orientación equivocada de una sociedad que ha hecho del goce inmediato objetivo absoluto sin reparar en medios ni sin prestar  atención a los principios morales que pueden conducir al bienestar verdadero. Sin criterios morales y desarrollo espiritual no hay progreso material duradero; la coherencia moral y la vida espiritual contribuyen de forma decisiva al progreso de los pueblos. El desarrollo espiritual ayuda a paliar las carencias y las dificultades con las que el hombre tiene que habérselas a diario. La fortaleza de espíritu es la que capacita para afrontar las empresas de progreso que exigen el sacrificio que acompaña el esfuerzo colectivo para superar los errores y los fracasos, vencer los obstáculos y lograr los objetivos de una vida verdaderamente humana.

Si tenemos un ideal espiritual de la vida basado en la revelación de Cristo, estaremos orientados para afrontar todos los sacrificios que reclama de nuestra sociedad un futuro mejor que el presente, que hemos de construir entre todos. La fe en Cristo no sólo humaniza la vida, sino que le da razón y meta. La fe en Cristo nos descubre que somos hijos de Dios, fundamento de la dignidad de la persona humana; y nos proporciona los criterios morales sin los cuales las leyes pueden llegar a ser injustas, porque pueden atentar contra la condición sagrada de la vida y ser contrarias a la dignidad de la persona. Las leyes se han de inspirar en un concepto de la justicia iluminado por la razón natural, pero cuando sirven al ordenamiento social inspirado en la tradición del humanismo cristiano, las leyes reciben de la fe aquella luz sobrenatural que humaniza el ejercicio de la justicia e impide que el orden social sea sometido al dominio del poder político como única fuente de la ley.

¿Qué se puede esperar de una sociedad escindida por una pugna sin tregua por la posesión de los resortes del poder, sin capacidad para el reconocimiento ecuánime de cuanto de bueno y justo pueden realizar los demás, aquellos a los que se ve sólo como adversarios y, a veces, como verdaderos enemigos? Donde falta el criterio moral, que se desecha en aras de una estrategia por el poder a toda costa, donde no se reconocen los errores propios y lo bueno que pueden hacer los demás, no hay esperanza de una paz social basada en la justicia y en la libertad. Hemos de repetir una y otra vez que no hay progreso sin Dios, porque Dios es el fundamento sólido de la moralidad en una sociedad que no quiera disolver sus leyes en mero positivismo del poder.

Lo ha recordado en sus luminosas enseñanzas el Papa Benedicto XVI: “El desarrollo es imposible sin hombres rectos, sin operadores económicos y hombres políticos que vivan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común” (Benedicto XVI, Carta encíclica sobre el desarrollo humano integral en la caridad y en la verdad Caritas in veritate, n.71).  Palabras de las que se deduce el juicio de valor de los obispos españoles: “Esto demanda un mayor compromiso en el mundo de la educación y en la vida pública, para erradicar en todo momento la corrupción, la ilegalidad y la sed de poder” (XCIV Asamblea plenaria de la CEE, Declaración ante la crisis moral y económica [Madrid, 27 de noviembre de 2009], n.3).

Si queremos honrar a la santísima Virgen, hemos de escuchar la palabra de su divino Hijo: “Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen” (Jn 6,63s). La Virgen María nos dice una y otra vez como a los sirvientes de la boda de Caná de Galilea: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5). El amor a la Virgen pasa, en verdad, por la obediencia a la palabra de Cristo, sin la cual no hay salvación para el mundo, porque sólo Cristo es “el Camino, la Verdad  y la Vida” (Jn 14,6). No hay otro acceso a Dios que Jesús, que nos dice: “al que venga a mí, no lo echaré fuera” (Jn 6,37) y nos interroga de forma inquietante: “¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra” (Jn 8,43).

María, la oyente de la palabra de Dios, el modelo de la escucha y la obediencia a la palabra divina, brilla como estrella de los mares que guía la embarcación precaria de nuestra vida hacia el puerto de salvación que es Cristo. Dejémonos conducir por ella hasta su Hijo y con humildad respondamos a Jesús con las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios” (Jn 6,68).

Jesús es el Esposo de la Iglesia, que invita a todos los esposos a la fidelidad del verdadero amor, el amor conyugal del cual habla san Pablo en la carta a los Efesios que hemos escuchado, fundamento de la familia como comunión en el amor y modelo principal de sociedad humana. Es la familia, como sociedad de amor, la que sostiene a sus miembros en las dificultades, pone las bases de la paz social e inspira el desarrollo espiritual de la persona y su integración en la sociedad. La familia nos enseña el camino del progreso espiritual, cuando la fe cristiana inspira su vida cotidiana de sus miembros y fortalece la comunión de amor que los vincula.

Pidamos hoy a la santísima Virgen del Mar, nuestra siempre amada Patrona, que proteja a las familias de nuestra ciudad y a todas las familias, que en la fidelidad de los esposos y el calor del hogar se siga dando aquel aprendizaje del amor y de la generosa entrega a los demás que nos permita superar las dificultades de la vida, para que seamos conducidos por la palabra de vida eterna de Jesucristo y alimentados con el pan celestial de su Cuerpo, y podamos lograr la renovación espiritual de la sociedad y alcanzar un bienestar social acorde con la dignidad del ser humano. Que así sea.

Santuario de la Patrona

26 de agosto de 2012

 

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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