Al abrir la puerta

Dolores

¿Existe algo bueno en el dolor? ¿Podemos aprender del dolor? ¿Cómo gestionar el dolor? ¿Se trata de huir del dolor a toda costa? ¿Se puede evitar causar dolor?

Esta semana dos fiestas de raigambre profunda espiritual y popular nos señalan unos de esos temas centrales e ineludibles de la condición humana –el dolor- del que, por sufriente, nos alejamos… no sin razón. Hemos tenido la fiesta de la Exaltación de la Cruz y la Virgen de los Dolores, dos “fiestas” litúrgicas sobre el momento central de la muerte en cruz de Jesús y sobre el dolor de su madre presenciando su muerte y agonía. Nos remiten, evidentemente, al histórico momento del fin de la pasión de Cristo, pero –desde la misma clave de la encarnación y el mensaje de salvación de Jesucristo para la humanidad- nos remiten y nos trasladan a claves de lectura de todo hombre en todo tiempo.

Y es que el dolor existe. Es inevitable. Ineludible. Nos pongamos como nos pongamos. No existe una vida sin dolor en algún momento. Nos llevará a preguntarnos por otras claves teológicas en torno a él –el problema del mal, del egoísmo, de la inconsciencia, del pecado original, de la muerte o del mejor de los mundos posibles- pero la vida es como es, no como debería ser o como nos gustaría que fuera, y el dolor es parte de la realidad del mundo que vivimos. Hasta que lleguemos a la presencia de Dios donde ya no habrá llanto ni dolor…

Hay dolores que podrían haber sido evitados. Si hubiéramos actuado de otro modo, pensado de otro modo, dicho de otro modo, quizás no hubieran existido. Hay dolores que una vez se dan las situaciones que se concatenan para producirlos, es inevitable causarlos. Y aquí hay algo que para muchos nos es difícil asumir: a veces hemos de causar dolor, aunque no queramos, aunque nos resulte intolerable. Buscando –esperamos- un bien mayor, no por afán de dañar –ese no debería caber nunca-, a veces como un médico causa dolor para sanar, el dolor generado busca un bien superior. Pero se sufre al causarlo. Causar dolor, suele generar dolor.

Eso nos lleva a que hay dolores que son causa de bienes. Causarlo y sufrirlo. Y ojalá todos lo fueran. Ojalá al no poder evitar el dolor en este mundo –de nuevo, la vida es como es-, al menos sacáramos algo bueno de él: un aprendizaje, una enseñanza, mayor humanidad, mayor compasión, mayor conciencia, salir de nosotros mismos, mirarnos con realidad, aceptarnos en nuestra debilidad o impotencia, abrirnos al Único que es ausencia de dolor… Desde luego que no se trata de buscar males para sacar bienes. Bastante se encarga la vida de traérnoslos como para buscarlos a conciencia. No. Ojalá pudiéramos evitar todo cuanto pudiésemos el dolor…

Aunque hay formas de evitar el dolor que en sí nos resultan terribles y nos causan rechazo. ¿Es evitable a toda costa, con todos los medios, sean los que sean, hasta las últimas consecuencias, el dolor? Bueno. Nuestra sensibilidad contemporánea pareciera que así lo entiende –esta semana la cuestión de la eutanasia es de nuevo actualidad-. Y es comprensible en un mundo que ha hecho de la comodidad y del confort su horizonte vital. Pero ampliando a veces el espectro de la experiencia, quizás –y esto sé que me granjeará incomprensiones- no vale todo con tal de mitigar el dolor. A veces al dolor hay que mirarlo cara a cara, abrazarlo, aceptarlo, tratar de superarlo ciertamente, y hay medios adecuados y prudentes para ello…y otros que no lo son y que nos colocan de frente al dolor.

Quizás la cuestión aquí polémica es que siempre nos vamos a dolores físicos –que son causa de otros dolores ciertamente- y a casos extremos. Pero ya lo dicen de nuevo los médicos, no hay enfermedades si no enfermos. No personalicemos pues. Y miremos más allá del dolor físico. Un duelo por una muerte –con su carga de dolor- no es bueno tratar de evitarlo con drogas o alcohol o huidas. Hay veces que la única manera de superar el dolor es no tratar de evitarlo.

El dolor, sabiendo que es inevitable en este mundo, debería de poder ser una puerta para que nuestra vida se hiciera más de verdad, debería de poder ser un camino para que quien somos se purificase de tantas y tantas costras irreales, de tantas y tantas falsedades. El dolor, en definitiva, debería de poder ser –ya que es inevitable- una vía de encuentro con Dios.

Ahora, no me pregunten cómo se hace eso, cómo se logra eso… porque yo tampoco lo sé.

 

Vicente Niño Orti. @vicenior

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