Opinión

Doctora del amor universal, por José-Román Flecha, en Diario de León (1-10-2016)

 

Doctora del amor universal, por José-Román Flecha, en Diario de León (1-10-2016)

Comenzamos el mes de octubre recordando con alegría la figura de santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz. Solo vivió 24 años, sumergida en el silencio y en la oración del Carmelo de Lisieux. Y sin embargo, nos sorprende ver que es conocida y amada en todo el mundo.

En la vida de mi madre jugó un papel muy importante la “Historia de un alma”, que había comprado siendo muy joven, y que procurábamos leerle cuando ella ya no podía hacerlo. Aquel libro fascinante, que recogía el relato de la vida espiritual de aquella carmelita francesa, ayudó al mundo a descubrir la fuerza invencible de la debilidad.

Así es. Santa Teresita no es conocida por haber hecho grandes cosas, sino por haber elegido precisamente lo más pequeño, es decir, el humilde camino de la infancia espiritual. El difícil arte de llegar a hacerse como niños. No en la inconsciencia sino en la inocencia de los pequeños.

Esta humilde monja de clausura, hija de padres que ya han sido canonizados por la Iglesia, hubiera deseado recibir todos los dones y carismas. Pero le pareció que todos ya habían sido repartidos generosamente por el Espíritu. La Iglesia había sido tan ampliamente enriquecida con tantos dones que le parecía imposible encontrar su propia tarea.

Sin embargo, en la oración llegó santa Teresita a descubrir el puesto que le había sido asignado por el mismo Dios. Lo suyo había de ser el puesto del corazón en el seno de la Iglesia. Así pues, a ella le correspondía el humilde servicio del amor a todos. Un amor universal, que no podía quedar encerrado tras los muros de su convento.

A muchas personas les pareció bastante extraño que ya en 1927, el papa Pío XI la nombrara patrona de las misiones, precisamente a ella, que nunca había viajado a otros continentes. Más sorprendente aún fue que san Juan Pablo II en 1997 le concediera el título de doctora de la Iglesia. Poco después la definió como “experta en la ciencia del amor”.

En este año jubilar de la misericordia nos alegra recordar cómo esta carmelita descubrió la misericordia de Jesús: “A mí me ha dado su misericordia infinita, y a través de ella contemplo y adoro las demás perfecciones divinas… Todas se me presentan radiantes de amor. Incluso la justicia (y quizás más aún que todas las demás), me parece revestida de amor”.

Hoy nos parece vivir sumergidos en una sociedad crispada, corrupta y altanera. No es extraño que, precisamente en este momento, el Papa Francisco nos haya dicho que, al recordar a santa Teresa del Niño Jesús, “nos hará bien pensar en el espíritu de humildad, de ternura de bondad. Este espíritu manso, propio del Señor, que lo quiere de todos nosotros”.

 José-Román Flecha Andrés

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