Rincón Litúrgico

Domingo de la Divina Misericordia, por José Borja

En este segundo domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, la liturgia nos presenta a la Iglesia: comunidad de hombres nuevos que nace de la cruz y de la resurrección de Jesús. Su misión consiste en testimoniar a los hombres la salvación que Cristo nos ha traído. Creer en Jesús y en su resurrección, no solo consiste en creer en el Dios de la Misericordia, sino en practicar la Misericordia, la justicia, la solidaridad, el perdón, el amor y la paz.

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, nos muestran como los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Ésta es la esencia de la primitiva vida eclesial. No son ideas abstractas, sino que describe una vida en unidad. Es decir, comunión: común-unión en y por Espíritu Santo. Esta vida eclesial, es efecto del Espíritu Santo que, con su venida, consagra. Todo esto se practica en torno a la mesa eucarística, realizamos una vez más y simbólicamente esta unidad de vida, en el amor, que ha de manifestarse, como testimonio, en nuestro quehacer cotidiano.

Salmo 117: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”. Es un canto de acción de gracias después de una gran prueba: para nosotros la gran prueba y la gran victoria es la muerte y resurrección del Señor. Es la voz del Resucitado y también la voz de los que participamos de la resurrección de Jesús.

En la carta del apóstol san Pedro, nos presenta un hermoso himno de alabanza. Cristo ha resucitado y para nosotros significa un nuevo nacimiento y una nueva esperanza en un mundo mejor. La vivencia de este misterio, es fuente de gozo inefable, aún en medio de las pruebas actuales, necesarias para el acrisolamiento de la fe que prepara su gloria en la Parusía. Por la Resurrección, entramos a una nueva vida de fe, de esperanza, de amor y gozo.

En el evangelio de Juan, no todos los apóstoles siguieron el mismo proceso en su experiencia del Resucitado. A los discípulos les resultaba difícil creer. No es fácil “abrir los ojos a la fe”. También nosotros, como Tomás, necesitamos ver y tocar. Digamos como él: ¡Señor mío y Dios mío! Caigamos en la cuenta, que el Señor Resucitado, fue amoldándose a cada apóstol y le preparó “un particular encuentro personal”. Pero aquí es, donde tenemos que darnos cuenta, que Tomás, en su falta de fe en el Resucitado, lo reconoce en comunidad. Es decir, nuestra experiencia de fe, es particular, pero lo compartimos en COMUNIDAD. Reconoce al Señor en comunidad. No estamos solos en este proceso. Vamos juntos.

Le pedimos a nuestra Madre la Virgen que interceda por cada uno de nosotros y nos ayude a tener fe y a poder compartirla y vivirla en comunidad. Porque como dijo el Papa Benedicto XVI, que yo tengo puesta en mi Blogger personal desde que la dijo: “No se puede seguir a Jesús sin seguir a la Iglesia. Quien cede a la tentación de ir por su cuenta corre el riesgo de no encontrar nunca a Cristo».

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